Jorge Beinstein
¿Comienzo del fin (o fin del comienzo) de la crisis?
7 Feb
Desde el inicio de 2009 Ben Bernanke señalaba que antes del fin de ese año comenzarían a verse síntomas claros de superación de la crisis y hacia el mes de agosto anunció que “lo peor de la recesión ha quedado atrás” (1). Antes de que estallara la bomba financiera en septiembre de 2008 Bernanke pronosticaba que dicho estallido nunca iba a ocurrir, y cuando finalmente ocurrió su nuevo pronóstico era que en poco tiempo llegaría la recuperación, ahora el Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos ha decidido no esperar más y le anuncia al mundo el comienzo del fin de la pesadilla.
No ha sido el único en hacerlo, una apabullante campaña mediática ha venido utilizando algunas señales aisladas para imponer esa idea. Así fue como el renacimiento de la burbuja bursátil global desde mediados de marzo fue presentada como un síntoma de mejoría económica general, una nube de “expertos” nos explicó que la euforia de la Bolsa estaba anticipando el fin de la recesión.
En realidad las inyecciones masivas de dinero de los gobiernos de las grandes potencias económicas beneficiando principalmente al sistema financiero generaron enormes excedentes de fondos que, en condiciones de enfriamiento generalizado de la producción y el consumo, encontraron en los negocios bursátiles un espacio favorable para rentabilizar sus capitales.
Jugando al alza de los valores de las acciones empujaban hacia arriba sus precios lo que a su vez incitaba a invertir más y más dinero en la Bolsa. A esto debemos agregar que el motor de la euforia bursátil mundial, la bolsa de los Estados Unidos, además del dinero derivado de los salvatajes locales ha estado recibiendo importantes flujos de fondos especulativos externos que aprovechando la persistente caída del dólar se precipitaron a comprar acciones baratas y en alza.
Se repitió así la secuencia especulativa de fines de los años 1990 y de 2007 pero con una diferencia decisiva: el contexto de la burbuja actual no es el crecimiento de la economía sino la recesión (o en el mejor de los casos el estancamiento). Las burbujas anteriores (bursátiles, inmobiliarias, comerciales, etc.) interactuaban “positivamente” con el resto de las actividades económicas; la subas en los precios de las acciones o de las viviendas alentaban el consumo y la producción y a su vez estos crecimientos generaban fondos que en buena medida se volcaban hacia los negocios especulativos produciéndose así una suerte de circulo virtuoso especulativo-consumista-productivo de carácter global en última instancia perverso, destinado a mediano plazo al desastre pero que causaba prosperidad en el corto plazo.
Por el contrario la burbuja bursátil de 2009 contrasta con bajos niveles de consumo e inversiones productivas y altos niveles de desocupación. Los excedentes de capitales bloqueados por una economía productiva declinante consiguen beneficios en la especulación financiera, lo que se produce entonces gracias a los fabulosos salvatajes financieros de los gobiernos es un circulo vicioso basado en la especulación financiera y el crecimiento débil o negativo.
En el caso del gobierno norteamericano este efecto negativo fue suavizado a través de enormes subsidios que consiguieron apuntalar algunos consumos y de ese modo desacelerar primero y más adelante revertir la curva descendente del Producto Bruto Interno. A las fuertes caídas del último trimestre de 2008 y del primero de 2009 le sucedió un descenso suave en el segundo trimestre y un crecimiento en el tercero empujado por los subsidios gubernamentales para la compra de automóviles y viviendas más los gastos militares, pero detrás de esa efímera recuperación aparece la expansión desenfrenada del déficit fiscal y del endeudamiento público.
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Acople depresivo global (radicalización de la crisis)
6 May
A comienzos de 2007 fue Alan Greenspan (por entonces ya había abandonado la presidencia de la Reserva Federal) quien dio el alerta acerca de la próxima llegada de la recesión en los Estados Unidos, la profecía se cumplió hacia el fin de ese año. Ahora ha sido Gordon Brown, primer ministro de Inglaterra el que ante la Cámara de los Comunes a comienzos de febrero de 2009, en plena recesión, anunció la llegada de la depresión global. Como era de esperarse la palabra maldita fue rápidamente desmentida oficialmente que la atribuyo a una “gaffe” (1), una expresión involuntaria de Brown, pero el tema quedo instalado precedido por un cierto número de comentarios y artículos de especialistas coincidentes con esa afirmación. Casi al mismo tiempo el presidente de Francia, Nicolás Sarkozi, califico a la crisis como “la peor desde hace un siglo” y en su conferencia de prensa del 9 de febrero Barak Obama coincidió con esas visiones “catastrofistas” (realistas).
2009 aparece como el-año-de-todos-los-peligros, es muy difícil pronosticar el ritmo de la crisis en curso sobre todo porque no tiene precedentes en la historia del capitalismo; su carácter sistémico, su pluralidad (económica, energética, militar, institucional, tecnológica, ambiental, ideológica) y las interrelaciones entre sus diversas componentes le confieren un comportamiento errático, casi (pero no totalmente) impredecible.
De todos modos un conjunto de indicadores nos están señalando que el acople recesivo global que se fue desarrollando durante 2008 está ahora ingresando en una nueva etapa caracterizada por grandes caídas productivas y aumentos de la desocupación en los países centrales y en la mayor parte de la periferia. Se trata de la instalación de un acople depresivo global avanzando ante la impotencia de los gobiernos de los países ricos que constatan como las lluvias de millones de millones de dólares, euros, etc., arrojados sobre sus mercados no consiguen frenar la avalancha.
Al igual que en el comienzo de la etapa anterior el motor de la crisis se encuentra en los Estados Unidos donde durante el último trimestre de 2008 y en el comienzo de 2009 aparecieron datos alarmantes anunciando la inminente llegada de la depresión.
En el cuatro trimestre de 2008 el Producto Bruto Interno promedio cayó a una tasa anual de 3,8% (si descontamos la acumulación de inventarios la caída supera el 5%), la producción industrial bajó 11 %, el consumo de bienes durables 22 %, el de bienes no durables 7 % y las exportaciones 22 %, las informaciones disponibles del primer mes de 2009 (consumo, desocupación, cotizaciones bursátiles, algunos sectores industriales decisivos como el del automóvil, etc.) indican que la tendencia recesiva se profundiza. A las caídas en la producción y el consumo se agrega el rápido aumento del ahorro personal, impulsado por el temor a la desocupación y a la pérdida de ingresos, que reducirá aún más el consumo lo que a su vez empujará hacia abajo a la producción industrial. A lo largo de 2008 se puso en marcha el clásico círculo vicioso recesivo donde el consumo, la producción y la inversión interactúan negativamente: la recesión provoca más y más recesión. Se ha producido un rápido empobrecimiento del grueso de la población, en algunos casos se trata de pérdidas de riquezas ilusorias como lo fue el aumento burbujeante de acciones y valores inmobiliarios que impulsaban el consumo de sus beneficiarios y en otros de pérdidas reales de empleos, salarios y viviendas.
Dos informaciones pueden ser útiles para evaluar la magnitud del desastre, la primera referida a la contracción de la riqueza provocada por el colapso financiero. La llamada riqueza neta de la población norteamericana (valor de las propiedades, acciones, etc., menos deudas) había descendido a comienzos de 2009 en unos 14 billones (millones de millones) de dólares corrientes respecto del valor promedio de 2007, cifra equivalente al Producto Bruto Interno de los Estados Unidos (2).
La segunda información nos ilustra sobre el impacto social de la crisis, la desocupación “oficial”, es decir la registrada de ese modo por el gobierno, creció gradualmente a lo largo de 2007 y se aceleró desde mediados de 2008, en octubre incluía a más de 10 millones de personas, en diciembre superaba 11 millones (7,2% de la población económicamente activa). Sin embargo esa cifra subestima el problema porque a los 11,1 millones de desocupados oficiales de diciembre de 2008 (3,6 millones más que en diciembre de 2007) es necesario agregar 2,6 millones de desocupados de “larga duración” (con 27 semanas o más sin empleo), ese sector aumento en 1,3 millones de personas durante 2008, por otra parte los trabajadores precarios llegaban a unos 8 millones (eran 4 millones 600 mil un año antes). Sumando desocupados oficiales. crónicos y trabajadores precarios se llega en diciembre de 2008 a casi 22 millones de personas, eran 13 millones 500 mil un año antes (3); se trata del salto al vacío de más de 8 millones de personas.
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Rostros de la crisis
3 Dic
Rostros de la crisis
Reflexiones sobre el colapso de la civilización burguesa
Jorge Beinstein
jorgebeinstein@yahoo.com
La crisis mundial apareció primero bajo la forma de una turbulencia financiera empujada por el desinfle de la burbuja inmobiliaria norteamericana, incluso inicialmente no faltaron opiniones de expertos (muy difundidas por los medios de comunicación) asegurando que la tormenta duraría poco dada la fortaleza general de los Estados Unidos y cuando los problemas aumentaron sin superación a la vista una nueva andanada de pronósticos tranquilizadores nos informaba que las dificultades del Imperio no tenían porque propagarse a escala global (sino tal vez muy débilmente). Nació así la vida efímera de la “teoría del desacople” (geográfico) según la cual algunos espacios centrales o periféricos emergentes estarían lo suficientemente resguardados de la tormenta como para preservar sus economías e incluso proseguir la expansión sin mayores problemas. Unos apostaban a la supuesta solidez europea, otros al empuje arrollador de China, India o Brasil y porque no a la renaciente potencia energético-militar rusa. Esos mismos medios de comunicación habían saturado al planeta durante muchos años con la idea de que ninguna nación grande o pequeña podía escapar a la globalización capitalista y que si un país o un grupo de países no insignificantes se resfriaban el contagio seguramente se propagaría a escala planetaria; ahora resultaba que cuando los Estados Unidos, el centro del mundo, sufría una enfermedad grave otros espacios decisivos de la economía global no serían perjudicados o lo serían mínimamente. Que en 2007 la superpotencia representaba cerca del 25 % del Producto Bruto Mundial, una deuda total -pública más privada- cercana al PBM (y una deuda externa total equivalente al 22 % del PBM) no parecía afectar al pronóstico. Como es lógico los efectos de la intoxicación mediática duraron muy poco; Europa entró en recesión empujada por los Estados Unidos pero también cargando con sus propias taras parasitarias, la ola negra llegó también a Japón y e inundó a las llamadas potencias emergentes de la región como India. Corea del Sur o China y de otras zonas de la periferia como Brasil.
