La situación económica mundial

Globalización Económica, Umberto Mazzei No hay Comentarios »

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Por Umberto Mazzei
IREI desde Ginebra, especial para argenpress.info, 26.07.09

Reescribir las reglas de la economía de mercado -beneficiando a quienes causaron tanto sufrimiento en la vida cotidiana global y tantos desempleados- es peor que costoso financieramente.
En realidad, es obscenamente injusto.
Joseph Stiglitz

I

La economía de Mercado

Se cuenta que un día preguntaron al Mahatma Ghandi qué cosa pensaba de la Economía de Mercado y respondió – “Pudiera ser una buena idea”. Es sólo eso: una propuesta de competir hecha a un mundo económico donde los empresarios desean rentas monopólicas.

Imaginamos a Adam Smith necesitando toda su flema británica para controlarse ante lo que en su nombre se practica como liberalismo, porque detestó los monopolios y los oligopolios, que describió como “El beneficio exorbitante”. Hoy, su teoría de un equilibrio económico internacional producido por la apertura al intercambio se usa para abrir la puerta a los monopolios o carteles apátridas que devoran el mapa corporativo local en todos los países.

Smith publicó, en 1776, su “Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones”. Tuvo gran éxito en Inglaterra, donde sus ideas tenían añeja tradición. En 1493, la bula Inter Coetera y el tratado de Tordesillas (1494), dividieron el mundo en dos hemisferios: uno para España y otro para Portugal. Otros países navegantes –sobre todo Holanda- objetaron esa partición divina y desarrollaron otras doctrinas la libertad del mar y del comercio. En 1602, James Lancaster -capitán de la primera expedición de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales- le entregó al Sultán de Aceh (Sumatra) una carta de Elisabeth I, donde ya estaba en embrión la tesis de Smith: “Dios, en su sabiduría infinita, ordenó las cosas para… que de la abundancia de frutos que algunas regiones gozan se supliera la necesidad de otras y que… países distantes traficaran entre ellos y se hicieran amigos”.

La carta también advertía que el país que comerciase con un solo país europeo terminaría siendo el subordinado político de aquél. ¡Qué gran verdad! Ya en esa época se conocía el vínculo entre comercio “preferencial” y subordinación; como el monopolio del comercio que luego forjó el Imperio de la India, un imperio privado de la abogada del libre comercio: la Compañía Inglesa de las Indias Orientales.

La teoría de Smith viene a complementar la de los fisiócratas franceses, centrados en la Agricultura, porque aplica esos conceptos a la revolución industrial, entonces en sus albores y exclusivamente inglesa. Smith creyó honestamente que la codicia podía canalizarse hacia un resultado general y social equitativo, por eso rechaza los monopolios. Poco después el egoísmo demostró lo contrario. Los exitosos exportadores industriales ingleses encontraron engombrante la ley que protegía a los productores agrícolas británicos y el aduanero David Ricardo proclamó la necesidad de abrir la importación de cereales para abaratar el pan y poder bajar los salarios que merman la ganancia de los patrones industriales. De cómo dar de comer a los agricultores no dice nada, pero asumimos –por Charles Dickens- que se fueron a las ciudadesla economía –típica de los Business Schools- como ciencia cuyo objetivo primario no son las ganancias del trabajo, sino las del capital invertido… y aún sólo el de algunos. El enfoque que causa la crisis presente, que es un arrastre de las anteriores. para aumentar -y abaratar- la oferta de mano de obra. Desde entonces viene el enfoque de

A la teoría liberal del comercio internacional se le llama clásica, pero sería más adecuado llamarla metafísica, porque trata de una certeza que no es de esta tierra; es como una divinidad: se le elogia mucho pero no se le ha visto nunca. Lo que se practica con ese nombre ha fracasado siempre en cuanto al desarrollo; pero hay otros postulados económicos más cercanos a las realidades de este mundo que han sido aplicados y hasta con éxito, algo raro hoy en política económica. La paradoja es que a esos otros pensadores se les menciona poco y dejaron de enseñarse; sus obras son difíciles de encontrar en las bibliotecas universitarias. Es cierto que no complacen los patrones de moda porque son cautos con la apertura y suelen mirar la prosperidad nacional como un objetivo superior a la ganancia individual; criterios objetables para las empresas apátridas que financian centros académicos y cuya visión económica se enfoca a resultados trimestrales.

La versión ricardiana del liberalismo de Smith tuvo tempranos detractores. El primero fue el ginebrino Charles de Sismondi, que publicó “Economía Política” (1815) y “Nuevos Principios de Economía Política” (1817). Allí acuño el término proletario –que luego usa Marx- para designar a quienes con su prole garantizan la mano de obra. Fue específico contra Ricardo y señaló que aumentar ganancias a expensas de salarios es mala política, porque buenos salarios son indispensables para mantener el consumo y la producción; fue el primero en pedir la intervención del Estado para evitar los excesos capitalistas y hablar de lucha de clases.

Sismondi predijo la crisis crónica que aqueja a Estados Unidos, Inglaterra y otros países, gracias a gobiernos cómplices. Las empresas exportan puestos de trabajo y precarizan el empleo para ganar más, mientras exprimen el consumo facilitando una deuda sobre salarios futuros. Ahora se le dice “Economía de la Oferta” y funciona con tarjetas de crédito, pero el estímulo del consumo con deuda esclavizante ya fue visto en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XIX. Lo señalan Alexis de Tocqueville y Francois-Rene de Chateaubriand, dos escritores franceses que lo visitaron separadamente. Su evolución la describe la novela futurista –y puede que profética- “The Iron Heel” (1906), de Jack London.

Más allá de la apertura incondicional de la teoría liberal, los excesos congénitos y visibles del capitalismo y el papel del Estado para corregirlos han inspirado otras propuestas concretas. Podemos clasificarlas en dos tesis básicas. Una cree que el capitalismo es canalizable en beneficio de la sociedad con políticas de control; allí destacan Sismondi, Friederich List, Werner Sombart, Max Weber, Wilfredo Pareto, John Maynard Keynes y creemos que Deng Xiaoping. La otra, la de Karl Marx y sus seguidores, considera al capitalismo irredimible e inmerso en un proceso dialéctico fatal que lo lleva a su propia destrucción y a su reemplazo por una sociedad sin propiedad individual.

Cuando esas propuestas han sido aplicadas, los resultados varían. Las del marxismo radical se aplicaron en el COMECON donde no tuvieron éxito en el desarrollo material y político, pero sí en la protección social y el desarrollo cultural y científico. Las de List obtuvieron gran éxito en la industrialización de Alemania. Las de Keynes señalaron la salida de la Gran Depresión en Europa, Estados Unidos y el resto del mundo. Deng Xiaoping llamamos al crecimiento espectacular de China, con 400 millones fuera de la pobreza. Weber, Pareto y Sombart orientan aún la economía social. Sombart es de los que se quiere borrar. Su obra es la mayor de la historiografía económica. Él acuñó el término “capitalismo” (Marx no lo usa). Engels dijo que, sin ser marxista, era el profesor alemán que mejor comprendía a Marx. Él creó el término y el concepto de la destrucción creativa, que usará su alumno Joseph Schumpeter. Él inició a Vasili Leontief en las tablas econométricas (paradoja Leontief sobre Estados Unidos). Sus escritos existen en otras lenguas, pero no en inglés, porque la Universidad de Princeton, que compró el derecho exclusivo, no lo traduce.

Las parodias del Mercado

El mundo sufrió crisis económicas de origen financiero casi sin interrupción desde el 1894 al 1939 y sólo con medidas keynesianas de intervención estatal se logró estabilizar la economía mundial. Asombra que desde 1989 el apodado “Consenso de Washington” nos diga que la ausencia de intervención estatal es la única verdad para la salud económica. Claro que hay otras, aunque se escondan libros, porque está su testimonio: el modelo europeo de crecimiento económico con protección social y estabilidad laboral, un modelo que viene desde Bismarck y que ahora se intenta también desmantelar.

Lo que las entidades económicas internacionales –Banco Mundial, BID, FMI- venden como ciencia total de la política económica contradice hasta el texto más popular de Economía I, que apodábamos “el Samuelson”, donde se explica la economía de mercado. El “Consenso de Washington” pone el énfasis en la austeridad fiscal y la apertura comercial que fusiona en un dogma monoteísta. Ese es el sermón básico que se escucha desde los púlpitos del Banco Mundial, del FMI, de los Estados Unidos, la Unión Europea o Japón. No es que alguno de esos países los aplique. Basta ver los temas que se negocian en la OMC: subsidios, aranceles específicos, picos arancelarios, monopolios de tecnología industrial, todos ellos contra la teoría del mercado y todos aplicados férreamente por los países desarrollados. Los mismos que recortan gastos en salud y educación para entregar billones públicos a unos banqueros que, por ladrones o tontos, merecen la cárcel o la quiebra. No parece ahora que el Banco Mundial o el FMI prediquen su sólito catecismo de austeridad financiera a esos países pecadores. Es que los diablos sí predican… pero no se convierten!

La crisis actual demuestra que hay dos tipos de economía de mercado, de economía de mercado imperfecto, se entiende: Una es la economía real. La economía que produce y comercia bienes tangibles y presta servicios que se reciben y pagan. La economía cuyos bancos se nutren del ahorro y de ganancias que deja el valor agregado. La economía que genera empleo y paga impuestos para sostener los programas sociales o la infraestructura del país donde funciona. La economía de la filosofía económica, con variantes que pueden ser distantes, desde François Quesnay, Adam Smith y Frederich List hasta John Maynard Keynes, Milton Friedman y Deng Xiaoping.

La otra funciona en bolsas de valores y otros garitos, donde se vende y se compra según un cálculo del futuro. Ya desde 1815 (Nathan Rothschild / Waterloo) se manipula la percepción del futuro, pero la realidad de hoy es aún más irreal. Es un juego febril donde los valores o las empresas tranzadas son apátridas, aunque se coticen en tal o cual bolsa. Las apuestas y los balances pueden ser falsos, como los de Enron refrendados por Arthur Andersen. El dinero de las compras puede que no exista (WorldCom). Es un mercado que coloca dólares sin fondos emitidos por la Reserva Federal, donde las acciones suben sin inversión nueva o mejores dividendos y las divisas varían sin cambios en las cifras macroeconómicas de los países. Es un bazar mundial de curiosos “productos” financieros, cuyo modelo referencial apodamos Wall Street. Sus reglas parecen complejas, pero su enunciado es simple, lo proclama el personaje Gordon Gekko, en la película “Wall Street” cuando afirma: “¡Greed is good, greed works!” (¡La codicia es buena, la codicia funciona!).

II

Las teorías de producción, crecimiento y crisis

Antes de la Segunda Guerra Mundial, dos suecos, Eli Heckscher y Bertil Ohlin, elaboraron un esquema de comercio internacional que pasó a ser conocido como el Modelo Hecksher-Ohlin. Es una extensión de la teoría de David Ricardo, pero explica el comercio internacional con elementos más concretos. La ventaja comparativa se funda aquí en la relación de los factores capital y trabajo propios de cada nación.

