Las guerras de las tortillas y el orden internacional

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El caos que deriva del llamado orden internacional puede ser doloroso si uno es el blanco o la víctima del poder que determina la estructura de ese orden. Hasta las tortillas comienzan a jugar en este esquema.

En fecha reciente, en varias regiones de México, los precios de las tortillas ascendieron más del 50 por ciento. En enero, en Ciudad de México, decenas de miles de trabajadores y campesinos realizaron una demostración en el Zócalo, la plaza central de la ciudad, para protestar por el alto costo de las tortillas. En respuesta, el gobierno de Felipe Calderón llegó a un acuerdo con productores y minoristas para limitar el precio de las tortillas y de la harina de maíz, muy probablemente una solución temporal.

El alza de precios amenaza el producto principal de comida de los trabajadores y los pobres mexicanos. Forma parte de lo que podríamos llamar el efecto etanol, consecuencia de la estampida de Estados Unidos hacia el etanol basado en el maíz como un sustituto del petróleo, cuyas más importantes fuentes, por supuesto, están en regiones que desafían con más ahínco el orden internacional.

También en Estados Unidos el efecto etanol ha aumentado el precio de la comida en una amplia gama, incluyendo otras cosechas, la ganadería y las aves de corral.

La conexión entre la inestabilidad en el Medio Oriente y el costo de alimentar a una familia en Estados Unidos no es directa, por supuesto. Pero como en todo comercio internacional, el poder inclina la balanza. Una meta principal de la política exterior de Estados Unidos por largo tiempo ha sido crear un orden global en el cual las corporaciones norteamericanas tengan libre acceso a los mercados, recursos y oportunidades de inversiones. El objetivo es comúnmente llamado “libre comercio”, una posición que cuando se la examina, colapsa rápidamente.

No es diferente a lo que Gran Bretaña, una predecesora en la dominación mundial, imaginó durante la última parte del siglo XIX, cuando adoptó el libre comercio, después de que 150 años de intervención estatal y violencia habían ayudado a la nación a conseguir un poder industrial mucho más grande que el de cualquiera de sus rivales.

Estados Unidos ha seguido en gran parte el mismo modelo. Generalmente, las grandes potencias se muestran deseosas de entrar en cierto grado limitado de libre comercio cuando están convencidas de que a los intereses económicos bajo su protección les va a ir bien. Ese ha sido, y sigue siendo, un atributo primario del orden internacional.

El auge del etanol sigue el modelo. Como lo indican los expertos en agricultura C. Ford Runge y Benjamin Senauer en Foreign Affairs, “la industria del biocombustible ha estado por largo tiempo dominada no por fuerzas del mercado sino por la política y el interés de unas pocas empresas grandes”, en especial Archer Daniels Midland, el productor más importante de etanol.

La producción de etanol es factible gracias a subsidios estatales sustanciales y a tarifas muy altas para excluir un etanol brasileño basado en azúcar, mucho más barato y más eficaz.

En marzo, durante el viaje a Latinoamérica de George W. Bush, el único logro fue un acuerdo con Brasil para la producción conjunta de etanol.

Pero Bush, al mismo tiempo que declamaba la retórica del libre comercio para los otros a la manera convencional, enfatizaba que las altas tarifas para proteger a los productores de Estados Unidos se mantendrían, por supuesto, junto con las muchas formas de subsidios del gobierno para la industria.

Pese a los enormes subsidios a la agricultura, financiados por los contribuyentes, los precios del maíz y las tortillas han estado subiendo con gran rapidez. Un factor es que los usuarios industriales de maíz importado de Estados Unidos comienzan a adquirir las variedades mexicanas más baratas usadas para las tortillas, aumentando los precios.

El Tratado de Libre Comercio (TLC) de 1994, patrocinado por Estados Unidos, también puede jugar un rol significativo, que probablemente aumentará. El impacto del tratado fue inundar a México con exportaciones de agroempresas fuertemente subsidiadas, desalojando de sus tierras a productores mexicanos.

El economista mexicano Carlos Salas ha demostrado que después de un aumento estable hasta 1993, el empleo en la agricultura comenzó a declinar cuando el TLC entró en vigencia, principalmente entre los productores de maíz, una consecuencia directa del tratado, concluyen él y otros economistas. Una sexta parte de la fuerza mexicana de trabajo en la agricultura ha sido desplazada durante los años del TLC, y el proceso continúa. Eso reduce los salarios en otros sectores de la economía y propulsa la emigración hacia los Estados Unidos.

Max Correa, secretario general del grupo Central Campesina Cardenista, estima que “por cada cinco toneladas adquiridas a productores extranjeros, un campesino se vuelve candidato para emigrar”.

Tal vez sea más que una coincidencia que el presidente Bill Clinton militarizara la frontera mexicana, previamente bastante abierta, en 1994, junto con la implementación del TLC.

El régimen de “libre comercio” conduce a México del autoabastecimiento de comida hacia la dependencia de las exportaciones de Estados Unidos. Y a medida que el precio del maíz aumenta en los Estados Unidos, estimulado por el poder de las corporaciones y la intervención estatal, uno puede anticipar que el precio de las materias primas puede continuar aumentando de manera drástica en México.

Cada vez más, los biocombustibles posiblemente van a “hacer pasar hambre a los pobres” alrededor del mundo, según Runge y Senauer, en la medida en que las materias primas sean convertidas en producción de etanol para los privilegiados —el casabe en el África subsahariana, para tomar un ejemplo ominoso.