La crisis es mundial y será larga, la acumulación de desajustes, su magnitud, no sugieren una rápida recuperación del sistema sino todo lo contrario aun si restringimos el análisis a sus aspectos económicos (a comienzos de octubre de 2008 la crisis financiera se convirtió en un colapso que ha puesto bajo signo de interrogación a todos los escenarios de supervivencia del capitalismo).
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El hundimiento del centro del mundo
17 May
Estados Unidos entre la recesión y el colapso
Mayo 2008
Jorge Beinstein (jorgebeinstein@yahoo.com)
La recesión se ha instalado en los Estados Unidos, los subsidios alimentarios que cubrían a unas 26 millones y medio de personas en 2006 subieron en 2007 a 28 millones, nivel nunca alcanzado desde los años 1960. Recientemente la OCDE ha revisado a la baja sus previsiones de crecimiento para la economía estadounidense asignándole una expansión igual a cero para el primer semestre del año actual, por su parte el FMI acaba de hacer un pronóstico aún más grave incluyendo períodos de crecimiento negativo. Estos organismos venían bombardeando a los medios de comunicación (que a su vez bombardeaban al planeta) con pronósticos optimistas basados en la supuesta fortaleza de la economía norteamericana; sostenían que no habría recesión y que lo peor podría ser un crecimiento bajo rápidamente desbordado por una nueva expansión… si ahora admiten la recesión es porque algo mucho peor está en el horizonte.
Bajo la apariencia de varias crisis convergentes se despliega ante nuestros ojos el final de lo que deberíamos mirar como el primer capítulo de la declinación del Imperio norteamericano (aproximadamente 2001-2007) y el comienzo de un proceso turbulento disparado por el salto cualitativo de tendencias negativas que se fueron desarrollando a lo largo de períodos de distinta duración.
De todos modos las malas noticias financieras, energéticas y militares no parecen aplacar los delirios mesiánicos de Washington sino todo lo contrario, es como si Bush y sus halcones no fueran a dejar la Casa Blanca dentro de unos pocos meses. Siguen amenazando a gobiernos que no se someten a sus caprichos, insinúan nuevas guerras y afirman querer prolongar indefinidamente las ocupaciones de Irak y Afganistán, incluso un ataque devastador contra Iran todavía es posible. De tanto en tanto emerge una nueva ola de rumores bélicos apuntando hacia Iran por lo general originados en declaraciones o trascendidos de altos funcionarios del gobierno, un ataque contra ese país tendría consecuencias inmediatas catastróficas para la economía mundial, el precio del petróleo se dispararía hacia las nubes, el sistema financiero global pasaría a una situación caótica y la recesión imperial se convertiría en ultra recesión encabezada por un dólar en caída libre. Tal vez algunos estrategas del Pentágono y del círculo de halcones mas radicalizados estén imaginando un gran fuego mundial purificador del que emergería victoriosa la nación elegida por Dios: los Estados Unidos de América. Se trata de una locura pero forma parte de la configuración psicológica de una porción importante de la élite dominante atravesada por una corriente letal que combina virtualismo, omnipotencia, desesperación y furia ante una realidad cada día menos dócil.
En los grandes centros de decisión económica actualmente domina la incertidumbre que se va convirtiendo en pánico; el fantasma del colapso comienza a asomar su rostro. Mientras tanto la autoridades económicas norteamericanas inyectan masivamente liquidez en el mercado, otorgan subsidios fiscales e improvisan costosos salvatajes a las instituciones financieras en bancarrota intentando suavizar la recesión sabiendo que de ese modo aceleran la inflación y la caída del dólar: su margen de maniobras es muy pequeño, la mezcla de inflación y recesión hace completamente ineficaces sus instrumentos de intervención.
La palabra “colapso“ fue apareciendo con creciente intensidad desde fines del año pasado en entrevistas y artículos periodísticos muchas veces combinadas con otras expresiones no menos terribles, en algunos casos adoptando su aspecto más popular (derrumbe, muerte, caída catastrófica) y en otros su forma rigurosa, es decir como sucesión irreversible de graves deterioros sistémicos, como decadencia general. Paul Craig Roberts (que fue en el pasado miembro del staff directivo del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y editor de Wall Street Journal) publicó el 20 de marzo un texto titulado “El colapso de la potencia americana” donde describe los rasgos decisivos de la declinación integral de los Estados Unidos (1), el 27 de marzo “The Economist” titulaba “Esperando el arnagedon” a un articulo referido a la marea irresistible de bancarrotas empresarias norteamericanas. El 14 de marzo “The Intelligencer” titulaba “Expertos internacionales pronostican el colapso de la economía norteamericana” donde recogía las opiniones entre otros de Bernard Connelly del Banco AIG y de Martin Wolf, columnista del Financial Times.
El 3 de abril Peter Morici en una nota aparecida en “Counterpunch” señalaba que “es imposible negar que la economía (estadounidense) ha entrado en una recesión cuya profundidad y duración son impredecibles” (2). A modo de conclusión el 14 de abril Financial Times publicaba un articulo de Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos donde señalaba que “la era unipolar, periodo sin precedentes de dominio estadounidense, ha terminado. Duro unas dos décadas, algo más de un instante en términos históricos” (3).
Una prolongada degradación
Para entender lo que está ocurriendo así como sus posibles desarrollos futuros es necesario tomar en cuenta fenómenos que han modelado el comportamiento de la sociedad norteamericana durante las últimas tres décadas generando un proceso más amplio de decadencia social.
En primer lugar el deterioro de la cultura productiva gradualmente desplazada por una combinación de consumismo y prácticas financieras. La precarización laboral incentivada a partir de la presidencia de Reagan buscaba disminuir la presión salarial mejorando así la rentabilidad capitalista y la competitividad internacional de la industria, pero a largo plazo degradó la cohesión laboral, el interés de los asalariados hacia las estructuras de producción. Ello derivó en una creciente ineficacia de los procesos innovativos que pasaron a ser cada vez más difíciles y caros comparados con los de los principales competidores globales (europeos, japoneses, etc.). Uno de sus resultados fue el déficit crónico y ascendente del comercio exterior (2 mil millones de dólares en 1971, 28 mil millones en 1981, 77 mil millones en 1991, 430 mil millones en 2001, 815 mil millones en 2007).
Mientras tanto se fue expandiendo la masa de negocios financieros absorbiendo capitales que no encontraban espacios favorables en el tejido industrial y otras actividades productivas. Las empresas y el Estado demandaban esos fondos, las primeras para desarrollarse, concentrase, competir en un mundo cada vez más duro, y el segundo para solventar sus gastos militares y civiles que cumplían un papel muy importante en el sostenimiento de la demanda interna. Recordemos por ejemplo las erogaciones descomunales motivadas por la llamada “Iniciativa de Defensa Estratégica” (mas conocida como “Guerra de las Galaxias”) lanzada por Reagan en 1983 en el momento en que la desocupación superaba el 10% de la Población Económicamente Activa (la cifra más alta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial).
Un segundo fenómeno fue la concentración de ingresos, hacia comienzos de los años 1980 el 1 % más rico de la población absorbía entre el 7 % y el 8 % del Ingreso Nacional, veinte años después la cifra se había duplicado y en 2007 rondaba el 20 %: el más alto nivel de concentración desde fines de los años 1920, por su parte el 10 % mas rico paso de absorber un tercio del Ingreso Nacional hacia mediados de los años 1950 a cerca del 50% en la actualidad (4). Contrariamente a lo que enseña la “teoría económica” dicha concentración no derivó en mayores ahorros e inversiones industriales sino en más consumo y más negocios improductivos que con la ayuda del boom de las tecnologías de la información y la comunicación engendraron un universo semi virtual por encima del mundo, casi mágico, donde fantasía y realidad se mezclan caóticamente. Por allí navegaron (y aún navegan) millones de norteamericanos, en especial las clases superiores.
Enlazado a lo anterior irrumpió un proceso, casi imperceptible primero pero luego arrollador de desintegración social uno de cuyos aspectos más notables es el incremento de la criminalidad y de la subcultura de la transgresión abarcando a los mas variados sectores de la población, acompañada por la criminalización de pobres, marginales y minorías étnicas. Actualmente las cárceles norteamericanas son las más pobladas del planeta, hacia 1980 alojaban unos 500 mil presos, en 1990 cerca de 1.150.000 , en 1997 eran 1.700.000 a los que había que agregar 3.900.000 en libertad vigilada (probation, etc.), pero a fines de 2006 los presos sumaban unos 2.260.000 y los ciudadanos en libertad vigilada unos 5 millones; en total más de 7.200.000 norteamericanos se encontraban bajo custodia judicial (5). En abril de 2008 un articulo aparecido en el New York Times señalaba que los Estados Unidos con menos del 5 % de la población mundial alojan al 25 % de todos los presos del planeta, uno de cada cien de sus habitantes adultos se encuentran encarcelados; es la cifra más alta a nivel internacional (6).