El modelo Hecksher-Ohlin analiza las desigualdades del comercio Norte-Sur. Clasifica los países como aquellos de mano de obra abundante y los de capital abundante. Los primeros están en vía de desarrollo y se especializan en productos que requieren mucha mano de obra mucho capital (maquinaria, farmacéuticos, finanzas). Ohlin distingue entre trabajo especializado y no especializado y el factor capital lo refina en varios niveles de ciencia y tecnología. Paul Samuelson añadió una observación: al aumentar los precios aumenta la ganancia del factor más intensivo. (agricultura, textiles, servicios). Los segundos se especializan en productos que requieren

El Modelo Hecksher-Ohlin fue objeto de muchos estudios. El más conocido es de Vassili Leontieff, experto en la relación entre sectores de una economía nacional. En un célebre artículo (1953) Leontief señaló la paradoja del Modelo Hecksher-Ohlin: Estados Unidos, el país más abundante en capital, importaba muchos bienes intensivos en capital y exportaba bienes básicos, intensivos en mano de obra.

Esa paradoja se trata de explicar con argumentos poco convincentes y debe estudiarse con más detenimiento. En mi opinión, es un síntoma de las causas del déficit comercial crónico de Estados Unidos. Hay que recordar que la supremacía de Estados Unidos no proviene de un superior desarrollo industrial o tecnológico, sino es producto de la Primera Guerra Mundial, de la que surgió como el gran acreedor financiero mundial. Con excepción del armamento, las mayores exportaciones de Estados Unidos no son industriales, sino servicios y productos agrícolas. Su población media es pobre en estudios y sus reputados altos niveles académicos son dictados y cursados por una mayoría de extranjeros.

Ciencia, tecnología y ciclos económicos

Eso nos lleva a la teoría de los ciclos económicos y su vínculo con la ciencia y la tecnología. Algo aplicable a productos y también a la infraestructura productiva histórica de cada país.

La teoría de los ciclos fue enunciada por Nicolai Kondratieff, un economista soviético, en un ensayo titulado “Las Ondas Largas en la vida económica” (1926). Su trabajo cubre los años del 1789 al 1926 y señala que las economías capitalistas tienen ciclos de prosperidad y depresión que duran entre 50 y 60 años y que suceden en cuatro fases a las que dio el nombre de las estaciones. Tres años después de su ensayo comenzó la Gran Depresión, que coincidió con su predicción. Desde entonces algunos llaman a las depresiones “Inviernos Kondratieff”.

El austriaco Joseph Schumpeter publicó en 1939 “Ciclos de los Negocios” en donde amplía la teoría de Kondratieff, confirma sus observaciones y las atribuye a cambios en la conducta empresarial. Aplica el concepto de la destrucción creativa -enunciado por Sombart- para explicar la secuencia de nuevos productos que desplazan a los anteriores en una dinámica de innovación y progreso técnico.

Schumpeter y otros notaron que hay también otros ciclos: cortos -de 40 meses (Kitchin)- que suceden por variación en inventarios y medianos (Juglar) que duran entre 6 y 11 años. Los ciclos Kondratieff (50-60 años) serían el resultado de grandes innovaciones, que clasificó en los seis tipos que presentamos en la gráfica.

La venezolana Carlota Perez, cuyo libro “Las Revoluciones Tecnológicas y el Capital Financiero” cubre 250 años de historia, precisa que los cambios y las revoluciones técnicas tienen una notable regularidad y obligan al rediseño institucional social y político.

Según Schumpeter la depresión es parte de la lógica del capitalismo, su modo de renovarse. Las innovaciones suceden durante las depresiones, cuando las crisis sacuden posiciones adquiridas y surgen nuevas soluciones y criterios. Perez explica el mecanismo de las “burbujas” y de sus consecuencias sociales y políticas. Aplicando a Leontief, Kondratieff, Schumpeter y Perez, tenemos un trazo coherente de la crisis económica en curso y de su proyección en el futuro equilibrio internacional.

Crisis económicas y economía de guerra

Durante más de un siglo, las crisis económicas nacen en el medio financiero y desembocan en una guerra. En mi opinión, la situación actual se arrastra desde la crisis de 1893, con trágicas cúspides guerreras globales en 1914 y 1939.

La crisis de 1893 la causó la dependencia de Estados Unidos del financiamiento externo. Entre 1886 y 1890, los ferrocarriles e industrias conexas emitieron “un inmenso e inusual volumen de valores y bonos, que se colocó en mercados extranjeros. Ese flujo bursátil externo compensó una balanza comercial desfavorable de los Estados Unidos. Como ahora.

En 1893 quebró el Ferrocarril Readings, los inversionistas huyeron y el flujo se estancó. En New York cayó la bolsa y quebraron varios bancos. Londres también lidiaba con préstamos incautos en Egipto y América del Sur y con el rescate del Baring Bros. Londres y New York tenían ya vínculos muy estrechos y comenzó una crisis financiera anglosajona.

La crisis se acentuó en 1907. Quebró el Knickerbocker Trust en New York y en Inglaterra las exportaciones caían por la competencia de nuevas potencias industriales. Sólo una reacción concertada de los grandes bancos evitó una quiebra trasatlántica; un precedente que se argumentó luego para delegar, en 1910, la política monetaria de Estados Unidos a un consorcio de bancos privados llamado Sistema de Reserva Federal.

Mientras tanto, se mantuvo una actividad bélica casi permanente: Guerra de Estados Unidos contra España (1898), Guerra Boer (1899–1902), Guerra Ruso-Japonesa (1904–05), guerras balcánicas (1912-13) y Revolución Mejicana (1910–17). Ensayos técnicos previos a la Gran Guerra (1914), en la que Estados Unidos primero vendió armas y luego intervino (1917).

El preludio de la crisis 1929–1939

El Tratado de Versalles, que rediseñó el mapa mundial, fue ciego en política y en economía. Las enormes reparaciones (US$30 millardos) a expensas de Alemania buscaban agobiar su economía –la más grande de Europa- para impedir su competencia. Lo lograron y demasiado. Keynes predijo el resultado de esa vendetta. Alemania tuvo que imprimir dinero sin fondos y eso desató tal inflación que las compras se hacían con cestas… para el dinero.

Cuando la Primera Guerra Mundial acabó, todos los participantes debían dinero a Estados Unidos. El centro de las finanzas internacionales pasó a ser New York. Inglaterra intentó retener la supremacía con un patrón oro alto que drenó sus reservas. Europa no era lugar para especular y el dinero voló a Estados Unidos, donde había intereses encima del 10%. Fue la euforia de los años 20 y el Dow Jones subió de 60 a 400 entre 1921 y 1929. La historia se repite: “En tiempos de auge se aceptan papeles de valor inflado, sin suficiente discriminación o esfuerzo en estimarlos”, algo ya dicho en 1896, no en 1929 o 2008.

El 1 septiembre 1929 la bolsa de New York vendió la cantidad record de 89,6 millardos. El mismo día, Londres subió la tasa de interés para frenar el drenaje de su oro. El día 2 hubo miedo y millardos en valores se quedaron fríos. El 4 de septiembre la bolsa bajó. El día 5, el “gurú” Robert Babson anunció una caída general y comenzó la corrida “para parar pérdidas”. Los periódicos hablaban de ganancias, sin convencer. El escándalo de Clarence Hatry en Londres (un Bernard Madoff inglés) no ayudó a la confianza. El martes 24 de octubre colapsaba el mercado de valores de New York.

En enero 1930 cayeron los futuros agrícolas. El Congreso aprobó la ley Smoot-Hawley para subir los aranceles de Estados Unidos, que ya eran, después de España, los más altos del mundo. Comenzaron retaliaciones comerciales que mermaron las exportaciones agrícolas y cayeron los precios de la tierra. Los préstamos valían más que las propiedades hipotecadas; como ahora. Los bancos quebraban. Al año siguiente vino el pandemonio internacional.

En septiembre 1931 Alemania cerró la bolsa. Inglaterra también y abandonó el patrón oro. Brasil defraudó 500 millones en bonos. Defraudaron 600 millones en bonos centro-europeos y 850 millones en bonos suramericanos. Grecia y Hungría defraudaron sus deudas de guerra con Estados Unidos e Inglaterra, Bélgica y Francia pidieron condonación. El 4 de julio1932, en el New York Times, Alexander Noyes admitía que las reparaciones impuestas a Alemania eran la causa de la depresión. Le siguieron muchos otros. Keynes había tenido razón.

El costo social y político de la Gran Depresión

En Estados Unidos, de 25.000 bancos, unos11.000 quebraron. El desempleo osciló entre 25 y 30%. El PIB cayó 30%. El comercio cayó a 50%. En Europa las quiebras y el desempleo cundieron en todas partes y la más afectada fue Alemania, cuyo PIB cayó 50%. Sólo la Italia fascista y Suiza resistieron bien. América latina y Asia se estancaron hasta los años 50.

En enero 1933, Adolf Hitler llegó al poder, sobre la onda de los errores de Versalles. Fue quien primero aplicó políticas keynesianas, con grandes proyectos de infraestructura y armamento que mantuvieron el crecimiento alemán hasta la Segunda Guerra Mundial. En Europa proliferó la inspiración fascista: Salazar en Portugal, Horthy en Hungría, Antonescu en Rumania, Pilsudsky en Polonia. Todos ellos llegaron al poder por el descontento social y usaron políticas de nacionalismo popular como contrapropuesta a la de grupos importantes que buscaban una solución revolucionaria según el modelo soviético.

El keynesianismo armamentista

Keynes considera básico el empleo, aunque sea con trabajos artificiales: “Hacer hoyos y volverlos a tapar”. Si son trabajos útiles tanto mejor. La guerra sirve a movilizar empleo, pero con mucho es el peor modo, porque los hoyos no destruyen vidas y futuros.

La Guerra Fría -con guerras calientes cuando hubo desaceleración- fue el pretexto para un keynesianismo militar. La desmovilización posterior a la Segunda Guerra Mundial provocó recesión, hasta la Guerra de Corea (1950-53). El recorte monetario contra la inflación también, hasta la Guerra de Vietnam (1962-71). La derrota en Vietnam aplacó un rato la actividad bélica directa de Estados Unidos, pero las crisis continuaron.

La del precio de los alimentos por la venta masiva de cereales a la Unión Soviética, en 1971. La de los precios del petróleo por conflictos en el Cercano Oriente, en 1973. Para neutralizar esas alzas Estados Unidos repudió su patrón oro, que era la base del sistema monetario internacional acordado en Bretton Woods. Tampoco es que terminada la guerra de Vietnam hubiese paz, hubo guerras por delegación, como aquella de Afganistán (1979-89), que llevó al colapso a la Unión Soviética y puso fin a la Guerra Fría.

Sin Guerra Fría Estados Unidos perdió el pretexto para una economía de guerra, pero siguió. La “amenaza a la paz” son ahora países a los que se ataca sin riesgo: Irak (Bush I, 1990), Serbia (Clinton, 1998-99). El atentado de septiembre 2001 dio pretexto para una indefinida, pero global, “Guerra contra el Terror”, algo así como bombardear la sensación de miedo: Afganistán (Bush II 2001-¿?), Irak II (Bush II 2003-¿?), Pakistán (¿?).

La economía de guerra necesita enemigos para mantener próspero, con dinero público y sangre ajena, al influyente complejo militar-industrial. El mismo cuyo peligro denunció el Presidente Dwight Eisenhower en su discurso de despedida, en 1961, cuando Estados Unidos era aún el modelo admirado en el mundo por mucha gente.

III

La economía de la deuda

En Bretón Woods hubo dos propuestas para un sistema de divisas internacional: la de Keynes -que bien puede servir hoy– con una entidad emisora neutra y la de Harry Dexter White, con el dólar como moneda de referencia internacional. Prevaleció White, pero con el compromiso de fijar el dólar en un patrón oro de US$35 la onza.