Militarización y decadencia estatal
Otro fenómeno a tomar en cuenta es la larga marcha ascendente del Complejo Industrial Militar, área de convergencia entre el Estado, la industria y la ciencia que se fue expandiendo desde mediados de los años 1930 atravesando gobiernos demócratas y republicanos, guerras reales o imaginarias, períodos de calma global o de alta tensión. Algunos autores, entre ellos Chalmers Johnson, consideran que los gastos militares han sido el centro dinámico de la economía norteamericana desde la Segunda Guerra Mundial hasta las guerras eurasiáticas de la administración Bush-Cheney pasando por Corea, Vietnam, la Guerra de las Galaxias y Kosovo. Según Johnson, que define a la estrategia sobre determinante seguida en las últimas siete décadas como “keynesianismo militar”, el gasto bélico real del ejercicio fiscal 2008 superaría los 1,1 billones (millones de millones) de dólares, el más alto desde la Segunda Guerra Mundial (7). Estos gastos han ido creciendo a lo largo del tiempo involucrando a miles de empresas y millones de personas, de acuerdo a los cálculos de Rodrigue Tremblay en el año 2006 el Departamento de Defensa de los Estados Unidos empleó a 2.143.000 personas. mientras que los contratistas privados del sistema de defensa empleaban a 3.600.000 trabajadores (en total 5.743.000 puestos de trabajo) a los que hay que agregar unos 25 millones de veteranos de guerra. En suma, en los Estados Unidos unas 30 millones de personas (cifra equivalente al 20 % de la Población Económicamente Activa) reciben de manera directa e indirecta ingresos provenientes del gasto público militar (8).
El efecto multiplicador del sector sobre el conjunto de la economía posibilitó en el pasado la prosperidad de un esquema que Scott MacDonald califica como “the guns and butter economy”, es decir una estructura donde el consumo de masas y la industria bélica se expandían al mismo tiempo (9). Pero ese largo ciclo esta llegando a su fin; la magnitud alcanzada por los gastos bélicos los ha convertido en un factor decisivo del déficit fiscal causando inflación y desvalorización internacional del dólar. Además su hipertrofia otorgó un enorme peso político a élites estatales (civiles y militares) y empresarias que se fueron embarcando en un autismo sin contrapesos sociales.
La creciente sofisticación tecnológica paralela al encarecimiento de los sistemas de armas alejó cada vez más a la ciencia militarizada de sus eventuales aplicaciones civiles afectando negativamente la competitividad industrial. Esta separación ascendente entre la ciencia-militar (devoradora de fondos y de talentos) y la industria civil llegó a niveles catastróficos en el período terminal de la ex Union Soviética, ahora la historia parece repetirse.
A todo esto se agrega un acontecimiento aparentemente inesperado, las guerras de Irak y Afganistán y de manera indirecta el fracaso de la ofensiva israelí en el Libano muestran la ineficacia operativa de la súper compleja (y súper cara) maquinaria bélica de última generación puesta en jaque por enemigos que operan de manera descentralizada y con armas sencillas y baratas. Planteando una grave crisis de percepción (una catástrofe psicológica) entre los dirigentes del Complejo Industrial Militar de los Estados Unidos y de la OTAN (en la historia de las civilizaciones no es esta la primera vez que ocurre un fenómeno de este tipo).
Ahora bien, la hipertrofia-crisis de la militarización esta estrechamente asociada (forma parte de) la decadencia del Estado expresada por el repliegue de su capacidad integradora (declinación de la seguridad social, predominio de la cultura elitista en sus centros de decisión, etc.), la degradación de la infraestructura y por un déficit fiscal crónico y en aumento que ha derivado en una deuda pública gigantesca. Si nos remitimos a las últimas cuatro décadas los superávits fiscales constituyen una rareza, desde los años 1970 los déficits fueron creciendo hasta llegar a comienzos de los 1990 a niveles muy altos, sin embargo Clinton se despidió a fines de esa década con algunos superávits que observados desde un enfoque de largo plazo aparecen como hechos efímeros. Pero desde la llegada de George W. Bush el déficit regresó alcanzando cifras sin precedentes: 160 mil millones de dólares en 2002, 380 mil millones en 2003, 320 mil millones en 2005…
Nos encontramos ahora frente a un estado imperial cargado de dudas, cuyo funcionamiento depende ya no solo del sistema financiero nacional sino también (cada vez más) del financiamiento internacional, le hubiera resultado extremadamente difícil a la Casa Blanca lanzarse a su aventura militar asiática sin las compras de sus títulos por parte de China, Japón, Alemania y otras fuentes externas.
La dependencia energética
A lo anterior es necesario agregar la dependencia petrolera, hacia 1960 los Estados Unidos importaban el 16 % de su consumo, actualmente llega al 65 %. Durante mucho tiempo pudieron importar a precios bajos pero ahora la situación ha cambiado, la producción mundial de petróleo se esta acercando a su máximo nivel (dentro de muy poco tiempo comenzará a descender) lo cual combinado con el debilitamiento del dólar esta llevando el precio a niveles nunca antes alcanzados. Y el remplazo parcial de combustible de origen fósil por biocombustibles (en el que también están empeñadas la otras grandes potencias industriales) reduce la disponibilidad relativa global de tierras agrícolas para la producción de alimentos lo que provoca la suba general de los precios de los productos de la agricultura, en consecuencia el efecto inflacionario se amplifica.
Los Estados Unidos emergieron como un gran país industrial porque desde comienzos del siglo XX fueron también la primera potencia petrolera internacional. Al igual que Inglaterra durante el siglo XIX respecto del carbón, gozaron de una ventaja energética que les permitió desarrollar tecnologías apoyadas en dicho privilegio y competir exitosamente con el resto del mundo. Pero a mediados de los años 1950 prestigiosos expertos norteamericanos como el geologo King Hubbert anunciaron el fin próximo de la era de abundancia energética nacional, según lo anticipó Hubbert (en 1956) desde comienzos de los 1970 la producción petrolera estadounidense comenzaría a declinar: así ocurrió.
La incapacidad de los Estados Unidos para reconvertir su sistema energético (tuvo casi cuatro décadas para hacerlo) reduciendo o frenando su dependencia respecto del petróleo puede ser atribuida en primer lugar a la presión de la compañías petroleras que impusieron la opción de la explotación intensiva de recursos externos, periféricos, que fueron sobrestimados. Podría afirmarse en este caso que la dinámica imperialista forjó una trampa energética de la que ahora es victima el propio Imperio. El estado no desarrolló estrategias de largo plazo tendientes al ahorro de energía, lo que probablemente habría desacelerado (no evitado) la crisis energética actual, no solo por la imposición del lobby petrolero sino también porque sus cúpulas políticas (demócratas y republicanas) se fueron sumergiendo en la cultura del corto plazo correspondiente a la era de la hegemonía financiera, subordinándose por completo a los intereses inmediatos de los grupos económicos dominantes.
Pero también deberíamos reflexionar acerca de los límites del sistema tecnológico occidental-moderno que los estadounidenses exacerbaron al extremo. El mismo se ha reproducido en torno de objetos técnicos decisivos de la cultura individualista (por ejemplo el automóvil) que definen el estilo de vida dominante y a procedimientos productivos basados en la explotación intensiva de recursos naturales no renovables o en la destrucción de los ciclos de reproducción de los recursos renovables. Gracias a esa lógica destructiva el capitalismo industrial pudo en Europa desde fines del siglo XVIII independizarse de los ritmos naturales sometiendo brutalmente a la naturaleza y acelerando su expansión. Ello aparecía ante los admiradores del progreso de los siglos XIX y XX como la gran proeza de la civilización burguesa, una visión más amplia nos permite ahora darnos cuenta que se trataba del despliegue de una de sus irracionalidades fundamentales que los Estados Unidos, el capitalismo más exitoso de la historia, llevó al más alto nivel jamás alcanzado.
Desequilibrios, deudas, caída del dólar
La pérdida de dinamismo del sistema productivo fue compensado por la expansión del consumo privado (centrado en las clases altas), los gastos militares y la proliferación de actividades parasitarias lideradas por el sistema financiero. Lo que engendró crecientes desequilibrios fiscales y del comercio exterior y una acumulación incesante de deudas públicas y privadas, internas y externas. La deuda pública norteamericana pasó de 390 mil millones de dólares en 1970, a 930 mil millones en 1980, a 3,2 billones (millones de millones) en 1990, a 5,6 billones en 2000 para saltar a 9,5 billones en abril de 2008; por su parte la deuda total de los estadounidenses (pública más privada) rondaba en la última fecha mencionada los 53 billones de dólares (aproximadamente equivalente a Producto Bruto Mundial) de esa cifra el 20 % (unos 10 billones de dólares) constituyen deuda externa. Solo durante 2007 la deuda total aumento cerca de 4,3 billones de dolares (equivalente al 30 % del Producto Bruto Interno norteamericano) (10). El proceso fue coronado por una sucesión de burbujas especulativas que marcaron, desde los años 1990 a un sistema que consumía más allá de sus posibilidades productivas.
A partir de los años 1970-1980 es posible observar el crecimiento paralelo de tendencias perversas como los déficits comercial, fiscal y energético, los gastos militares, el número de presos y las deudas públicas y privadas. Todas esas curvas ascendentes aparecen atravesadas por algunas tendencias descendentes; por ejemplo la disminución de la tasa de ahorro personal y la caída del valor internacional del dólar (que se se aceleró en la década actual), expresión de la declinación de la supremacía imperial.
La articulación de esos fenómenos nos permite esbozar una totalidad social decadente a la que se incorporan (convergen) una gran diversidad de hechos de distinta magnitud (culturales, tecnológicos, sociales, políticos, militares, etc.).
Esta visión de largo plazo ubica a la era de los halcones presidida por George. W. Bush como una suerte de “salto cualitativo” de un proceso con varias décadas de desarrollo y no como un hecho-excepcional o una desviación-negativa. Nos encontraríamos ante la fase más reciente de la degradación del capitalismo estatista-keynesiano iniciada en los años 1970 puntapié inicial de la crisis general del sistema. La experiencia histórica enseña que esos despegues hacia el infierno casi siempre debutan en medio de euforias triunfalistas donde detrás de cada señal de victoria se oculta una constatación de desastre. La loca carrera militar sobre Eurasia estaba (está aún) en el centro del discurso acerca del supuesto combate victorioso contra un enemigo (terrorista) global imaginario que sumergió en el pantano a las fuerzas armadas imperiales, las expansiones desenfrenadas de la burbuja inmobiliaria y de las deudas eran ocultada por las cifras de aumento del Producto Bruto Interno y la sensación (mediática) de prosperidad.