Los que leímos a Paul Samuelson recordamos su clásico ejemplo de política económica donde un gobierno escoge entre producir mantequilla o producir cañones. Richard Nixon pensó que no hay que escoger, que se puede tener los dos. Los Estados Unidos tenían una balanza comercial desfavorable que agravó el alza de los precios agrícolas y el petróleo en 1971. El 15 de agosto, el gobierno de Nixon anunció el repudio del patrón oro acordado en Bretón Woods; esto es, la devaluación de sus deudas. Cuando los colegas europeos protestaron, el secretario del Tesoro, John Connolly, respondió con su célebre frase: “El dólar es nuestra moneda, pero es su problema”.

A partir de entonces Estados Unidos paga sus deudas emitiendo dólares cada vez más insolventes. En los 70 el precio en dólares del petróleo subió, pero el dólar bajó. Las economías sólidas revaluaron. El dólar cayó con respecto al Marco alemán y al Franco suizo en cerca de un 250%; más o menos lo que había subido el petróleo. Esos petrodólares no los guardaron los sheiks árabes en sus cofres; los depositaron en los bancos de Occidente. Los bancos tampoco guardan el dinero, lo colocan y los banqueros salieron a prestar dólares en todos los rincones del orbe. Así sucedió la “Deuda del Tercer Mundo”.

Durante los años 80, los créditos fáciles al Tercer Mundo hicieron crisis. Sucedió entonces la primera intervención de países desarrollados para salvar a bancos imprudentes, con dinero de sus contribuyentes. Al Banco Mundial y al FMI se le dieron fondos públicos para que se substituyesen a los bancos privados como acreedores; se disfrazó así el salvamento de los bancos como el salvamento de los países deudores. Con el dinero para pagar a los bancos se ató a los deudores a las condiciones que conocemos como el “Consenso de Washington”.

En 1986, durante esas maniobras financieras, Peter Drucker publicó un ensayo titulado La cambiante economía mundial (1) -que aún se consigue en Internet- donde describía el efecto de ese flujo de dinero inorgánico, que se movía en el circuito de los centros financieros con independencia de la producción y el comercio. Mucho dinero circulando y poca inversión productiva. La filosofía económica que describe la frase del personaje Gordon Gekko, del film Wall Street: “Yo no produzco, yo soy dueño” (2).

Riqueza virtual y especulación

La economía de la deuda crea dinero de la nada. Créditos que sólo son cuentas e intereses, realidades virtuales, un toque en la computadora. Hace un siglo, también los bancos sumaban o restaban pero sobre depósitos. También emitían sus propios billetes: una promesa de pago algo aleatoria; por eso, para garantizar la moneda, se crearon los bancos centrales como únicos emisores. Pero el viejo enfoque subsiste en algunos países anglosajones, donde se mira la creación del crédito como un asunto privado y no como asunto de interés público. Por eso la Reserva Federal es un consorcio de bancos privados que presta al Tesoro. Por eso son de anglosajones los mayores mercados financieros y también las mayores crisis económicas.

Los Estados Unidos tienen un sideral déficit fiscal y comercial que cubren con una creciente emisión de dólares virtuales, respaldados por venta de más deuda, como los bonos del Tesoro. Esos dólares se invierten en papeles, porque la economía productiva no puede absorberlos. La invención de papeles para la venta enajenó unas cuantas mentes, que creyeron crear riqueza y crearon enormes escándalos. Son notorios los fraudes de Long-Term Capital Management, WorldCom y Enron, cuyas secuelas aún arrastran los mercados financieros. Son casos que revelan ignorancia económica, complicidad gubernamental y corrupción empresarial. Con esquemas burdos, empresas sin activos se expusieron por millardos (3) repartiendo premios gordos entre altos ejecutivos.

Ese clima ya había llevado Estados Unidos a la recesión en 2001, cuando sucedió el ataque al World Trade Center y la “Guerra contra el Terror” aplazó la crisis. En marzo del 2006 la situación era tan grave que dejó de ser pública la cuenta M3, la que muestra la deuda total. En 2007 la masa de dólares desbordó las bolsas e inundó los mercados de compras a futuro de bienes tangibles y de oro.

Las burbujas de la crisis

La colocación de la creciente masa de dólares sin fondos debe ser, por fuerza, cada vez más riesgosa y eso causa “burbujas” en serie. Es una deuda del Primer Mundo que revienta en la colosal combinación de cuatro burbujas especulativas: la especulación en materias primas y alimentos, la especulación inmobiliaria, la especulación en bolsa y la especulación en divisas.

a) materias primas y alimentos

Las materias primas mantuvieron precios bajos en los 80, aún cuando crecía la demanda. En 2007 su valor aumentó súbitamente, sin que pueda atribuirse a un mayor consumo. Las oscilaciones dramáticas –triple- del precio del petróleo no pueden explicarse como comportamientos de oferta y demanda o por acumulaciones estratégicas.

Los alimentos subieron súbitamente sin que aumentasen población o estómagos. Primero sucedió en México, que parece laboratorio de fechorías, con la crisis de la tortilla. Una escasez creada, en 2006, por la exportación del maíz mexicano e importación de maíz cuando los precios habían subido. Obra de Cargill, que controla los cereales mexicanos, dijeron los medios alternativos. En enero 2007 la tortilla ya costaba el doble, a 15 pesos el kilogramo.

Al alba del 2008, subió repentinamente el precio internacional de los cereales. Se habló de una supuesta demanda para agro-combustibles, pero sin correspondiente aumento de la producción. Se usó un silogismo para culpar a los chinos: los chinos salían de la pobreza y comían más carne; se criaban más animales que devoraban más cereales. Súbitamente, bajaron los precios, con igual número de chinos carnívoros y nadie ha dado una explicación.

b) La especulación inmobiliaria

La especulación inmobiliaria es la burbuja más comentada. Fue muy grande en Estados Unidos, Gran Bretaña y España. El contagio se realizó en las bolsas financieras, donde se venden hipotecas. Con el curioso nombre de Vehículo Estructural de Inversión (4) aparecieron unos paquetes de hipotecas inmobiliarias donde el valor de garantía era inferior al préstamo y daban crédito a personas con poca capacidad de pago; cosa que, claro, aumentaba la comisión. Esos paquetes bomba los adquirieron bancos de inversión, cuyos bien pagados ejecutivos decían –en serio- que ese “instrumento” repartía y equilibraba el riesgo; como si acumular riesgos no fuese más peligroso. Para colmo, los créditos se aseguran con otros “productos” revendidos a no se sabe quién; pero que ya explotarán en algún lugar.

c) La especulación en bolsa

La ganancia en la bolsa funciona bajo el simple principio de comprar a la baja y vender en alza. Hay profesionales “insiders” que pueden conocer las cifras antes de que sean publicadas y otros que van más allá: las hacen. La víctima clásica es el ahorrista común, que invierte siguiendo acciones. Muchas acciones suben y suben con independencia del rendimiento. Una razón, según casos conocidos (Enron, Freddy, Mae, etc, etc, etc.), es el premio en acciones que se da a los directores por los buenos resultados de las acciones… en la bolsa. Eso ha motivado innumerables fraudes contables.

En los 90 aparecieron unos paquetes financieros bajo una variedad de nombres, pero el más conocido es “derivatives”, derivados; son certificados cuyo valor se estima en base a otro certificado cuya cotización cambia en el tiempo: acciones, bonos, monedas, opciones, productos básicos, etc. Se dice que protegen de variaciones de precio, pero es un eufemismo de “Bussines School” para una pirámide financiera. La venta de “productos financieros” se concentró en Nueva York y Londres y sus principales clientes fueron los bancos.

La dimensión de la estafa la evidenció el súbito colapso de bancos y casas financieras, que días antes tenían alta cotización en bolsa y excelente evaluación de riesgo. En ese mundo mañoso, parece que la crisis actual se manipula para el beneficio de unos pocos. La intervención de la Reserva Federal –es decir, algunos grandes bancos- fue poco homogénea. Los beneficiarios del mejor trato han sido Goldman Sachs, J.P.Morgan y CitiGroup.

d) La especulación en divisas y oro

Es notorio que los cambios de divisas oscilan, a pesar de tener el respaldo de una misma cantidad de reservas y con las mismas cifras macroeconómicas nacionales; también intriga la milagrosa levitación del dólar, cuyo patrón ahora sería el plomo, por el peso de las deudas más grandes de la historia. El precio del oro también sube y baja sin causa razonable. En marzo 2008, la onza pasó los 950 dólares y luego bajó en torno de los 600 para volver a subir en marzo 2009 por encima de los 1000. Pareciera que los joyeros tomaron vacaciones entre marzo 2008 y marzo 2009.

La supervisión de los especuladores

La teoría de una economía de mercado dice que a ésta la mueven los precios. En los mercados que conocemos los precios los suelen mover rentistas y especuladores. Un robo que debieran impedir los gobiernos, pero del que son cómplices. Complicidad añeja, como lo demuestra la circulación de personas entre la dirección en grandes empresas y cargos de responsabilidad económica en los gobiernos; unos más y otros menos, pero en casi todos los gobiernos.

En Estados Unidos, el sendero trillado entre Goldman Sachs y el Departamento del Tesoro es bien conocido. En épocas recientes destacan dos casos: Robert Rubin, que era su CEO antes de ser Secretario del Tesoro con Clinton y el actual secretario, Henry Paulson que entró con Bush, a mitad del 2006, después de presidir 8 años a Goldman Sachs. El salario de Paulson en Sachs rondaba los 37 millones, más unos 500 millones en acciones del banco (5); en el Tesoro sólo gana 191.500 dólares anuales, pero sigue estoicamente allí.

Con socios tan bien ubicados, era inevitable que le diesen a los banqueros un par de billones (trillions) públicos para salvarlos de la quiebra, hace apenas unos meses. Dinero público para que entre banqueros se pagasen sus astronómicas deudas, no para prestar al público como se hizo creer y que hubiese necesitado mucho menos. Saldadas sus deudas, vuelve la dicha a ese circuito tan diferente a la economía general norteamericana. En aquella aumentan las quiebras y el desempleo, caen las ventas y se ejecutan hipotecas. Es un panorama oscuro y peligroso donde contrasta como un faro Goldman Sachs, que recién decretó los dividendos más altos de su historia y dobló los bonos millonarios de sus brillantes ejecutivos. (6)

IV

Los grandes bancos hacen un festín con los dos billones (trillions) que les han dado, como adictos que vuelven al juego y de nuevo suben las apuestas; pero es que el dinero que no proviene de una actividad productiva es justo la causa del problema. Dar más dinero ilusionista aplaca el ansia, pero agrava el problema de colocarlo y genera más burbujas. Mientras, la tensión crece entre los muy ricos y quienes no tienen empleo, ni casa, ni ahorros. El problema es que el sistema dólar no tiene una economía real, para todos, que lo respalde.

¿Quién mueve la economía mundial ahora?

Hace años que la economía de Estados Unidos está estancada y que las manufacturas son cada vez menores en la estructura de su PIB. Peor aún, hay un Déficit Profundo en su clasificación industrial, porque son extranjeros casi todos los insumos de los productos norteamericanos finales (7). Estados Unidos se desindustrializa y también los europeos y japoneses en algunos sectores (textiles, automotores, informática) en que ya no compiten.

La situación económica mundial está cambiando y ya algunos habían anunciado la crisis presente como el inicio de un nuevo equilibrio (8). Es un fenómeno anticipado por el crónico déficit fiscal y comercial de Estados Unidos, que continúa andando a crédito, gracias a su condición de principal mercado de exportación de casi todos los países. Emmanuel Todd dice de eso que es “comportamiento talmente mágico que algunos economistas han deducido que el rol económico mundial de Estados Unidos no es más el de producir, como las otras naciones, bienes, sino moneda.” (9)

La dependencia mundial de los Estados Unidos como comprador está cambiando y es lo más trascendente que sucede en las relaciones económicas internacionales. China remplazó este año a Estados Unidos como el principal mercado de países importantes, como Brasil. En otros –como Rusia- el euro, el oro y el yuan van remplazando al dólar en sus reservas.

Ahora se culpa a China por el déficit comercial norteamericano y sus consecuencias, pero no es cierto. Es verdad que la participación china en las importaciones estadounidenses crece, pero no es que desplace a una producción norteamericana; lo que ahora Estados Unidos importa de China, lo importaba antes de otros países. Es un déficit comercial estructural que viene desde el siglo XIX y no disminuirá con la crisis: en abril 2009 fue de 29,2 millardos.

El ocaso de Estados Unidos y su modelo

La política básica en las grandes empresas de Estados Unidos es como la matriz de la globalización:

a) maximizar las ganancias con fábricas en el extranjero o importar partes para evitar el costo de empleados y proveedores nacionales.

b) bajar aranceles para no gravar las ganancias de las empresas que importan sus propios productos.

c) estimular sin descanso el consumo inmediato –adentro y afuera- para vender más y ganar más.

d) apoyar y subsidiar esas políticas en todo el mundo.

Son políticas que no toman en cuenta el ingreso del consumidor y se ocupan sólo de la ganancia de empresas que ya son apátridas.

Esa política destruyó el ahorro, redujo la infraestructura industrial y provocó una desocupación. Esos desempleados dejaron su área de competencia y fueron absorbidos, en condiciones precarias, por empresas de servicios. Se habló entonces de una sociedad post-industrial como si fuera un progreso; total, los servicios son intangibles y algo nebulosos, muchos no requieren conocimientos, basta poder vender algo, como “productos” financieros.

La crisis real no son los millones de millones (trillions) en valores que se hicieron humo. Esas eran cifras aparentes: cotizaciones en bolsa, trampas contables o pirámides financieras, que son las ganancias típicas del sistema. La crisis real es el creciente desempleo y el empleo precario; la del norteamericano abrumado por deudas, que ya no puede comprar más y perderá su casa. Los ricos estafadores de Wall Street y Londres están bien y todo el mundo político se ocupa de su prosperidad, pero los ricos no bastan para mantener el nivel de consumo.

La baja del consumo implica disminución de importaciones. El gran mercado de Estados Unidos, cuyo encanto sedujo con TLCs a los gobernantes de algunos países latinoamericanos y a otros tontos más lejanos, no existe más; se perdió apostándole a la “Economía de la Oferta”, en el Casino Financiero de Wall Street.

Convivencia y transición

Lo que tenemos planteado es una fase en que conviven dos mundos económicos con tendencias divergentes.

Uno, es el llamado Sistema Dólar, personificado por el G-7. Sus rasgos distintivos son:

a) colocaciones financieras riesgosas;

b) alto porcentaje de deuda pública con respecto al PIB, que contrae la economía;

c) reservas decrecientes por desequilibrios en la balanza de pagos;

d) exportación de actividades productivas, lo que crea desocupación e inestabilidad laboral;

e) servicios como eje principal de su economía;

f) agricultura subsidiada.

Su gran ventaja es que los años de prosperidad desarrollaron una excelente infraestructura física y tecnológica; eso hace posible que un vuelco hacia políticas de empleo y seguridad social impulse una recuperación económica.

El otro mundo son las llamadas economías emergentes. Países que, con la experiencia de los años 80 y de las recetas austeras del FMI y el Banco Mundial, son cautos con sus finanzas. Sus rasgos son:

a) bajo porcentaje de deuda pública con respecto al PIB;

b) crecimiento económico interno y una competitividad exportadora;

c) aumento de reservas;

d) importación de empleo;

e) industria manufacturera como base económica;

f) agricultura eficiente.

Su nivel tecnológico es bueno y tiende a ser mejor, la infraestructura es menos desarrollada y hay grandes diferencias entre ellos, los salarios son bajos y desiguales. Su gran ventaja es demográfica.

Los nuevos protagonistas

En 2007, antes de la crisis, los países desarrollados crecieron muy poco: en promedio, 1.8%. Quienes crecían eran los países en desarrollo o emergentes: Argentina 8,5%, China 11,4%, India 9,4%, Rusia 8.1% y ninguna de esos países se rige por las prédicas del FMI, del Banco Mundial o por los difusos papeles que se escriban en Washington o Londres.

En enero 2009, en el tradicional “Foro Económico Mundial” de Davos hubo nuevos actores y señales claras de lo que está por venir. El primer ministro chino Wen Jiabao y el primer ministro ruso Vladimir Putin mostraron que sus dos países deben ser tomados muy en cuenta. Putin se burló de los representantes de Estados Unidos que el año pasado, allí mismo, se jactaron de la “estabilidad fundamental y prospectos sin nubes” de su economía y señaló que “los bancos de inversión, orgullo de Wall Street, han cesado virtualmente de existir”. Wan criticó las políticas macroeconómicas de “algunos países” y dijo que era insostenible un modelo económico “caracterizado por una prolongada baja del ahorro y el alto consumo” y por la “ciega persecución de la ganancia y la falta de autodisciplina”.

El FMI presentó una revisión a la baja de sus predicciones, donde China tenía un crecimiento del 6%. Wan corrigió esa cifra y afirmó que China estimaba que, trabajando, podía tener un crecimiento del 8%, en 2009. Las cifras de junio 2009 confirman la predicción de Wan.

El presidente ruso Dmitry Medvedev criticó el rescate económico del presidente Obama que mantendría un déficit de un billón (trillion) de dólares. Eso significa –dijo- que la liquidez mundial sería absorbida con Bonos del Tesoro de Estados Unidos. Es algo muy egoísta y un modo de proteccionismo, dijo su asistente Igor Yurgens. No parece que Rusia o China estén inclinados a comprar muchos más bonos del inexistente Tesoro americano.

El 15 de junio, 2009, se reunió la Organización de Shanghai para la Cooperación, en Yekaterimburgo. El grupo Shanghai tiene declarados objetivos económicos pero también elementos de defensa, lo integran Rusia, China y cuatro vecinos de Asia Central: Kazakhstan, Kyrgyzstan, Tajikistan y Uzbekistan. Como observadores participan Irán, India, Belorusia y Sri Lanka. China ofreció 10 millardos a cada uno para que amortigüen la crisis e invertirá el equivalente a $550 millardos en obras internas de infraestructura, para compensar la merma de sus exportaciones y movilizar los recursos de la región.

Un rasgo muy destacado es que durante la reunión del grupo Shanghai hubo otra paralela de los presidentes de los países apodados BRIC, que son las iniciales de Brasil, Rusia, India y China. Lo tratado por los del BRIC en Yekaterimburgo fue discreto y negaron a Estados Unidos el acceso como observador, pero se sabe que estudiaron cómo prescindir del dólar en sus intercambios comerciales.

El nombre de BRICs se lo dio un reporte de Goldman Sachs, en 2001, sobre los países de gran crecimiento económico. El reporte les asignó un gran papel en la economía mundial para el año 2050. China e India serían los productores de bienes y Brasil y Rusia la fuente de materias primas. Una percepción que no confirman los hechos.

Las cosas pasan más rápido y menos coloniales. Brasil y Rusia son ya dos potencias industriales y tecnológicas, aunque en áreas distintas. La importancia mundial de los cuatro es obvia. El aporte de China al Producto Mundial Bruto –PMB- subió de 3.5% en 1999 al 8.8% en 2009. Se estima que, en 2009, los otros aportarían: Brasil 2,3%; Rusia 2,1%; India 2,2%. Son cifras del Financial Times y una base mínima, pero el aporte verdadero de los países a la economía mundial debe tomar en cuenta otros factores.

En primer lugar, un PMB enunciado en dólares lo refiere al costo de vida en Estados Unidos, sin lugar para la paridad con el costo de vida en otros países. El aporte debe calcularse en base a productos y prestaciones, no al valor de cambio. Una vaca cuesta más en Alemania que en Argentina, así, un mismo número de vacas idénticas aportará más al PIB de Alemania que al de Argentina, pero los argentinos comen mejor. El actual cálculo del PMB da más peso a los países con más inflación. Otro asunto es que con la baja del aporte de unos, aumenta el aporte participativo de otros. Estados Unidos sumó al PIB ganancias en bolsa y servicios financieros hechos humo. ¿Es que se van a restar? ¿Es que la dádiva de 2 billones (trillions) a los bancos se suma a su PIB y al PMB? ¡La única supremacía indudable de Estados Unidos es militar!

… ¿Afganistán, Irak?… Napoleón dijo “El dinero hace la guerra”; con menos dinero seguro que habrá más paz.

V

La fatalidad de déficit e inflación

Goldman Sachs y JP Morgan anunciaron nuevos records de ganancias y hay signos de vida en la bolsa de valores. No es algo que sorprenda cuando consideramos las astronómicas cantidades de dinero que se han vertido en el circuito financiero norteamericano. En lugar de una esperanza de recuperación temo que esos festejos son síntomas de que se vuelve a inflar la misma vieja burbuja en Wall Street. Las otras cifras publicadas contradicen ese optimismo.

El déficit fiscal se estima que será -según se anunció en mayo 2009-  de $1,83 billones para septiembre, mes en que cierra el año fiscal. Un 13% del PIB. Para darnos una idea, la Unión Monetaria Europea exige que el déficit fiscal de los países del euro sea inferior al 3%. Todo indica que el déficit aumentará, porque el desempleo llegó a 9,5% en junio – el estimado era 8,3%- y con menores ingresos el déficit fiscal crecerá. La revisión de julio se remandó para mediados de agosto, seguramente para no enturbiar el panorama.

Un déficit cada vez más grande es difícil de financiar y eso implica que es necesaria un alza de intereses para atraer compradores de bonos y papeles norteamericanos. Intereses más altos dificultan la recuperación económica y generan inflación. Otro elemento inflacionario es el gigantesco aumento en la masa monetaria que implicó la inyección de dos billones (trillones) a los bancos más todos los otros flujos monetarios virtuales. Los datos de la Reserva Federal sobre  la cuenta M2 – masa monetaria – indican un aumento del 8.8% este último año. En ausencia de la cuenta M3 sobre endeudamiento total – secreto de estado desde marzo 2006- las referencias cruzadas con la cuenta MZM (Money Zero Maturity), aumento 10,2% proyectan un aumento de la deuda en 92%, como puede verse en la tabla.

Para colmo, según Neil Barofsky , inspector general del Programa para Activos con Problemas (Troubled Assets Relief Program – TARP) la Reserva Federal y el gobierno se han comprometido y expuesto con un programa de estímulos, garantías y rescates que suman la cifra sideral de 23,7 billones (trillions); dos veces el PIB de Estados Unidos. En esa perspectiva los Estados Unidos resultan no sólo el país más endeudado proporcionalmente a su economía, sino el más riesgoso.

La inquietud internacional

Muchos países emergentes, como China o Brasil, son grandes acreedores de los Estados Unidos. China tiene la mayor cantidad de reservas monetarias extranjeras del mundo, equivalente a dos billones (trillions) de dólares; de ese monto se estima que la mitad esta denominada en US dólares . Este mayo pasado, China – bajo presión- aún compró 38 millardos de bonos del tesoro, que fue la compra más grande desde octubre 2008. Se calcula que sólo en bonos del tesoro China tiene unos 800 millardos de deuda norteamericana.