El centro del mundo
Los Estados Unidos constituyen hoy el centro del mundo (del capitalismo global), su declinación no es solo la de la primera potencia sino la del espacio esencial de la interpenetración productiva, comercial y financiera a escala planetaria que se fue acelerando en las tres últimas décadas hasta conformar una trama muy densa de la que ninguna economía capitalista desarrollada o subdesarrollada puede escapar (salir de esa tupida red significa romper con la lógica, con el funcionamiento concreto del capitalismo integrado por clases dominantes locales altamente transnacionalizadas).
Durante la década actual la expansión económica en Europa, China más otros países subdesarrollados y el modesto (efímero) fin del estancamiento japonés solían ser mostrados como el restablecimiento de capitalismos maduros y el ascenso de jóvenes capitalismos periféricos cuando en realidad se trató de prosperidades estrechamente relacionadas con la expansión consumista-financiera norteamericana. Estados Unidos representa el 25 % del Producto Bruto Mundial y es el primer importador global, en 2007 compró bienes y servicios por 2,3 millones de millones de dólares, es el principal cliente de China, India y Japón, Inglaterra, el primer mercado extra europeo de Alemania. Pero es sobre todo en el plano financiero, área hegemónica del sistema internacional, donde se destaca su primacía. Por ejemplo, la red de los negocios con productos financieros derivados (más de 600 millones de millones de dólares registrados por el Banco de Basilea, es decir unas 12 veces el Producto Bruto Mundial) se articula a partir de la estructura financiera norteamericana, las grandes burbujas especulativas imperiales irradian al resto del mundo de manera directa o generando burbujas paralelas como fue posible comprobar con la experiencia reciente de la especulación inmobiliaria en los Estados Unidos y sus clones directos en España, Inglaterra, Irlanda o Australia e indirectos como la superburbuja bursátil china.
Si observamos el comportamiento económico de las grandes potencias comprobaremos en cada caso como sus esferas de negocios superan siempre los límites de los respectivos mercados nacionales e incluso regionales cuya dimensión real resulta insuficiente desde el punto de vista del volumen y la articulación internacional de sus actividades. La Unión Europea está sólidamente atada a los Estados Unidos a nivel comercial e industrial y principalmente financiero, Japón agrega a lo anterior su histórica dependencia de las compras norteamericanas, por su parte China desarrolló su economía en el último cuarto de siglo sobre la base de sus exportaciones industriales a los Estados Unidos y a países, como Japón, Corea del Sur y otros, fuertemente dependientes del Imperio. En fin, el renacimiento ruso gira en torno de sus exportaciones energéticas (principalmente dirigidas hacia Europa), su élite económica se fue estructurando desde el fin de la URSS multiplicando sus operaciones a escala transnacional en especial sus vínculos financieros con Europa occidental y los Estados Unidos. No se trata de simples lazos directos con el Imperio sino de la reproducción ampliada acelerada de una compleja red global de negocios, mercados interdependendientes, asociaciones financieras, innovaciones tecnológicas, etc., que integra al conjunto de burguesías dominantes del planeta. El mundo financiero hipertrofiado es su espacio de circulación natural y su motor geográfico son los Estados Unidos cuya decadencia no puede ser disociada del fenómeno más amplio de la llamada globalización, es decir la financierización de la economía mundial.
Podríamos visualizar al Imperio como sujeto central del proceso, su gran beneficiario y manipulador, y al mismo tiempo como su objeto, producto de una corriente que lo llevo hasta el más alto nivel de riqueza y degradación. Gracias a la globalización los Estados Unidos pudieron sobre-consumir pagando al resto del mundo con sus dólares devaluados imponiendoles su atesoramiento (bajo la forma de reservas) y sus títulos públicos que financiaron sus déficits fiscales. Aunque también gracias al parasitismo norteamericano, europeos, chinos, japoneses, etc., pudieron colocar en el mercado imperial una porción significativa de sus exportaciones de mercancías y de excedentes de capitales. En ese sentido el parasitismo financiero, producto de la crisis de sobreproducción crónica, es a la vez norteamericano y universal, la otra cara del consumismo imperial es la reproducción de capitalismos centrales y periféricos que necesitan desbordar sus mercados locales para hacer crecer sus beneficios. Ello es evidente en los casos de Europa occidental y Japón pero también lo es en el de China que exporta gracias a sus bajos salarios (comprimiendo su mercado interno).
Lo que se está hundiendo ahora no es la nave principal de la flota (si así fuera, numerosas embarcaciones podrían salvarse); solo hay una nave y es su sector decisivo el que está haciendo agua.
Horizontes turbulentos e ilusiones conservadoras
Debemos ubicar en su contexto histórico a las actuales intervenciones de los estados de los países centrales destinadas a contrarrestar la crisis. En los últimos meses han proliferado ilusiones conservadoras referidas al posible desacople de varias economías industriales y subdesarrolladas respecto de la recesión imperial pero lo hechos van derrumbando esas esperanzas. Junto a ellas apareció la fantasía del renacimiento del intervencionismo keynesiano: según dicha hipótesis el neoliberalismo (entendido como simple desestatización de la economía) sería un fenómeno reversible y nuevamente como hace un siglo el Estado salvaría al capitalismo. En realidad en las últimas cuatro décadas se ha producido en los países centrales un doble fenómeno: por una parte la degradación general de los estados que manteniendo su tamaño con relación a cada economía nacional quedaron sometidos a los grupos financieros, perdieron legitimidad social. Y por otra fueron progresivamente desbordados por el sistema económico mundial no solo por su trama financiera sino también por operaciones industriales y comerciales que burlaban los controles (cada vez mas flojos) de las instituciones nacionales y regionales.
En los Estados Unidos dicho proceso avanzó más que en ningún otro país desarrollado, nunca fue abandonado el histórico keynesianismo militar por el contrario el Complejo Militar-Industrial se hipertrofió articulándose con un conjunto de negocios mafiosos, financieros, energéticos, etc., que se convirtió en el centro dominante del sistema de poder apropiándose groseramente del aparato estatal hasta convertirlo en una estructura decadente.
En los países centrales el estado intervencionista (de raíz keynesiana) no necesita regresar porque nunca se ha ido, a lo largo de las últimas décadas, obediente a las necesidades de las áreas más avanzadas del capitalismo, fue modificando sus estrategias, apuntalando la concentración de ingresos y los desarrollos parasitarios, cambiando su ideología, su discurso (ayer integrador, social, productivista-industrial, hoy elitista, neoliberal y virtualista-financiero).
Es en el mundo subdesarrollado donde el estatismo retrocedió hasta ser triturado en numerosos casos por la ola depredadora imperialista, la desestatización fue su forma concreta de sometimiento a la dinámica del capitalismo global. Allí el regreso al estado interventor-desarrollista de otras épocas es un viaje en el tiempo físicamente imposible, las burguesías dominantes locales, sus negocios decisivos, están completamente transnacionalizados o bien bajo la tutela directa de firmas transnacionales.
Ahora en plena crisis quedan al descubierto los dos problemas sin solución a la vista del Estado desarrollado (imperialista): su degeneración estructural y su insuficiencia, su impotencia ante un mundo capitalista demasiado grande y complejo. Es lo que señala Richard Haas en el articulo arriba citado aunque sin decir que no se trata de una reconversión positiva sobredeterminante del capitalismo internacional lo que acorrala al estado norteamericano y a los otros estados centrales sino más bien de un fenómeno mundial negativo que de manera rigurosa deberíamos definir como decadencia global (económica-institucional-política-militar-tecnológica). Es por ello que el paralelo ahora de moda en ciertos círculos de expertos entre la implosión soviética y la probable futura implosión de los Estados Unidos es totalmente insuficiente porque existe entre otras cosas una diferencia de magnitud decisiva, el hiper-gigantismo del Imperio hace que su hundimiento tenga un poder de arrastre sin precedentes en la historia humana. Pero también porque los Estados Unidos no constituyen “un mundo aparte” (marginado) sino el centro de la cultura universal (el capitalismo), la etapa más reciente de una larga historia mundial en torno de Occidente.
La inmensidad del desastre en curso, la extrema radicalidad de las rupturas que puede llegar a engendrar, muy superiores a las que causó la crisis iniciada hacia 1914 (que dio nacimiento a un largo ciclo de tentativas de superación del capitalismo y también al fascismo, intento de recomposición barbara del sistema burgués) genera reacciones espontáneas negadoras de la realidad en las élites dominantes, los espacios sociales conservadores y más allá de ellos, pero la realidad de la crisis se va imponiendo. Todo el edificio de ideas, de certezas de diferente signo, construido a lo largo de más de dos siglos de capitalismo industrial está empezando a agrietarse.
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(1), Paul Craig Roberts, “The collapse of American power”, Online Journal, 20-03-2008.
(2), Peter Morice, “Bush Administration Dithers While Rome Burns. The Deepening recesion”, Counterpunch, April 3, 2008.
(3), Richard Haass, “What follows American dominion?”, Financial Times, April 16, 2008.
(4), Center on Budget and Policy Priorities.
(5), U.S. Department of Justice – Bureau of Justice Statistics.
(6), Adam Liptak, “American Exception. Inmate Count in U.S. Dwarfs Other Nations”, The New York Times, April 23, 2008
(7), Chalmers Johnson, “Going bankrupt: The US’s greatest threat”, Asia Times, 24 Jan 2008.
(8), Rodrigue Tremblay, “The Five Pillars of the U.S. Military-Industrial Complex”, September 25, 2006, http://www.thenewamericanempire.com/tremblay=1038.htm.
(9), Scott B. MacDonald, “End of the guns and butter economy”, Asia Times, October 31, 2007.
(10), Grandfader Economic Report (http://mwhodges.home.att.net/nat-debt).
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Más allá de la recesión. En el comienzo de la segunda etapa de la crisis global
12 Feb
“La peste ya está aquí, ¿que hacer cuando llega la peste?”. Homero
La recesión se ha instalado en el centro del Imperio, el debate ahora gira en torno de su profundidad, duración y alcance mundial. La corte de admiradores derechistas o progresistas del capitalismo global, que nos apabulló en los últimos años con sus reiteraciones acerca de la solidez del sistema, está ahora en pleno repliegue táctico; sus integrantes ya no niegan la crisis pero intentan quitarle dramatismo, acortar sus raíces y amplitud. Algunos ensayan explicaciones anecdóticas, otros la califican como “crisis cíclica”, es decir pasajera, la mayor parte se refugia en la explicación simplista que reduce el fenómeno a una gran perturbación financiera combinada con un brote pesimista de los consumidores norteamericanos provocado por los deudores morosos de los Estados Unidos (que no pagan sus créditos inmobiliarios)… y por quienes les otorgaron prestamos de manera demasiado generosa. Según esta gente los problemas serán pronto superados gracias a las intervenciones de la Reserva Federal, la Casa Blanca y las autoridades políticas y monetarias de las otras grandes potencias. El mítico estandarte del poder invencible de los amos del sistema todavía flamea en las alturas aunque se va deshilachando rápido al ritmo de los truenos globales.
Crédito, consumo y deudas
Al ser la crisis circunscrita al desinfle de la burbuja inmobiliaria norteamericana y sus impactos colaterales en los Estados Unidos y el resto del mundo la “solución” aparece clara: alentar a los consumidores e inversores, subir el gasto público e inyectar liquidez en el mercado. Es lo que ahora están haciendo el gobierno de Bush y la Reserva Federal, el primero acaba de impulsar una rebaja de impuestos y un gasto estatal récord para 2009 de más de 3 billones (millones de millones) de dólares, y en consecuencia un déficit fiscal gigantesco con lo que la deuda pública superará bien pronto los 10 billones de dólares. Por supuesto Bush lo hace desde la derecha; las reducciones fiscales beneficiarán básicamente a los ricos y a la clase media alta, el mayor gasto público privilegiará a las fuerzas armadas que dispondrán del más alto volumen de fondos de toda la historia norteamericana: el gasto militar total de los Estados Unidos llegó en 2008 a cerca 1,2 billones de dólares (si sumamos a las erogaciones del Departamento de Defensa las de los demás sectores del estado), según el proyecto de presupuesto enviado por Bush al Parlamento, en 2009 dicha cifra será mucho más alta. Por su parte la Reserva Federal baja más y más la tasas de interés.
Lo que ellos están haciendo ahora es una suerte de repetición, en condiciones infinitamente más graves, de lo que ya hicieron en 2001, no tienen otro libreto. Pero en aquel momento la deuda pública norteamericana alcanzaba los 5,7 billones de dólares ahora ronda los 9,2 billones, y si a la misma le sumamos las del resto de sectores públicos y privados se llega a los 50 billones de dólares (equivalente al Producto Bruto Mundial). A ello es necesario agregar la acumulación de déficits fiscales y comerciales, y un volumen de gastos militares totales que podría llegar a representar en 2009 el 10 % del Producto Bruto Interno norteamericano.
En 2001 la situación era difícil pero existían márgenes económicos y políticos que permitieron al Poder (auto atentado terrorista mediante) salir de la recesión acelerando las tendencias dominantes del sistema: hipertrofia especulativa, concentración de ingresos. consumismo (con fuerte caída del ahorro personal), crecimiento de las deudas públicas y privadas y keynesianismo militar. Todos estos aspectos se exacerbaron al extremo en los últimos siete años, las aventuras coloniales en Eurasia terminaron empantanadas (el aparato militar aparece ahora como una pesada maquinaria tan sofisticada y cara como incompetente) mientras que el Estado y la población están abrumados por la deudas.
La recesión estadounidense es más una crisis-de-deuda que una depresión causada por el enfriamiento del consumo, la primera es el fundamento del segundo. La súper deuda estatal ha llegado a un punto tal que su expansión ha ingresado en un círculo vicioso que enlaza de manera perversa emisiones de títulos públicos y de dólares cada vez más depreciados, en caso contrario el Estado debería frenar sus gastos y/o incrementar la recaudación fiscal lo que hundiría a la economía en una recesión aún más profunda.
Por su parte la población con ingresos medios y bajos ha sufrido las consecuencias del estancamiento (y del descenso en un importante sector) de sus salarios reales, el ingreso familiar promedio es actualmente inferior al del año 2000. Cuando se lanzó la burbuja inmobiliaria con una avalancha de créditos baratos se estaba al mismo tiempo restringiendo la solvencia a mediano plazo de una gran masa de deudores, la serpiente neoliberal terminó mordiendo su propia cola: a mediados de 2006 el mercado inmobiliario estaba saturado, los precios de las viviendas comenzaron a descender y en 2007 estalló la morosidad. Lo que siguió es bien conocido.
En los años del auge el tema del inminente agotamiento del crecimiento de la economía norteamericana sobrecargada de deudas había sido abiertamente ignorado o negado por periodistas, expertos, grandes empresarios y dirigentes políticos de la superpotencia. Los negocios prosperaban ¿quien se hubiera atrevido en ese período a decir que las grandes ganancias de ese entonces eran la base de un próximo desastre?. Los pocos que se atrevieron quedaron marginados o ridiculizados, señalados como catastrofistas, personas amargadas o amantes de los terremotos.
Pero si la derecha pretende hacer más de lo mismo, el progresismo imperial no va mucho más lejos, Joseph Stiglitz expresión de ese sector acaba de proponer una variante “popular” del remedio orientada también a rehabilitar el consumo incrementando el gasto público y en consecuencia el déficit fiscal y la deuda. Según esa propuesta no serían beneficiados los militares y los ricos sino los desocupados, los programas de desarrollo de la infraestructura, del sector educativo, de salud, de ahorro de energía y de reducción de la contaminación ambiental (1). La aspirina progresista (incompatible con el actual sistema de poder estadounidense) y la repetición conservadora no son otra cosa que pequeños parches impotentes ante una realidad que los desborda.
Recesión e inflación
Ahora que la recesión ha llegado al centro de la economía mundial sus autoridades entran en pánico, perciben que sus acciones son ineficaces o incluso contraproducentes. Las medidas antirrecesivas como los recortes fiscales en curso, las drásticas bajas en la tasa de interés o el incremento del gasto público traerán más déficits y deudas y si llegan a tener algún éxito, aunque sea mediocre, alentarán la inflación; en ambos casos impulsarán la depreciación internacional del dólar. La recesión y la inflación llegan juntas porque la crisis financiera converge con la crisis energética que hace subir el precio del petróleo arrastrando hacia arriba a un amplio abanico de materias primas. Los costos de producción aumentan no solo cuando crece la economía mundial y en consecuencia la demanda de esos productos sino también cuando la misma se estanca e incluso cuando decae. Es así porque la extracción petrolera global está llegando a su máximo nivel y detrás de ella las de otros recursos energéticos no renovables como el carbón y el uranio que se encaminan hacia la misma situación a más largo plazo pero bien antes de mediados del siglo XXI (2). Y como sabemos el remplazo del petróleo por los biocombustibles lleva al rápido encarecimiento generalizado de los precios de la producción agrícola, en especial la de alimentos.
En síntesis, las autoridades norteamericanas saben que si tratan de revertir la recesión reanimando al mercado alentarán la inflación y la caída del dólar lo que terminará por traer más recesión pero que si buscan frenar la inflación enfriando la economía profundizarían la recesión: un callejón sin salida.
Algunos expertos, por ahora discretos, empiezan a ilusionarse con la posibilidad de un estancamiento prolongado pero ordenado, sin estallidos sociales ni crisis institucionales graves, el modelo sería Japón en los años 1990. Aunque olvidan que se trataba de una potencia de segundo orden que dispuso en ese momento de dos tablas de salvación externas que suavizaron su aterrizaje, en primer lugar las burbujas de prosperidad de Asia del Este que le dieron aire hasta la crisis de 1997 y sobre todo los Estados Unidos, su principal cliente comercial, cuyo mercado absorbió exportaciones e inversiones japonesas. Pero los Estados Unidos son demasiado grandes, no existe una tabla de salvación externa a su medida, el resto del mundo venia amortiguando sus desajustes fiscales y comerciales acumulando montañas de papeles dolarizados que cada día valen menos pero esa capacidad esta casi agotada.
La ilusión del desacople
En la última reunión de Davos se discutió mucho acerca del posible “desacople” entre los Estados Unidos y las otras potencias industriales que tomarían de ese modo distancia del naufragio de su hermano mayor.
Hasta hoy la globalización era presentada por la propaganda neoliberal como una trama de la que nadie podía escapar, ahora sin mayores explicaciones se afirma lo contrario, la red global permitiría al parecer salir del desastre a una amplia variedad de países, dirigentes y comunicadores de algunas economías desarrolladas las incluyen en la lista de sobrevivientes, incluso en numerosos países periféricos los medios de comunicación locales tratan de tranquilizar a sus poblaciones explicándoles que gracias al nivel de sus reservas (dolarizadas), la naturaleza de sus exportaciones, su ubicación geográfica u otra bendición del destino, esa nación no será afectada por la recesión estadounidense (o lo será muy poco).