En contraste, la supuesta primera potencia económica esta sumergida en deudas. Por eso la Reserva Federal tira cargamentos de dólares en Wall Street, sin despertar mucho interés del público local. Los potentados americanos prefieren en privado el oro y con calma han venido comprando unas 1000 TM . Según Emmanuel Gentilhomme “En Alemania, Suiza y los Estados Unidos la inversión en oro al detal (lingotes menores de 1kg) ha subido un 437%, para un total de 126,6 TM.”. Si americanos y europeos ricos compran oro, es que no confían en el dólar y tampoco en el euro o el franco suizo; al fin de cuentas están ligados. La empresa americana que mas oro compró es SPDR Gold Shares, con 1127 TM a fines de marzo. Por cierto, John Paulson, Secretario del Tesoro de Bush, es ahora dueño del 8,6% de la empresa.

Por el momento lo que sostiene el dólar son las compras de bonos americanos por los bancos centrales y sobre todo el de China. China, mientras, reorienta su economía hacia el desarrollo interno e busca e invierte en nuevos mercados; cuando cese de depender de la deuda externa norteamericana y diversifique sus reservas ya no tendrá razones para mantener el dólar. Desde abril pasado aumento sus reservas en oro en un 70%, de 600 TM a 1054 (julio 2009). Claro está, ningún país quiere un colapso violento del dólar, porque todos tienen muchos dólares en sus reservas; pero el momento es delicado y cualquier acto agresivo de Estados Unidos puede causar retaliaciones financieras con efecto dominó. El dinero es asustadizo.

Las sugerencias de los G-20 en Washington y Londres

Los 20 países reunidos en Washington en noviembre 2008 sugirieron reforzar el modelo financiero actual. Hubo algunas propuestas concretas y son discutibles. El aumento de fondos a las instituciones financieras internacionales (FMI, Banco Mundial, etc.) sería a cargo de los “países emergentes y en desarrollo”, que tendrían una mayor cuota en las decisiones. Ilusiones vacías, mientras Estados Unidos tenga poder de veto con su 17% . Es decir, que los del Sur “aporten más”, para ayudar al Norte, porque no controlan nada.

En el comunicado del G20 en Washington, retomado en Londres, hay una nota que sobresale por estar fuera de contexto. El punto 13 dice: “Debemos tratar de llegar a un acuerdo este año sobre modalidades que lleve a la conclusión exitosa de la Agenda para el Desarrollo de Doha en la OMC, con un resultado ambicioso y balanceado. Instruimos a nuestros ministros de comercio para que logren ese objetivo y estén listos a asistir directamente, como es necesario”

Es absurdo “mandar” una conclusión de la ronda Doha y más cuando se acaba de terminar – en julio 2008- una “mini-ministerial” sin ningún acuerdo y sin otra novedad que un aumento de las exigencias norteamericanas. No se puede “ordenar” un resultado en unas negociaciones sobre modalidades (rebajas arancelarias). Se afirman mentiras cuando Estados Unidos y el propio DG de la OMC, dicen que el objetivo de la Ronda de Doha es conseguir nuevos mercados. Esa es sin duda su aspiración, pero no es parte ni figura en el mandato para la negociación de Doha.

Lo que si menciona, y es el mandato principal y razón de ser de la Ronda Doha, es la reducción de subsidios agrícolas y sobre eso no hay una sola palabra. Al contrario, el documento del G20 de Washington recomienda combatir la crisis con medidas de política fiscal, lo que legitima la permanencia o el aumento de los subsidios, algo que sólo dan los países ricos. Subsidios escandalosos, como los millones de millones de dólares a los grandes bancos para que sobrevivan su deshonesta estupidez y que violan netamente los compromisos de Estados Unidos en el acuerdo sobre servicios (AGCS/GATS) de la OMC.

La declaración del G20 de Londres no añade nada. Lo vistoso fue el billón y pico (trillion) para el FMI y sus socios, que aparece como el principal beneficiario de la reunión, a pesar de sus graves antecedentes en la crisis asiática de 1997. El objetivo declarado de tanto dinero es para que los pobres puedan seguir importando; como decir que sigan las exportaciones. Ese billón tampoco es real. Es algo para los titulares. Una gran parte estaba comprometida antes y lo nuevo son 100 millardos de Japón, 100 de la Unión Europea y 40 que ofreció China, si le aumentan el peso de su voto en la directiva.

Hay que estar muy mal informado para pensar que el FMI vaya a ayudar a los países pobres. El mismo día que el G20 se mostraba en Londres tan generoso con el FMI, el Financial Times anunció que el FMI cortaba fondos a Latvia, cuyo PIB cayó un 12%, “hasta que viera mayor progreso en recortes del gasto público”, en detalle, los excesos fueron en Educación y Salud.
Un G20 realista hubiese exigido una reforma a fondo del FMI , donde Estados Unidos sigue con poder de veto. Un G20 realista tampoco diría que el comercio – cuyo máximo global anual fue de 3.500 millardos- puede remediar este desastre financiero frauduloso cuyas deudas superan ya los 8 billones (trillions).

Las Naciones Unidas

En la ONU, un foro más amplio que el “Club G20”, trabaja una comisión nombrada por su presidente, Miguel d’Escoto y presidida por Joseph Stiglitz, que busca soluciones enfocando el problema de la recesión global como una crisis sistémica. La comisión emitió un reporte donde se admite el problema del dólar sin fondos. Su propuesta es un esbozo, para su discusión en la Asamblea, donde se recomienda más poder para los países en desarrollo en las instituciones internacionales, más espacio político para su toma de decisiones, un nuevo sistema global de reservas y un Consejo Mundial de Coordinación Económica, sin duda algo menos frívolo que lo del G20. En ella resucitan ecos de la propuesta de Keynes en Bretón Woods, que para nosotros sigue siendo válida.

En las reuniones del pasado 24 y 25 de junio durante la “Conferencia sobre la Crisis Financiera y Económica Mundial” se estableció un grupo de trabajo abierto para el seguimiento de la re-estructuración financiera, la arquitectura económica, deuda externa y comercio internacional en que sería conveniente una participación muy activa de los países más afectados por la crisis, como aquellos que firmaron TLCs con Estados Unidos. En cierta prensa mordaz se llama a la Asamblea el “grupo G192”, como contrapeso del “G20” .

Otras opiniones y pronósticos.

En Ginebra, la Organización Internacional del Trabajo ya anuncia que la recesión global causará un incremento dramático en el desempleo y calcula que será una cifra entre 18 y 30 millones, pero que puede llegar a 50 millones si la situación continúa a deteriorarse.

Jagdish Bhagwati, célebre profesor de la Universidad de Columbia y ultra de la economía liberal, comentó al Financial Times, que el subsidio a empresas de automotores en Estados Unidos era impugnables en la OMC bajo el acuerdo de Derechos Compensatorios y que son formas de protección. Bhagwati acusa a Obama de proteccionista y llama “proteccionismo insidioso” a las demandas de los sindicatos y sus aliados políticos para subir los estándares laborales de los socios comerciales. Dice que es para menguar la competitividad; pero olvida que es la competitividad de las mismas empresas que exportaron puestos de trabajo. Califica esas presiones sindicales de “táctica cínica” que funciona sólo con países débiles y pronostica que los “lobbies” laborales empujarán a Obama hacia los TLCs en lugar de la OMC.

Es una realidad que la crisis ha despertado el proteccionismo. El Congreso norteamericano exige limitar las compras de hierro, acero y manufacturas extranjeras en los proyectos que comprenda el paquete de estímulos por US$ 819 mil millones del Presidente Obama. La resistencia al proteccionismos viene de transnacionales como General Electric, Caterpillar y Boeing, todas ellas empresas supuestamente norteamericanas. La medida es impugnable en la OMC, porque viola el trato nacional.En losTLCs se puede impugnarla porque además va contra los acuerdos de inversión, que prohíben exigir contenido nacional. Ironías de la vida.

Síntesis recapitulativa

Desde la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos son el país predominante en el acontecer económico y político internacional. Desde la Segunda Guerra Mundial tiene una hegemonía económica, cuya piedra angular – desde 1971- es un dólar sin nexos con la economía real. El sistema dólar es una simple pirámide financiera o esquema Ponzi, como se llamó al caso de Bernie Madoff, que estafó unos 50 millardos. Se paga con crédito.
La pirámide financiera es sideral, los títulos sin respaldo en 2007 se estimaban en 65,6 billones [trillions], unas 44 veces el PIB mundial. Para el 2008 la cifra rondaba los mil billones [quadrillion] . Hay una orquestación criminal en el sistema dólar: fraudes contables, emisión inorgánica de dinero, obligaciones sin respaldo, desprotección culpable, ocultamiento de estadísticas “M-3” sobre el circulante , venta de Bonos del Tesoro impagables…

La crisis actual es la coincidencia de cuatro burbujas hijas del ilusionismo especulativo: la especulación en materias primas y alimentos, la especulación inmobiliaria, la especulación en bolsa y la especulación en divisas. Las burbujas revientan y colapsa un sistema basado en el dinero sin fondos, emitido por una economía deficitaria y dispendiosa. El tirarle más paquetes de dinero sin fondos a la crisis sólo la agrava, reflotarán brevemente las acciones para que arrastren más víctimas. Es dar más droga al drogadicto. Errar hasta semejante crisis fue obra de mucha codicia, pero humana, perseverar es diabólico y el resultado será infernal.

Conclusiónes.
1- La crisis es Made in USA
La originan:
a) La emisión y colocación de dólares sin fondos, la ausencia de vigilancia por la Reserva Federal y la apertura internacional a los servicios financieros y las inversiones.
b) La falta de competitividad comercial de Estados Unidos que causa sus crónicos déficits comerciales y fiscales.
c) Esas agobiantes deudas privadas y públicas que encogen su mercado y crean una desconfianza que restringe el crédito.
d) La contracción del mercado estadounidense se trasmite a los socios comerciales que dependen de sus exportaciones.
e) La caída del mercado profundiza la tendencia al déficit comercial de sus socios.
2- El Modelo de crecimiento exportador es frágil:
a) El crecimiento basado en exportaciones es desigual en el desarrollo interno y esta crisis lo demuestra frágil y efímero
b) El modelo acentúa la vulnerabilidad social y actúa como transmisor de recesión
Recomendaciones

No pretendemos poder hacer recomendaciones concretas, porque no conocemos a fondo la situación en cada país latinoamericano, pero sabemos que será distinta y más o menos compleja. Nuestra recomendación es sólo la de interrogarse sobre el rumbo a seguir en el panorama que venimos describiendo. Por ejemplo:
1. Qué país se quiere en los próximos 50 años? Planearse la pregunta no solo en materia económica sino también social.
2. Cual modelo desarrollar que genere riqueza y la reparta al mayor número?
3. Como enfatizar en ese modelo unos servicios esenciales para al crecimiento económico y social como educación y salud?
4. Qué perspectiva de éxito para mantener decorosamente la población rural tiene una inversión en tecnologías e infraestructura para una base agroindustrial?
5. Cómo devolverle a la industria su importancia dentro del desarrollo nacional? Años atrás se decía: Sin Industria no hay Nación
6. Cual sería el papel de los servicios para consolidar los sectores agrícola e industrial?
7. Qué papel dar al cooperativismo? Hay ejemplos muy útiles en las economías desarrolladas.
8. Que política seguir en los foros internacionales? Allí se forjan nuevas cadenas o libertades
Se asoman cambios radicales en un nuevo espacio con nuevos astros. Debemos usar bien la ocasión que el destino da de cambiar rumbo y suerte!
MUCHA SUERTE!


* Umberto Mazzei es doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia. Ha sido profesor en temas económicos internacionales en universidades de Colombia, Venezuela y Guatemala. Es Director del Instituto de Relaciones Económicas Internacionales en Ginebra.



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Deflación, Inflación, Neoliberalismo, Recesión, Regulaciones 1 Comentario »

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La banca central aplica medidas “no convencionales” para evitar la temida deflación que tuvo lugar durante la Gran Depresión. Algunos analistas advierten de que dicha política generará inflación elevada. Otros opinan que, pese a la política monetaria, la deflación es inevitable.

LD (Ángel Martín) En los últimos meses existe un creciente debate entre los economistas acerca de cuáles serán las consecuencias futuras de las políticas que están llevando a cabo los gobiernos de medio mundo. Entre otros asuntos, se discute sobre los planes de estímulo fiscales de Barack Obama en EEUU.

Mientras unos creen que estas medidas son totalmente necesarias y que, incluso, deberían ser más intensas, otros opinan que la propia idea de aumentar el gasto público para salir de la crisis es el peor remedio, y que la política más sensata sería reducir drásticamente el peso del sector público en la economía.

Pero también existe otro debate, quizás menos conocido, que hace referencia a la posibilidad de deflación (caída de precios) versus inflación (aumento). Las medidas “no convencionales” que están tomando los principales bancos centrales del mundo desarrollado no dejan indiferentes a muchos economistas, algunos de los cuales no titubean en añadir el prefijo hiper en inflación o deflación, para calificar el escenario futuro al que nos enfrentamos.

Antecedentes de la crisis actual

Durante algo más de una década, especialmente a partir de 2001 y 2002, tras el pinchazo de la burbuja puntocom, ha tenido lugar una desorbitada expansión crediticia liderada por los bancos centrales y sus tipos de interés excesivamente bajos. Así, los macroagregados de la oferta monetaria (excepto el M1) se dispararon en la segunda década de los años 90.

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Este proceso inflacionario originó toda una serie de malas inversiones. El nuevo dinero que pasó a circular en la economía a través del sistema bancario fue invertido en aquellos sectores cuya sensibilidad a las condiciones crediticias era mayor, como la vivienda o los automóviles. De este modo, se originaron burbujas, es decir, los precios de los activos (viviendas, acciones bursátiles, materias primas) se dispararon.

Pero este proceso de falsa prosperidad pronto se reveló como tal a medida que aparecieron repuntes en los precios de los bienes de consumo y los bancos centrales trataron de parar esta tendencia subiendo rápidamente los tipos de interés. Dicha subida pinchó las burbujas y todo empezó a cambiar, dando comienzo la actual recesión económica tras el estallido de la crisis subprime en el verano de 2007.

El período inflacionario de los años del crecimiento artificial fue seguido de un proceso de liquidación de activos, tal y como muestra el hundimiento de los precios de las viviendas en EEUU y las caídas bursátiles a nivel internacional. Añadido a estas caídas de precios, en algunos países como España se está produciendo una caída generalizada de precios en bienes de consumo, por primera vez en décadas.

En este sentido, según las palabras del profesor Fekete, la deflación se podría considerar como “la cura natural ante los excesos inflacionarios cometidos por el hombre”, pero sólo en el caso de que los policy-makers (clase política) “permitan hacer su benevolente y beneficioso trabajo”. Aquí es, precisamente, donde entran en juego las intervenciones monetarias de carácter excepcional emprendidas por Gran Bretaña y EEUU.

Con estas decisiones, como por ejemplo la compra de deuda pública y empresarial por parte de la banca central, los organismos monetarios tratan de evitar este proceso deflacionario, que es necesario para salir de la crisis. El resultado consiste en “echar gasolina sobre el fuego incrementando locamente la oferta monetaria y la deuda total”, explica Fekete, profesor universitario perteneciente a la Escuela Austríaca de Economía.

¿Hiperdeflación o hiperinflación?

Ahora bien, ¿qué efectos tendrán estas medidas?, ¿sumirán a la economía en la hiperinflación o en una deflación intensa? Algunos analistas se decantan por la llegada de un proceso hiperinflacionario una vez que tenga lugar la recuperación económica. Es la opinión que comparten Morgan Stanley, Peter Schiff o Jim Rogers. Los dos últimos, inversores estadounidenses de prestigio, alertan de que la política de la Reserva Federal de EEUU (FED) de aumento indiscriminado de su balance mediante la compra de casi cualquier tipo de activos y deuda (quantitative easing), inexorablemente, provocará la destrucción del dólar, haciendo que los precios se disparen.

Según Schiff, presidente de Euro Pacific Capital y prestigioso analista de Wall Street, las alocadas políticas de Ben Bernanke, presidente de la FED, con el fin de evitar la deflación van a ocasionar una espiral inflacionista, cuyo final podría ser la hiperinflación y, en última instancia, el colapso del dólar y del propio gobierno norteamericano.

Por su parte, el inversor Jim Rogers vaticina un aumento notable en los precios como resultado, igualmente, de las políticas monetarias expansivas de la banca central, siguiendo al actual proceso de liquidación de activos: tal y como demuestra el pasado, “siempre que se imprimen ingentes cantidades de dinero o se gasta dinero que no se tiene (deuda pública) se produce alta inflación. Desde mi punto de vista, eso es lo que va a pasar también esta vez. Los precios del petróleo están muy bajos ahora, pero eso es sólo temporal. Y vamos a ver precios más altos, especialmente en las materias primas”.

A un escenario hiperinflacionario también apunta Thorstein Polleit, profesor honorario de la Frankfurt School of Finance & Management y analista del Ludwig von Mises Institute. En un artículo titulado Habrá (hiper)inflación, este investigador compara la situación actual con la hiperinflación vivida en la Alemania de los años 20, apuntando un claro paralelismo y recurriendo a las enseñanzas del gran economista austriaco Ludwig von Mises acerca de la insostenibilidad y el trágico final de las políticas inflacionarias. Para Polleit, las medidas de Bernanke de incrementar la base monetaria e inyectar liquidez, así como el creciente gasto gubernamental, harán inevitable un escenario de hiperinflación.

Espiral deflacionaria

Sin embargo, para otros expertos, tal escenario no es tan obvio. Es el caso del experto en teoría monetaria Antal Fekete quien, en una entrevista que avanzó LD el pasado febrero, afirmó que el colapso del dólar y de todo el sistema monetario está por llegar, pronosticando que tras la intensificación de periodo actual deflacionario el mundo asistirá a una nueva hiperinflación.

Fekete, en un extenso análisis acerca de la situación actual escrito el pasado 30 de marzo, sostiene que la actual política monetaria no servirá de nada. Así, ya se está experimentando una espiral deflacionista con visos de convertirse en una hiperdeflación, advierte el analista. Pero, ¿cómo es posible que exista hiperdeflación cuando los bancos centrales están creando dinero como locos?.

Si bien es indudable que Bernanke y la FED están haciendo grandes esfuerzos para evitar la deflación mediante la creación de dinero y todo tipo de nuevos instrumentos, Fekete argumenta que ellos pueden crear dinero, pero no pueden hacerlo circular a través de los agentes económicos: de bancos a empresas, de empresas a familias, de familias a empresas, etc. Así, en referencia a quienes ven peligros de hiperinflación a través de las estadísticas que muestran un crecimiento de la oferta monetaria sin precedentes, comenta que “la oferta monetaria que pasa de mano en mano puede estar encogiéndose a medida que la demanda de atesoramiento de billetes federales se dispara”.

Esto en parte se debe, según el teórico, a que el nuevo dinero ha ido a parar a rescatar a grandes entidades financieras bajo la doctrina del too big to fail (demasiado grande para quebrar). Asimismo, el reducido poder adquisitivo de los consumidores está siendo empleado para pagar sus deudas con el fin de huir del default (suspensión de pagos).

El papel moneda escasea

Además, existe otra causa más sutil que tiene que ver con la composición de la actual oferta monetaria. Y es que, la inmensa mayoría del dinero existente en EEUU está en forma de dólares electrónicos (dinero virtual en asientos contables), y sólo una pequeña parte son billetes respaldados por la Reserva Federal (papel moneda). Mientras que los primeros son usados para repagar las deudas y especular en bonos, sólo los billetes físicos se pueden usar efectivamente para el consumo.

Sin embargo, pese a que la FED ha creado una ingente cantidad de dólares electrónicos no ha podido hacer lo mismo con los físicos. Así se originan comportamientos dispares en la oferta monetaria: mientras que el dinero electrónico es superabundante, el dinero físico escasea, y tanto los particulares como los bancos tratan de atesorarlo ante circunstancias económicas adversas.

Por ello, se está reduciendo inevitablemente el consumo y, como consecuencia, una contracción de la actividad económica, la necesidad de bajar precios y mayor desempleo. Además, el aumento del paro genera menores rentas que, a su vez, reduce aún más el consumo, y así sucesivamente. Es la temida espiral deflacionista. Pese a ello, según Fekete, los precios de productos primarios como el petróleo y los alimentos podrían subir en un primer momento, pero tales  subidas no serían sostenibles, por las razones ya señaladas.

La lección de la Gran Depresión

Otro de los analistas críticos con el escenario hiperinflacionario es el autor del prestigioso blog Global Economic Trend Analysis, Mike Mish. En un artículo en el que trataba de demoler algunas de las tesis de Peter Schiff, señalaba que la hiperinflación simplemente no es previsible, al menos, en EEUU. “Las condiciones en los EEUU son exactamente las que uno esperaría ver en deflación”.

Ante el argumento del disparado aumento de la oferta monetaria como condición necesaria para la hiperinflación, Mish argumenta: “Sí, la oferta monetaria se está disparando, pero la destrucción de los balances de los bancos está sucediendo más rápido”. Además, se apoya en un gráfico que muestra la evolución de la base monetaria: “Usando solamente la expansión monetaria, uno concluiría que hubo inflación excesiva durante la Gran Depresión, ¡empezando en 1931!”, algo que contradice la experiencia histórica.

En efecto, tras el crash bursátil de 1929, gran parte del sistema bancario americano quebró como consecuencia de la inflación crediticia durante los felices años 20, y el subsiguiente periodo deflacionario que ésta generó. Los excesos de los años anteriores llevaron a la liquidación de gran cantidad de préstamos a brokers destinados a adquirir acciones a precios inflados. Y esta situación se agravó especialmente tras la quiebra del CreditAnstalt austriaco, que dejó sin valor todos los créditos americanos contra la economía alemana.

Según el economista Melchior Palyi (en su obra The Twilight of Gold), lo que sucedió en la Gran Depresión fue que los bancos y potenciales deudores utilizaron el nuevo crédito no para invertir o consumir sino para refinanciar sus abultadas deudas o mejorar su posición líquida. Por ello, no es de extrañar que ocurriera una marcada deflación, con los índices de precios cayendo notablemente.

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Mike Mish concluye que una oferta monetaria disparada simplemente no prueba que se avecina “una gran inflación”, al igual que tampoco tuvo lugar en 1931. El origen de este error radica en la propia definición de inflación: “una definición basada solamente en un incremento en la oferta monetaria falló estrepitosamente a la hora de predecir los tipos de interés, la reciente fortaleza del dólar americano [esto lo escribía a fecha de 25 enero de 2009, tras rally del dólar frente al euro], la caída del oro desde 850 a 250 dólares entre 1980 y 2000, y otros acontecimientos”. Al contrario, una definición basada en la oferta monetaria y en el crédito sí que predijo bien estos fenómenos, según el analista.