Pero resulta que – para desgracia de los neoliberales – los neoliberales tenían razón: las interdependencias económicas mundiales son tan densas que como lo estamos comprobando a diario no hay manera de desconectar los sacudones estadounidenses (bancarios, bursátiles, etc.) del funcionamiento financiero internacional. La burbuja inmobiliaria norteamericana fue la vanguardia de una variada serie de burbujas similares en distintos lugares del planeta, países como España, Inglaterra, Holanda, Australia, Irlanda, Nueva Zelandia fueron parte activa de la fiesta. En España ya comenzó el desinfle, recientemente Carlos March, cabeza de uno de los grupos financieros decisivos de ese país, declaró que “la crisis inmobiliaria (española) va a durar mucho tiempo, al menos tres años” (3), además numerosos bancos europeos y asiáticos son golpeados por la desvalorización de títulos norteamericanos apoyados en deudas hipotecarias de alto riesgo que compraron a manos llenas en pleno auge especulativo. La recesión estadounidense ya afecta a Japón estrechamente asociado a la superpotencia en los niveles comercial, financiero, político-militar, etc. Japón y los Estados Unidos compran el grueso de las exportaciones industriales de China, columna vertebral de su prosperidad económica, que por otra parte acumula más de 1,4 billones de dólares y papeles dolarizados en sus reservas y es atravesada por varias burbujas (bursátil, inmobiliaria, etc.)(4).
Mucho más fuertes aún son las interconexiones entre la Unión Europea y los Estados Unidos… lo que no le impidió al presidente del Eurogrupo Jean-Claude Juncker declarar (a comienzos de febrero de 2008 y sin que se le mueva un solo músculo de la cara) que “en Europa no hay riesgo de recesión al contrario que en los Estados Unidos” (5).
Estas interrelaciones planetarias del capitalismo han sido a veces explicadas en términos de “estafa” de la superpotencia al resto del mundo que durante un largo período le ha estado suministrando bienes y capitales a cambios de papeles de valor decreciente, ello le había permitido al Imperio consumir y hacer guerras muy por encima de sus posibilidades productivas. Es lo que acaba de afirmar George Soros (6), lo que durante muchos años era presentado como un argumento “antiimperialista”, “desde la izquierda”, ha sido ahora asumido por el personaje-paradigma de la especulación financiera mundial. Según él la actual crisis “la más grave desde el fin de la Segunda Guerra Mundial” marcaría el fin del reinado del dólar, la recesión en el mundo desarrollado y el ascenso de naciones como China, India y algunos países exportadores de petróleo. En síntesis, los Estados Unidos y posiblemente una parte de Europa habrían llegado a su ocaso pero el capitalismo global quedaría a salvo gracias a la inyección de sangre joven proveniente de la periferia… lo que les permitiría a Soros y sus colegas continuar de manera renovada sus ingeniosos negocios.
Pero la realidad es menos simple, el mercado norteamericano ha sido el espació decisivo para la colocación de mercancías y excedentes de capitales del resto del mundo. Gracias a su capacidad de absorción (apuntalada por el conjunto del capitalismo global) las burguesías de Europa, Asia y de otros continentes pudieron realizar operaciones especulativas, inversiones productivas y exportaciones sin los cuales sus prosperidades hubieran sido imposibles. A partir de la crisis crónica de sobreproducción mundial (con centro en las naciones desarrollados) iniciada a fines de los años 1960 la economía estadounidense, crecientemente parasitaria, fue el principal sostén de la demanda global. Las clases dirigentes de China, India, Japón o Europa no fueron estafadas ni coaccionadas para que le cedieran bienes y capitales a la superpotencia… solo estaban sosteniendo a su principal cliente con créditos y precios accesibles.
Se trata de una trama internacional muy compleja en cuya cúspide se encuentran las elites dirigentes de los Estados Unidos y numerosos países ricos y pobres mientras que en la base se agolpan los excluídos y trabajadores superexplotados de la periferia y una creciente masa de empobrecidos de las naciones industrializadas. El resquebrajamiento de ese pilar central hace ahora tambalear al sistema mundial.
El discurso acerca del ascenso del capitalismo periférico en tanto futuro líder del mundo aparece como la componente tragicómica de la ilusión del desacople. Los dirigentes chinos, por ejemplo, proseguirían su enriquecimiento vertiginoso (tal vez un poco más suave) aunque no se sabe muy bien como lo harían si se hunden los mercados norteamericano y japonés.
India y Brasil marcharían por un camino similar con sus burguesías transnacionalizadas tal vez haciendo negocios Sud-Sud y tras ellos una variada serie de países subdesarrollados. La sombra de la recesión cubriría a las llamadas economías desarrolladas (en grueso encuadradas en la OCDE), que representaron en 2007 casi el 70 % de la importaciones mundiales mientras numerosos países del resto del mundo, vaya uno a saber gracias a que milagro, se salvarían del desastre. No olvidemos que los más dinámicos y grandes de los mismos basan su crecimiento en la expansión de sus exportaciones… preferentemente dirigidas hacia las naciones ricas.
La fabula no solo es inconsistente desde el ángulo del comercio internacional sino que lo es también (mucho más) cuando enfocamos la composición y comportamiento de estas burguesías periféricas, transanacionalizadas, sumergidas hasta el cuello en las burbujas financieras globales, buena parte de ellas atrapadas por la cultura del corto plazo (el estilo de vida de los especuladores), educadas en la rapiña y superexplotación de sus propios países. Mundializan sus excedentes financieros ante la “estrechez relativa” de sus mercados locales e incluso regionales (desde el punto de vista de sus expectativas de altas ganancias) o bien empujados por la “necesidad” de extender sus intereses al interior de tramas empresarias globales de las que forman parte o incluso a veces ante la posibilidad de abastecer a las clases privilegiadas de sus propios países a partir de firmas o marcas extranjeras “de prestigio”. Tres ejemplos recientes llegados desde China ilustran bien esta realidad: el primero de ellos se refiere a la suspensión el martes 22 de enero de 2008 de la cotización de la acción del Bank of China (el segundo banco de China) en la bolsa de Shanghai cuando este informó haber perdido unos 8.000 millones de dólares en sus títulos ligados a préstamos hipotecarios norteamericanos de riesgo (subprimes). El segundo es la compra realizada por Aluminium Corp. of China (Chinalco) de una participación en la empresa minera anglo-australiana Rio Tinto por una suma próxima a los 14 mil millones de dólares (7). El tercer ejemplo es la reciente “adquisición de lujo” por parte del grupo Longhai, de la ciudad de Quingdao en China, del viñedo francés de Chateau Latour-Laguens, la empresa china aprovechó la marca francesa para rebautizar “”Latour-Laguens International Wine Co” a su rama importadora de bebidas que vende a los nuevos ricos de su mercado interno vinos australianos, italianos y sudafricanos (8).
Estas burguesías son la antítesis viviente de lo que los optimistas del desacople y de la recomposición periférica del capitalismo pueden imaginar como clases dirigentes medianamente estables y portadoras de proyectos productivos y comerciales autónomos (“nacionales”) de largo plazo.
Hipertrofia financiera global y desaceleración productiva
Para entender lo que está ocurriendo es necesario reflexionar acerca del período de “más de 60 años de duración” que nos propone George Soros, aunque no debería ser visto como un único ciclo ascendente del crédito sino más bien como la sucesión de dos períodos, uno ascendente entre el fin de la Segunda Guerra Mundial (aproximadamente) y el final de los años 1960 o el comienzo de los años 1970 y otro descendente desde ese punto de inflexión hasta la actualidad.
La era de oro del mundo capitalista reconstituido con centro en el imperio norteamericano y el dólar como moneda universal, basada en la intervención económica del Estado, combinando según los casos keynesianismo civil y militar tal vez dio sus primeros pasos hacia 1939, en los Estados Unidos, en ese momento el keynesianismo militar logró allí el despegue que se transformó en una prolongada prosperidad que se está acabando ahora. El inicio también puede ser localizado hacia finales de los años 1940 cuando los capitalismos recompuestos de Europa Occidental y Japón se incorporaron a la ola norteamericana.
El dinamismo productivo del sistema comenzó globalmente a decaer a fines de los años 1960 expresándose luego como una crisis de sobreproducción crónica que se prolonga hasta hoy (9). Una de sus manifestaciones más evidentes fue la declinación en el largo plazo de la tasa de crecimiento de la economía mundial donde el rol negativo principal fue protagonizado por las naciones de alto desarrollo. La economía global creció a una tasa anual promedio de 4,9 % entre 1950 y 1973, 3,4 % entre 1974 y 1979, 3,3 % en la década de los 1980 y 2,3 % en la de los 1990, la década actual que comenzó con un pequeño enfriamiento continuó con la expansión-burbujeante de la era Bush para concluir con una recesión (o estancamiento) que anuncia ser prolongada. La desaceleración económica internacional engendró una vía de escape para las rentabilidades productivas en baja: la expansión financiera. Un buen ejemplo de ello es la contraposición entre la reducción de la tasa de crecimiento de la economía mundial y el crecimiento veloz de los negocios con productos financieros derivados que ingresaron en el período de la especulación desenfrenada hacia comienzos de la década actual. Según el Banco de Basilea a mediados del año 2000 los derivados representaban aproximadamente el doble del Producto Bruto Mundial, hacia mediados de 2006 eran ocho veces superiores, y diez veces un año después: sumaban unos 510 billones (millones de millones) de dólares. Si a esta cifra le agregamos el resto del empapelamiento (acciones, deudas públicas, etc.) nos estaríamos aproximando a los 1000 billones de dólares (20 veces el Producto Bruto Mundial)…
Nos encontramos ahora en el espacio de saturación de la hipertrofia especulativa que podrá tal vez prolongarse un poco más pero que de manera irresistible va ingresando en una zona de múltiples turbulencias donde algunas burbujas se desinflan y otras se expanden rápidamente en medio de un desorden financiero generalizado. Debemos tener presente que lo que está tambaleando es el mayor globo financiero de la historia del capitalismo.
El segundo acto
La primera etapa de la larga crisis-decadencia global iniciada hace casi 40 años concluyó cuando la expansión financiera agotó su rol amortiguador para convertirse en lo contrario. Si antes era el pilar del consumismo y de la supervivencia concentradora de las grandes empresas ahora constituye el centro de la recesión.