En definitiva, que los bancos centrales no tienen la posibilidad de expandir el crédito a su gusto, como ya recordaba Juan Ramón Rallo el pasado año acerca de la interpretación monetarista de la Gran Depresión. Por mucho que lo intenten inundando la economía de liquidez, el crédito no se reactiva y, por tanto, la hiperinflación parece descartable. Al menos, de momento.

En caso de que los teóricos de la deflación tengan razón, ello supondría un descrédito de gran calibre para el presidente de la FED, Ben Bernanke. Y es que, a pesar de ser un declarado antideflacionista y haber tratado de poner todos los medios a su alcance para evitar dicho escenario, se daría de bruces con su peor pesadilla: la deflación. Razón suficiente para enterrar para siempre las teorías que le sirven de apoyo y su presunto prestigio como académico y burócrata.

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¿Se repetirá o no la paradoja David contra Goliat en el Acuerdo de Asociación Centroamérica – Unión Europea?

Globalización Económica, TLC No hay Comentarios »

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¿El Estado al servicio de los bancos o del interés general?

Entidades Financieras, Globalización Económica No hay Comentarios »

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En muchos aspectos, la crisis financiera internacional que se extiende es un espléndido ejemplo que revela los engaños y de los renunciamientos de los promotores de la mundialización financiera, ya sea en los consejos de administración de los grandes bancos privados, o bien de las altas esferas de los Estados. Durante estos últimos años, el discurso dominante proclamaba que todo iba muy bien en el frente de la deuda. Gracias a los nuevos productos financieros, tales como la titularización de las acreencias, el riesgo se había dispersado entre una multitud de actores. Ninguna crisis a la vista, los beneficios eran maravillosos y el crecimiento sostenido.

Ahora su construcción se desmorona. ¿Cómo podría ser de otro modo cuando algunos grandes bancos efectuaban enormes operaciones fuera de balance, construyendo un castillo de naipes con unos créditos dudosos y contribuyendo a la creación de una burbuja especulativa en el sector inmobiliario, que finalmente estalló? El sistema, lejos de dispersar el riesgo, hizo todo lo contrario, y los grandes bancos acumularon las fragilidades. Cada uno de éstos se esforzó entonces en pasar la patata caliente a su vecino, que ya estaba enredado con la suya.

En vez de reconocer sus errores y de asumir todas las consecuencias, los grandes bancos llamaron entonces en su ayuda al Estado, cuya acción, por otra parte, no cesan de denigrar: No vacilaron en reclamar al Estado, al que, en general, consideran demasiado intervencionista, que tomara medidas públicas enérgicas. En efecto, los lobbies de la gran banca privada repiten que el poder público debe plegarse a las leyes del mercado, que son las únicas que pueden gestionar con eficacia los recursos y fijar los precios a su justo valor.

Como simples subordinados, los poderes públicos de Estados Unidos y de Europa se pusieron manos a la obra de buena gana: no se puede negar nada a los directivos de los grandes bancos que sostienen a los principales candidatos en la elección presidencial, y que se mueven en los mismos círculos cerrados. Así, los gobernantes se apresuraron a salir en rescate del sector privado. En el menú: nacionalización de los bancos en dificultades, cambio de títulos devaluados por dinero fresco (200.000 millones de dólares en Estados Unidos), inyección de liquidez, planes de salvamento, reducción de la tasa de interés…

En Gran Bretaña, país puntero de la mundialización neoliberal, la crisis derribó al banco Northern Rock en septiembre de 2007, el que finalmente fue nacionalizado en febrero de 2008. Una vez que la empresa sea reflotada a costa de la colectividad, será devuelta al sector privado. Del mismo modo, en Estados Unidos, cuando el Bear Sterns, quinto banco de negocios del país, se encontró en dificultades de pago, el 13 de marzo de este año, las autoridades monetarias organizaron un montaje financiero, con el concurso del banco JP Morgan Chase, el cual compró a continuación el Bear Sterns a precio de bicoca.

Esta crisis demuestra con claridad que someter la gestión de la economía mundial a la lógica del máximo beneficio representa un coste enorme para la sociedad. Los bancos han jugado con el ahorro y los depósitos líquidos de centenares de millones de personas. Sur errores conducen a pérdidas enormes y a dramas humanos, como fue el caso de la quiebra de la multinacional Enron en el 2001. Unos 25.000 asalariados de Enron se encontraron con un retiro irrisorio porque los fondos de pensiones de la empresa habían sido descapitalizados por los directivos, que vendieron discretamente sus acciones por más de mil millones de dólares. [1]

Entre el Norte y el Sur, las semejanzas son evidentes. En el Sur, la crisis de la deuda, producida a principios de los años 80, fue provocada por el aumento unilateral de los tipos de interés por Estados Unidos, lo que produjo una explosión de los desembolsos exigidos a los países del Tercer Mundo a los que los bancos habían incitado a tomar préstamos a tipo de interés variable. Al mismo tiempo, el hundimiento de los precios de las materias primas les impedía afrontar los pagos, sumiéndolos brutalmente en la crisis. El Fondo Monetario Internacional (FMI), teleguiado por Estados Unidos y otras potencias, impuso entonces a los países en desarrollo endeudados unos drásticos programas de ajuste estructural. En el menú, como en los países del Norte, recorte de los presupuestos sociales, liberalización total e inmediata de la economía, abandono del control de los movimientos de capitales, apertura completa de los mercados, privatizaciones masivas. Pero, a diferencia de lo que ocurre actualmente en el Norte, a los Estados del Sur se les impidió la reducción de los tipos de interés y el aporte de liquidez a los bancos, lo cual provocó una cascada de bancarrotas y fuertes recesiones. Finalmente, como ahora, el Estado tuvo que reflotar los bancos en dificultades antes de privatizarlos, a menudo en beneficio de las grandes sociedades bancarias estadounidenses o europeas. En México, el coste del salvamento de los bancos en la segunda mitad de los años 90 representó el 15 % del producto interior bruto (PIB). En Ecuador, una operación similar realizada en el 2000 costó el 25 % del PIB. En todos los casos, la deuda pública interna tuvo un fuerte crecimiento, pues el coste del salvamento de los bancos fue soportado por el Estado.

La des reglamentación económica de las últimas décadas ha terminado en un fiasco. La única salida válida es una inversión total de las prioridades: reglamentaciones muy estrictas para las empresas privadas; inversión pública masiva en los sectores que permitan garantizar el goce de los derechos humanos fundamentales y proteger el ambiente, la recuperación por los poderes públicos de las palancas de decisión para favorecer sin excepciones el interés general.

Si el tren neoliberal prosigue su carrera demencial, el crash está garantizado. Los que lo embalaron en esta vía quieren verlo aún más acelerado. La prueba más reciente: después de las últimas elecciones en Francia, Nicolás Sarkozy declaró que quería acelerar las reformas, mientras que los electores han expresado con claridad su rechazo a las opciones actuales. Nadie duda de que un giro económico importante en el nivel internacional no podrá suceder sin una fuerte movilización popular. Cuarenta años después de mayo del 68, ésta es cada vez más urgente, para lograr por fin cuestionar el capitalismo.

- Damien Millet, portavoz del CADTM Francia (Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo, www.cadtm.org), autor de África sin deuda, Icaria, Barcelona, 2008.

- Eric Toussaint, presidente del CADTM Bélgica, autor de Banco del Sur y nueva crisis internacional, El Viejo Topo, Mataró, 2008; Abya Yala, Quito, 2008.

[1] En Estados Unidos, la jubilación de más de 40 millones de asalariados depende del plan 401K, creado en tiempos de Ronald Reagan. Se encuentran directamente expuestos a los vaivenes de los valores en la bolsa. En el caso de Enron, los directivos de los fondos de pensiones habían invertido el 62 % del capital en acciones de la empresa. Los fondos siguieron en su caída la cotización de la acción de Enron. Ver Eric Toussaint, La Bolsa o la Vida. Las finanzas contra los pueblos, CLACSO, Buenos Aires, 2004. Capitulo IV: “La mundialización financiera en crisis”

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La Globalización en retirada

Globalización Económica 1 Comentario »

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Por Walden Bello *

A comienzos de la década de 1990, se presumía que la globalización sería la ola del futuro. Hace quince años, los documentos de los pensadores globalistas como Kenichi Ohmae y Robert Reich celebraron el advenimiento del surgimiento del llamado mundo sin fronteras. El proceso por el cual las economías nacionales relativamente autónomas se transformarían en una economía global única funcionalmente integrada era pregonado como irreversible.

Cuando se lo incorporó por primera vez como término al vocabulario inglés a comienzos de la década de 1990, se presumía que la globalización sería la ola del futuro. Hace quince años, los documentos de los pensadores globalistas como Kenichi Ohmae y Robert Reich celebraron el advenimiento del surgimiento del llamado mundo sin fronteras. El proceso por el cual las economías nacionales relativamente autónomas se transformarían en una economía global única funcionalmente integrada era pregonado como irreversible.

Y aquellos que se oponían a la globalización fueron descartados con desprecio como una encarnación moderna de los ludistas que destruían las máquinas durante la Revolución Industrial.

Quince años después, a pesar de las marcas de productos que se consumen en todo el mundo y el aprovisionamiento externo, lo que se entiende por economía internacional sigue siendo una colección de economías nacionales. Estas economías son interdependientes, sin lugar a dudas, pero los factores domésticos determinan todavía en gran medida su dinámica.

La globalización, en realidad, ha alcanzado su nivel más alto y comienza a retroceder.

Predicciones brillantes, resultados decepcionantes

Durante el apogeo de la globalización se nos dijo que las políticas de Estado ya no importaban y que las grandes compañías pronto dejarían pequeños a los Estados. En realidad, los Estados todavía importan. La Unión Europea, el gobierno estadounidense y el Estado chino, son actores económicos más fuertes hoy que hace una década. En China por ejemplo, las empresas transnacionales marchan al son que toca el Estado y no a la inversa.

Es más, las políticas de Estado que interfieren con el mercado para desarrollar estructuras industriales o proteger el empleo todavía hacen la diferencia. De hecho, a lo largo de los últimos diez años, las políticas de gobiernos intervencionistas han marcado la diferencia entre el desarrollo y el subdesarrollo, la prosperidad y la pobreza. La imposición de controles al capital en Malasia durante la crisis asiática entre 1997-98 evitó que este país sufriera un proceso traumático como el de Tailandia o Indonesia. Los controles estrictos al capital también protegieron y aislaron a China del colapso económico que devoró a sus vecinos.

Hace quince años nos dijeron que esperáramos el surgimiento de una elite capitalista transnacional que manejaría la economía mundial. Ciertamente, la globalización se transformó en la “gran estrategia” de la administración Clinton, que avizoraba a la elite estadounidense primera entre pares en una coalición mundial liderando el camino hacia un nuevo y benigno orden mundial. Ese proyecto está hoy hecho trizas. Durante el reinado de George W. Bush, la facción nacionalista ha superado ampliamente a la facción transnacional de la élite económica. Los Estados de corte nacionalista están hoy compitiendo duramente unos contra otros, buscando que su propia economía se imponga sobre las otras.

Hace una década nacía la Organización Mundial del Comercio (OMC), sumándose al Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) como uno de los pilares del sistema de gobernanza de la economía internacional en la era de la globalización. Con aire triunfalista, los funcionarios de los tres organismos se reunieron en Singapur durante la primera reunión ministerial de la OMC en diciembre de 1996, y definieron la tarea pendiente de la “gobernanza mundial” como el logro de la “coherencia” – es decir, la coordinación de las políticas neoliberales de las tres instituciones para asegurar la integración tecnocrática de la economía mundial, sin sobresaltos.

Pero ahora Sebastián Mallaby, el influyente comentarista pro-globalización del Washington Post, se queja de que “la liberalización del comercio se ha estancado, la cooperación para el desarrollo es menos coherente de lo que debería ser, y la próxima conflagración financiera será atendida por un bombero herido”. En realidad, la situación es peor aún de como él la describe. El FMI está prácticamente difunto. Conscientes de que el Fondo precipitó y empeoró la crisis financiera asiática, más y más países en desarrollo se niegan a pedir prestado del Fondo o están pagando por adelantado, a la vez que algunos declaran su intención de no volver a pedirle al Fondo nunca más. Entre estos países se incluyen Tailandia, Indonesia, Brasil y Argentina. Como el presupuesto del Fondo depende en gran medida del pago de las amortizaciones de la deuda de estos grandes prestatarios, este boicot se traduce en lo que un experto describe como “una reducción inmensa del presupuesto del organismo”.

El Banco Mundial parece gozar de mejor salud que el Fondo. Pero habiendo tenido un papel central en la debacle provocada por las políticas de ajuste estructural que dejó a la mayoría de los países en desarrollo y las economías en transición que las implementaron, con mayor pobreza, más desigualdades y en estado de recesión, también el Banco atraviesa una crisis de legitimidad. Para agravar las cosas, un panel de expertos oficiales de alto nivel encabezado por el ex economista en jefe del FMI Kenneth Rogoff descubrió recientemente que el Banco ha manipulado sistemáticamente sus datos para hacer prevalecer su posición pro-globalización y ocultar los efectos adversos de la globalización.

Pero donde la crisis del multilateralismo es quizá más aguda es en la OMC. En el mes de julio pasado, la Ronda de negociaciones de Doha para una mayor liberalización del comercio llegó a su fin abruptamente cuando las conversaciones entre el llamado Grupo de los Seis se rompieron agriamente a raíz de la negativa de Estados Unidos a recortar sus enormes subsidios a la agricultura. El economista pro-libre comercio estadounidense Fred Bergsten comparó una vez a la liberalización del comercio y la OMC con una bicicleta: se cae si no avanza. El colapso de la organización que uno de sus directores generales describió una vez como la “joya en la corona del multilateralismo” podría estar más cerca de lo que parece.

Porqué se estancó la globalización

¿Por qué se vino a pique la globalización? Primero que nada, se exageró el alcance de la globalización. El grueso de la producción y las ventas de la mayoría de las transnacionales sigue teniendo lugar dentro de su país o región de origen. Existe solamente un puñado de compañías verdaderamente globales cuya producción y ventas están relativamente dispersas por igual en distintas regiones.

En segundo lugar, en vez de haber forjado una respuesta común y cooperativa ante la crisis mundial de sobreproducción, estancamiento y ruina ambiental, las élites capitalistas nacionales han competido entre sí para lograr esquivar el peso del ajuste. La administración Bush por ejemplo, ha promovido una política de un dólar débil como forma de fomentar la recuperación y crecimiento de la economía estadounidense a costa de Europa y Japón. También se ha negado a firmar el Protocolo de Kioto para lograr que Europa y Japón deban absorber los mayores costos del ajuste ambiental mundial, y conseguir de esta forma que la industria estadounidense resulte comparativamente más competitiva. Si bien la cooperación puede ser la opción estratégica racional desde el punto de vista del sistema capitalista mundial, los intereses capitalistas nacionales están preocupados fundamentalmente en no perder frente a sus rivales en el corto plazo.

Un tercer factor ha sido el efecto corrosivo del doble discurso desplegado descaradamente por la potencia hegemónica, Estados Unidos. Aun cuando la administración Clinton sí intentó encaminar a Estados Unidos hacia el libre comercio, la administración Bush, por el contrario, ha predicado hipócritamente el libre comercio y al mismo tiempo practica el proteccionismo. Por cierto, la política comercial de la administración Bush parece ser libre comercio para el resto del mundo y proteccionismo para Estados Unidos.

En cuarto lugar, ha habido una gran distancia entre la promesa de la globalización y el libre comercio y los resultados efectivos de las políticas neoliberales, que han sido más pobreza, desigualdades y recesión. Uno de los pocos lugares donde ha habido una disminución de la pobreza en los últimos 15 años es China. Pero fueron las políticas intervencionistas del Estado que controló las fuerzas del mercado, y no las prescripciones neoliberales, las responsables de haber sacado de la pobreza a 120 millones de chinos. Por otra parte, los defensores de la eliminación de los controles de capital han tenido que enfrentar el colapso real de las economías que adoptaron esta política a raja tabla. La globalización del sector financiero tuvo lugar mucho más rápido que la globalización de la producción. Pero demostró ser la avanzada no de la prosperidad sino del caos. La crisis financiera asiática y el colapso de la economía argentina, que afectaron a dos de los practicantes más doctrinarios de la liberalización de las cuentas de capital, constituyeron dos hitos decisivos en la revuelta de la realidad contra la teoría.

Otro factor que contribuye al quiebre del proyecto globalista deriva de su obsesión por el crecimiento económico. Por cierto, el crecimiento infinito es la médula de la globalización, el resorte central de su legitimidad. Si bien un informe reciente del Banco Mundial continúa –contra toda lógica—exaltando el crecimiento rápido como la clave para la expansión de la clase media en el mundo, el calentamiento global, el agotamiento inexorable del petróleo barato (peak oil) y otros eventos ambientales hacen que la población comience a tener claro que el ritmo y los patrones de crecimiento que acompañan a la globalización son una prescripción a toda prueba para alcanzar un Armagedón ecológico.

El último factor, que no debe subestimarse, es la resistencia popular a la globalización. Las batallas de Seattle en 1999, Praga en 2000 y Génova en 2001; la marcha masiva contra la Guerra realizada en todo el mundo el 15 de febrero de 2003, cuando el movimiento anti-globalización se metamorfizó en movimiento mundial contra la guerra, el fracaso de la reunión ministerial de la OMC en Cancún en 2003 y el casi fracaso de Hong Kong en 2005; el rechazo de los pueblos de Francia y Holanda a la Constitución Europea favorable a la globalización neoliberal en 2005 –fueron todos ellos encrucijadas claves de la lucha mundial de toda una década que ha hecho retroceder al proyecto neoliberal. Pero estos eventos de alto perfil no han sido más que la punta del iceberg, la suma de multitud de luchas contra el neoliberalismo y la globalización en miles de comunidades en todo el mundo, en las que han participado millones de campesinos, trabajadores, estudiantes, pueblos indígenas y muchos sectores de la clase media.

Postrada pero no vencida

Si bien la globalización puede estar postrada, aún no ha sido vencida. A pesar del descrédito, muchas políticas neoliberales continúan aplicándose en muchas economías ante la falta de alternativas creíbles a los ojos de los tecnócratas. Ante el panorama de estancamiento en la OMC, las grandes potencias comerciales están haciendo hincapié en los tratados de libre comercio (TLC) y los acuerdos de asociación económica (EPA, por su sigla en inglés) con los países en desarrollo. Estos tratados y acuerdos son de muchas maneras más peligrosos que las negociaciones multilaterales de la OMC, ya que a menudo exigen mayores concesiones en términos de acceso a los mercados y una aplicación más estricta de los derechos de propiedad intelectual.

Sin embargo, ya no todo es tan fácil para las grandes empresas y las potencias comerciales. Los neoliberales doctrinarios están siendo relevados de cargos importantes, dando paso a tecnócratas pragmáticos que a menudo subvierten las políticas neoliberales en la práctica, presionados por los movimientos populares. En el caso de los TLC, el Sur global está comenzando a darse cuenta de los peligros que implican y comienza a oponerles resistencia. Gobiernos clave de América del Sur, bajo la presión de sus ciudadanos, descarrilaron el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) –el gran plan de George W. Bush para el continente americano—durante la conferencia de Mar del Plata en noviembre de 2005.

Asimismo, una de las razones por las cuales mucha gente resistió al Primer Ministro Thaksin Shinawatra en los meses que precedieron al reciente golpe de Estado en Tailandia fue su afán por concluir un tratado de libre comercio con Estados Unidos. Por cierto, en enero de este año cerca de 10.000 manifestantes intentaron tomar por asalto el edificio de Chiang Mai, en Tailandia, donde funcionarios de los gobiernos de Estados Unidos y Tailandia negociaban el tratado. El gobierno que sucedió a Thaksin ha suspendido la negociación del TLC entre Estados Unidos y Tailandia, y el éxito de los tailandeses ha inspirado a los movimientos que en todas partes del mundo buscan frenar la firma de los TLC.

El retroceso de la globalización neoliberal es más marcado en Latinoamérica. Bolivia, país que ha sido explotado durante mucho tiempo por los gigantes extranjeros del sector energético, ha nacionalizado sus recursos energéticos bajo la presidencia de Evo Morales. Néstor Kirchner de Argentina ha dado el ejemplo de cómo los gobiernos de los países en desarrollo pueden enfrentar al capital financiero, al forzar a los tenedores de bonos del Norte a aceptar solamente 25 centavos por cada dólar que les adeudaba Argentina. Hugo Chávez ha lanzado un ambicioso plan para la integración regional, la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), un proyecto fundado en la cooperación económica genuina en lugar que en el libre comercio, y en el cual las transnacionales del Norte tienen muy poca o ninguna participación, y que está orientado por lo que el propio Chávez describe como una “lógica más allá del capitalismo”

La globalización en perspectiva

Hoy en día, la globalización no parece haber sido una nueva fase superior del desarrollo del capitalismo sino una respuesta a la crisis estructural subyacente a este sistema de producción. Quince años después de que fuera proclamada como la ola del futuro, menos que una “nueva fase exitosa” de la aventura capitalista, la globalización parece haber sido un esfuerzo desesperado del capital mundial para escapar de la recesión y el desequilibrio en que se sumió la economía mundial en las décadas de 1970 y 1980. El colapso de los regímenes socialistas centralizados en Europa Central y del Este distrajo la atención de la gente de esta realidad al comenzar la década de 1990.

Mucha gente de los círculos progresistas todavía piensa que la tarea del momento es “humanizar” la globalización; sin embargo, la globalización es una fuerza desgastada. La multiplicación de los conflictos económicos y políticos de la actualidad se parece, en todo caso, al período posterior al fin de lo que los historiadores llaman la primera era de la globalización, que se extendió desde 1815 a la irrupción de la Primera Guerra Mundial en 1914. La tarea urgente no es timonear a la globalización comandada por las transnacionales hacia una orientación “social demócrata”, sino administrar su retirada para que no traiga el mismo caos y los mismos conflictos que caracterizaron su ocaso en aquella primera era. www.ecoportal.net

* Walden Bello es profesor de sociología en la Universidad de Filipinas y director ejecutivo del instituto de investigación Focus on the Global South (http://www.focusweb.org) que tiene su sede en Bangkok.

Artículo publicado en http://www.tni.org – Una versión ampliada de este trabajo titulada “The Capitalist Conjuncture: Overaccumulation, Financial Crises, and the Retreat from Globalisation” se puede encontrar en la edición más reciente de Third World Quarterly (Vol. 27, No. 8, 2006).

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