El punto de inicio del nuevo período suele ser situado en 2007 cuando estalló la burbuja inmobiliaria norteamericana aunque con una visión más amplia deberíamos localizarlo en 2001 en el momento en que la amenaza de recesión en los Estados Unidos fue “eludida” gracias a la loca fuga hacia adelante de las peores tendencias del sistema: militarismo, especulación, concentración de ingresos, corrupción institucional. Ese hecho sobre determinó la marcha del mundo, no en la dirección que pretendían los halcones de la Casa Blanca (instalación del dominio imperial por muchas décadas) sino en sentido opuesto: se aceleró la decadencia. Al comienzo predominó una apariencia engañosa de prosperidad impuesta por la maquinaria mediática occidental, las economías desarrollas tenían altas tasas de crecimiento, China, India y otras “naciones emergentes” expandían como nunca sus estructuras capitalistas… pero la base de boom era una especulación financiera sin frenos y con una esperanza de vida muy acotada.
Para entender mejor lo que ahora esta ocurriendo debe ser ampliado el espacio de la crisis financiera para dar lugar a “otras crisis” que convergen con ella. En primer lugar la crisis energética que está expresando el fin de la era del petróleo barato (el comienzo del estancamiento de la extracción seguido a más largo plazo por su descenso) introduciendo un sólido bloqueo inflacionario a las políticas antirrecesivas.
Dicha crisis debe ser incluida en la bicentenaria historia del capitalismo industrial (basado en los recursos energéticos no renovables) cuyo funcionamiento expansivo hubiera sido imposible si no se independizaba de los límites y ritmos de la reproducción de los recursos energéticos renovables, abaratando y sometiendo a su dinámica a las nuevas fuentes de energía que aparecían como reservas infinitamente grandes, siempre disponibles. Eso fue posible gracias a una serie de proezas tecnológicas, trágicas a largo plazo, que conformaron un mecanismo de depredación que no se podía prolongar indefinidamente.
El estallido de la crisis energética coloca ahora al capitalismo ante un callejón sin salida, por lo menos a mediano plazo, tiempo más que suficiente como para que el desorden depresivo del sistema termine por producir daños irreversibles que impidan su recomposición bajo condiciones civilizadas. Esto significa que la futura supervivencia de la civilización burguesa debe ser asociada con el ascenso de formas de barbarie nunca antes vistas, el parche de los biocombustibles como reemplazante a escala planetaria esclarece bien esta afirmación con sus secuelas de destrucción del recurso agrícola básico: la tierra cultivable y de encarecimiento de los alimentos con los que compite en la ocupación de ese recurso.
Este proceso depredador en su etapa de gran aceleración y control general del planeta experimenta actualmente un enorme salto cualitativo al convertirse en motor del fenómeno de cambio climático que amenaza a la humanidad, su mitigación está obligada a recorrer el mismo sendero que el de la solución de la crisis energética: la reducción y rediseño del consumo de energía a gran escala lo que implica la transformación radical del sistema productivo ahora impulsado por la lógica de la rentabilidad capitalista (el poscapitalismo ridiculizado en la era neoliberal entra en escena).
Otra crisis decisiva es la del centro del mundo: los Estados Unidos, la declinación del Imperio es no solo económica o institucional sino también militar, su complejo industrial-militar en la cúspide de su despliegue económico y tecnológico demuestra su incompetencia en el terreno concreto de la guerra, de manera directa en Irak y Afganistan e indirecta en la reciente invasión israelí al Libano. Esta crisis de la tecnología y del despilfarro militar modernos puede ser enfocada como el más reciente eslabón de una secuencia iniciada hacia fines del siglo XIX de militarización de la ciencia y la tecnología, de concentración industrial en el objetivo bélico, atravesando dos guerras mundiales calientes y una fría hasta llegar a la degradación actual.
El hecho sorprendente es la convergencia histórica de todas las crisis señaladas que aparece como el encuentro de varios ciclos de diferente duración si pensamos en un ciclo de los recursos energéticos no renovables (desde el carbón hasta el petróleo despegando a fines del siglo XVIII) cuyo punto de inflexión hacia abajo coincide con puntos similares en los otros ciclos, el financiero y el militar-industrial nacidos a fines del siglo XIX. Pero la reflexión se simplifica cuando visualizamos tres ciclos paralelos despegando aproximadamente en el mismo momento si en el caso de la energía nos limitamos al del petróleo. En este último caso podemos referirnos a componentes de un solo ciclo de algo más de un siglo de antigüedad marcado por el desarrollo cada vez más rápido e intenso del parasitismo (principalmente financiero y militar) y de la depredación del ecosistema.
Febrero de 2008
(1), Joseph Stiglitz, “How to Stop the Downturn”, The New Yor Times, January 23, 2008.
(2), Según dos estudios recientes del Energy Watch Group la cima de la producción económicamente viable de carbón de mantenerse el actual ritmo de crecimiento de la extracción se produciría en torno del año 2025 (Energy Watch Group, “Coal:Resources and Future Production”, March 2007) y la del uranio diez años más tarde (EnergyWatch Group, “Uranium Resources and Nuclear Energy”, December 2006) en este último caso a partir de esa primera cima los incrementos en la producción (siguiendo el ritmo actual) podrían prolongarse tres décadas más pero con un ascenso exponencial de los costos.
(3),“ Según sus cuentas, tomando en consideración que en estos momentos se están construyendo en cualquiera de sus fases alrededor de 1,3 millones de vivienda en España, y que la demanda se sitúa entre 300.000 y 400.000 unidades, lo lógico es que ese stock de viviendas no se liquide hasta pasados tres años. Carlos March, admitió, durante la presentación de los resultados del banco, que la situación es “preocupante” por lo que no será fácil recuperar niveles de actividad “aceptables”. El representante de una de las fortunas -mayores e históricas- del país ha sido tajante con la actual crisis, que vive en sus propias carnes. Corporación Financiera Alba, el brazo inversor cotizado de la familia March, acumula una caída en bolsa del 33% en los últimos ocho meses”. Cotizalia, 05-02-2008.
(4), “Los precios de los inmuebles en China crecen imparables situándose por encima del 8% interanual, de nada han servido las medidas dispuestas por el Gobierno del país para intentar detener la escalada de precios… El incremento de un 8,2% se convierte en un 10% en las ciudades donde la especulación inmobiliaria se hace más notoria, y la tendencia se está generalizando por todo el país… Quienes verdaderamente están haciendo su agosto de esta situación son los bancos y entidades financieras que conceden los créditos hipotecarios, tal es el auge de las hipotecas que incluso se ha comenzado a popularizar una expresión entre los ciudadanos chinos, ‘esclavos de las hipotecas’ “. Programa Inmobiliario, “Se infla la burbuja inmobiliaria en China” , 03-10-2007, http://www.programainmobiliario.tv/detalle.php?id=264.
(5), “No habrá recesión en Europa”, adnmundo.com, 04-02-2008.
(6), Según Soros nos econtraríamos ante “el fin de una era de expansión del crédito fundada en el dólar como moneda de reserva internacional… un boom que ha durado más de 60 años (y que) ha permitido a los Estados Unidos absorber el ahorro del resto del mundo y consumir más de lo que producía”. George Soros, “The worst market crisis in 60 years”, The Financial Times, January 22 2008.
(7),” Why Chinalco’s Buying Into Rio Tinto”, Business Week, February 5, 2008.
(8) “Viñedos de Francia para los nuevos ricos de China”, Clarin-iEco, Buenos Aires, 10de febrero de 2008.
(9), Jorge Beinstein, “La larga crisis de la economía global”, Corregidor, Buenos Aires, 2000.
Autor: Jorge Beinstein
Doctor de Estado en Ciencias Económicas (Universidad de Franche Comté – Besançon, Francia), especialista en pronósticos económicos, ha sido durante los últimos veinticinco años consultor de organismos internacionales y gobiernos, dirigió numerosos programas de investigación y fue titular de cátedras de economía internacional y prospectiva tanto en Europa como en América Latina.
Actualmente es profesor titular de las cátedras libres “Globalización y Crisis” en las universidades de Buenos Aires y Córdoba (Argentina) y de La Habana (Cuba), y Director del Centro de Prospectiva y Gestión de Sistemas(Cepros).
Entre 1986 y 1998 fue titular de la Cátedra de Historia económica mundial (“Historia económica y social general”) de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, donde a comienzos de los 90s fundó y dirigió el Centro de Estudios e Investigaciones Multidisciplinarias en Innovación Tecnológica y Prospectiva (Cemitep). En esa época coordinó el Programa de Prospectiva de la Comisión Latinoamericana de Ciencia y Tecnología del SELA (Sistema Económico LatinoAmericano).
Varios centenares de publicaciones científicas internacionales y de divulgación en mediosde difusión masiva (en la actualidad publica regularmente en Le Monde Diplomatique en español /El Dipló de Buenos Aires) expresan una larga trayectoria consagrada a la prospectiva y al análisis de la economía global.
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Estados Unidos: la irresistible llegada de la recesión
16 Jun
Acaba de ser conocida la cifra definitiva del crecimiento de la economía de los Estados Unidos durante el primer trimestre de 2007. El dato inicial evaluado en un 1,3 % anualizado ha sido reducido al 0,6 %. Se trata de la tasa más baja de los últimos cuatro años que confirma la tendencia a la desaceleración ya iniciada en el último trimestre de 2006.
Cuando en febrero de este año Alan Greenspam, ex titular de la Reserva Federal, anunció la posibilidad de que los Estados Unidos entren en recesión antes de fines de 2007 (su observación coincidió con el derrumbe bursátil desatado por la caída de la bolsa de Shangai) llovieron los desmentidos de expertos y autoridades monetarias de los países centrales. Pero la realidad no puede ser exorcizada con manipulaciones mediáticas, la acumulación de déficits, la degradación del dólar y sobre todo el desinfle de la burbuja inmobiliaria hacían inevitable el desenlace.
La burbuja inmobiliaria, pieza maestra de la estrategia económica de la administración Bush junto a la avalancha de gastos militares (con la locura militarista que la acompañó) y las reducciones fiscales; consiguieron sacar a la economía estadounidense del estancamiento inflando un consumo no respaldado por el desarrollo productivo local (la decadencia del sistema industrial norteamericano ya lleva muchos años). Se sumaron las deudas internas y externas, los créditos fáciles, en especial los destinados a las viviendas crecieron de manera desmesurada, el déficit energético se expandió… hacia finales de 2006 la deuda total estadounidense (pública, empresaria y personal) llegaba a los 48 billones de dólares: más de tres veces el Producto Bruto Interno norteamericano y superior al Producto Bruto Mundial. Las deudas con el exterior trepaban a 10 billones de dólares… la cuerda no podía ser estirada indefinidamente.
Todo mal
La estrategia del gobierno de Bush puede ser sintetizada como la combinación de dos operaciones que apoyándose mutuamente deberían haber relanzado y consolidado el poderío imperial de los Estados Unidos: la expansión rápida de una burbuja consumista-financiera para producir un fuerte despegue económico asociada a una ofensiva militar sobre Eurasia que le daría la hegemonía energética global y desde allí la primacía financiera arrinconando a las otras potencias (China, Unión Europea, Rusia).
Apostó a partir de 2001 a una contundente victoria de sus fuerzas armadas que le permitiría controlar militarmente la franja territorial que va desde los Balcanes en el Mediterráneo Oriental hasta Pakistán, atravesando Turquía, Siria, Irak, Irán, la ex repúblicas soviéticas de Asia Central, la Cuenca del Mar Caspio, Afganistán, tapizándola de implantaciones militares que vigilarían una complejo abanico de protectorados. Los preparativos de la ofensiva se habían desarrollado a lo largo de los años 1990 bajo gobiernos republicanos y demócratas: la primera Guerra del Golfo, los interminables bombardeos sobre Irak durante toda la década, la guerra de Kosovo. Se trató de una “política de estado” que incluyó a los dos partidos gobernantes y al conjunto del sistema de poder. Ellos sabían que la burbuja económica lanzada paralelamente a la ofensiva militar no podía sostenerse mucho tiempo, los desajustes financieros se acumularían y la burbuja de créditos apuntalando la especulación inmobiliaria terminaría por desinflarse: 2005-2006 aparecía como una barrera temporal infranqueable. Pero en ese momento, apostaban los halcones, la victoria militar del Imperio permitiría redefinir las reglas de juego económicas del planeta, los cowboys del Pentágono llagarían justo a tiempo para auxiliar a los magos de las finanzas. Pero todo salió mal; los cowboys se empantanaron en Irak, la ofensiva fulminante sobre Eurasia fracasó en la primera batalla importante, mientras tanto el globo especulativo entro en crisis y ningún puño de hierro pudo salvarlo.
Señal de alarma, desaceleración, interrogantes
Desde 2005 expertos de muy diverso signo ideológico comenzaron a alertar acerca del próximo desinfle de la burbuja inmobiliaria, en agosto de ese año “The Economist” señalaba las consecuencias mundiales de la inevitable contracción del globo especulativo (1). Pero en los Estados Unidos, donde la brecha entre los préstamos inmobiliarios y los ingresos personales crecía sin cesar, la fiesta financiera siguió imperturbable a las alertas dictando el ritmo de las otras potencias económicas, el contagio llegó a regiones muy extendidas de la periferia.
Finalmente en 2006 los precios de las viviendas comenzaron a descender, la burbuja estadounidense se contraía inexorablemente, a partir de ese momento su impacto negativo sobre la demanda y luego sobre el conjunto del Producto Bruto Interno era solo cuestión de tiempo.
Hacia fines de 2006 aparecieron los primeros síntomas de desaceleración económica que se tornaron dramáticos durante el primer trimestre de 2007. En febrero se produjo un sacudón bursátil internacional afectando en primer lugar a China, país extremadamente dependiente de la capacidad de compra del mercado norteamericano.
Ahora al promediar el año 2007, independientemente de altibajos y efímeras recuperaciones, el interrogante central es como y a que ritmo se propagará el enfriamiento al conjunto de la economía mundial. Por ejemplo como afectará a los precios de las materias primas, en primer lugar el del petróleo, empujado hacia arriba por el proceso de reducción de reservas (la cercanía de la cima productiva global) y presionado hacia abajo por la desaceleración de los grandes sistemas industriales. ¿Afrontaremos pronto una recesión con caída general de precios o bien una combinación de recesión e inflación parecida a la estanflación de los años 1970? ¿Asistiremos a grandes contracciones de negocios financieros o a su combinación con nuevos brotes especulativos (por ejemplo euforias en los mercados de metales preciosos)? En fin, ¿cuales serán las consecuencias políticas, militares e ideológicas de esta gran perturbación del capitalismo mundial?. De algo debemos estar seguros: esta crisis no se parece a ninguna de las anteriores, este nivel de hipertrofia financiera nunca antes había sido alcanzado, también es inédito el grado de interdependencia entre todas las grandes economías y además se mezclan peligrosamente aspectos característicos de una crisis de sobre producción con otros propios de una situación de subproducción de productos decisivos para la supervivencia del sistema. Esto último se expresa por ahora solo en el tema energético pero el mismo está impulsando otras penurias, por ejemplo la de alimentos debido al uso de tierras cultivables en la producción de biocombustibles.
Más allá de las conspiraciones
Sería ingenuo atribuir la crisis a la aplicación de una estrategia errónea por parte de la Casa Blanca. Debemos insertar dicha estrategia en el contexto más amplio de la decadencia de la sociedad norteamericana y la misma como parte (decisiva) de un proceso de crisis global. Si enfocamos el mediano plazo, desde comienzos de los 1990 (fin de la guerra fría) observaremos como la economía estadounidense se fue convirtiendo en un sistema basado en la especulación financiera y el déficit comercial al que se agregaron el déficit fiscal y las deudas de todo tipo en un proceso general de concentración de ingresos. En suma; una dinámica elitista y parasitaria cuya primera etapa tuvo una cierta apariencia productivista en torno de los llamadas industrias de alta tecnología, su centro motor fue la euforia bursátil y las célebres “acciones tecnológicas” expresadas en el índice Nasdaq que crecía vertiginosamente.
Los expertos-comunicadores de la época señalaban que se había puesto en marcha un circulo virtuoso que empujaba a la economía norteamericana hacia una suerte de prosperidad infinita. Según ellos la expansión del consumo alentaba nuevos desarrollos tecnológicos que impulsaba la productividad y en consecuencia los ingresos y luego el consumo, etc. En realidad lo que estaba ocurriendo era una euforia bursátil que proporcionaba ingresos financieros presentes y futuros a empresas e individuos incitándolos a gastar más y más.
La fiesta concluyó a comienzos de la década actual y la economía se estancó, la nueva administración republicana no encontró otra vía de salida que una nueva burbuja mucho más grande que la anterior, esta vez basada en una avalancha de créditos inmobiliarios.
Junto al delirio financiero se desarrollaron otros fenómenos como la criminalidad y la criminalización estatal de las clases bajas, en especial de algunas minorías como la de los latinoamericanos y afronorteamericanos pobres o la degradación del sistema político (corrupción, sometimiento a los grupos de negocios ascendentes). En especial se afianzó una convergencia de intereses que fue reconfigurando al tradicional “complejo militar industrial” para transformarlo en una extendida red de grupos financieros, petroleros, industriales, políticos, militares y paramilitares mafiosos. A comienzos de la presente década se produjo un salto cualitativo representado por la llegada de George W. Bush y sus halcones.
En un enfoque de más largo plazo, desde el fin del patrón dólar-oro (1971) y la crisis planetaria que le siguió observamos una crisis de sobreproducción global que fue postergada, emparchada, sobre la base de la expansión de los negocios financieros y del superconsumo norteamericano inscripto en una corriente mundial de concentración de ingresos. La aventura militar-financiera no fue un exabrupto o una desviación neofascista del sistema de poder norteamericano sino un despliegue estratégico lógico (fuertemente impregnado de componentes fascistas) del núcleo central de poder de los Estados Unidos que de ese modo prolongaba, acentuaba, las tendencias económicas, ideológicas y políticas dominantes. Que fueron creciendo hasta devenir hegemónicas desde la presidencia de Reagan, pasando por Carter, Bush padre, Clinton hasta llegar a los auto atentados del 11 de septiembre de 2001 y la invasión de Irak. El fin de las ilusiones
La prosperidad ficticia del Imperio forjó sobre todo en los 1990 la ilusión de un Poder mundial avasallador ante el cual solo era posible adaptarse. Surgió una derecha global triunfalista que cubrió con un discurso “neoliberal” la orgía financiera, pero también un progresismo cortesano que sobre la base del sometimiento al capitalismo pretendía adornarlo con matices humanistas. Tanto para los unos como para los otros la victoria del universo burgués era definitiva o por lo menos de muy larga duración. Pero cuando al iniciarse la presente década comenzaron a despuntar las primeras fisuras del sistema optaron en general por negar fanáticamente la realidad: la declinación del dólar o el súper endeudamiento norteamericano eran presentados como expresiones de una recomposición positiva en marcha del capitalismo global, el desquicio financiero como el ocaso de la especulación superado por una próxima reconversión productivista de la economía de mercado, en fin, cada muestra de fracaso era transformada en demostración de rejuvenecimiento.
Es posible que eso siga todavía un cierto tiempo más, incluso la declinación de los Estados Unidos y de otras potencias arrastradas por el gigante puede dar lugar a ilusiones pasajeras acerca del ascenso de capitalismos nacionales o regionales autónomos en la periferia o a reconversiones milagrosas de algunas economías centrales. El truco de remplazar realidad por deseos ilusorios suele dar buenos resultados a corto plazo, el problema es que las grandes tendencias de la historia terminan por imponerse.
(1) “The global housing boom. In come the waves”, The Economist, Jun 16th 2005
Jorge Beinstein – Bolpress
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