Mientras tanto, en el sudeste asiático, las selvas tropicales son taladas y quemadas para obtener aceite de palma destinado al biocombustible, y hay también en los Estados Unidos amenazantes efectos en el medio ambiente a raíz de la producción del etanol basado en el maíz.

El alto precio de las tortillas y otros crueles caprichos del “orden internacional” ilustra la interconexión de los eventos, del Medio Oriente al Midwest, la región central de Estados Unidos, y la urgencia para establecer comercios basados en acuerdos verdaderamente democráticos entre las personas, y no en intereses cuyo hambre principal es por ganancias para las corporaciones protegidas y subsidiadas por un estado que dominan ampliamente, cualquiera sea el costo humano.

 

* Copyright 2007 by Noam Chomsky.

Profesor emérito de lingüística y filosofía en M.I.T.

sábado, 19 de mayo de 2007

 

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Reivindicando a Raúl Prebisch

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No hay político, periodista o economista liberal que no culpe del atraso y subdesarrollo de América Latina durante el periodo de postguerra (entre 1945 y 1980) a la ‘industrialización por sustitución de importaciones” (ISI). En tal sentido le achacan todos nuestros males a las (supuestas) sugerencias de política económica de Raúl Prebisch (1901-1985) y, consecuentemente, al pensamiento cepalino primigenio. Se sigue argumentando que proponían un proceso de industrialización a partir de la adopción de políticas populistas, estatistas y autárquicas que impidieron aprovechar las ventajas del comercio internacional, tal como lo hicieran tan exitosamente los “tigres asiáticos”. La idea estuvo muy generalizada y, desafortunadamente, sigue vigent; lo que se debe, entre otras varias razones, al hecho de que cada vez son menos los que consultan los textos originales de los autores ‘clásicos’, por lo que generalmente basan sus opiniones en segundas fuentes, en economistas contemporáneos que muy a menudo ofrecen interpretaciones simplistas e ideológicamente sesgadas. Si bien los juicios de valor son inevitables en las ciencias sociales, contra la opinión de su pretendida neutralidad-objetividad según los ortodoxos liberales, ello no da derecho a deformar las ideas de otros por conveniencia política, recurso fácil y muy común en nuestro medio.

Para rebatir la leyenda de que Prebisch fue un intervencionista empedernido y un exagerado defensor de la ISI, citaremos sus trabajos de hace cincuenta años, cuando asume la Secretaría Ejecutiva de la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL), si bien sus trabajos posteriores son mucho más sofisticados. Para comenzar, don Raúl fue muy claro al señalar que “la industrialización de América Latina no es incompatible con el desarrollo eficaz de la producción primaria. (…). Necesitamos una importación considerable de bienes de capital y también necesitamos exportar productos primarios para conseguirla” (1950/1961: 2). Más aún, señalaba explícitamente que no se debe sobreconcentrar los esfuerzos en el desarrollo de la industria manufacturera. De ahí que para él la industrialización y el progreso técnico en la producción primaria fueran aspectos complementarios de un mismo proceso, “en el que la industria juega un rol dinámico, no solo porque induce el progreso técnico en las actividades primarias y en otras, sino también en nuevas actitudes estimuladas por el desarrollo industrial” (ibid.; n.s.).

Prebisch era muy consciente de que en ese proyecto tampoco se podía descuidar el desarrollo agrícola, como cuando se refiere a su propio país, Argentina: “Este país ha seguido una política muy errada al tratar de estimular la industrialización en detrimento de la agricultura, en vez de promover un crecimiento balanceado de ambos”; en que, incluso postulaba el “incremento de las exportaciones por medio de la mecanización y otros avances técnicos en la agricultura” (ibid.), asunto de gran actualidad para el Perú. Por eso también reconoció que la protección de la industria debía tener límites cuantitativos y temporales estrictos. Reconociendo los problemas concretos que afrontaban ya entonces ciertos países de la periferia, advertía que “en algunos casos la protección indiscriminada y masiva ha llevado a un punto muy distante del óptimo, en detrimento de las exportaciones y el comercio internacional” (1959: 265). Sabía muy bien que la industrialización de la periferia solo debía llevarse a cabo hasta cierto punto, por lo que insistía en que debía evitarse que “se exagere en tal forma el desarrollo industrial, que la actividad agrícola se vea privada de los brazos que necesita para seguir aumentando las exportaciones” (1950/1961: 18).

Asimismo, era muy claro en el sentido de que la Industrialización, como la concebía entonces Prebisch, no implicaba la sustitución de importaciones de todas las mercancías previamente importadas, como generalmente se conciben sus planteamientos, sino que muy bien podía consistir también en un proceso de promoción de exportaciones industriales, como lo ha vuelto a recordar recientemente su célebre colega Hans W. Singer (1910-2006).

Para llevar a cabo la industrialización en América Latina, Prebisch se oponía a la devaluación del tipo de cambio y a los impuestos a la exportación, privilegiando más bien los aranceles (flat) o la concesión de subsidios en el marco de una “selección de ganadores”. La nueva concepción desarrollista de la CEPAL (véase: ‘Transformación productiva con equidad”, 1990) también es muy clara al respecto, cuando distingue entre la ‘competitividad espuria’, que se logra artificial y engañosamente con devaluaciones del tipo de cambio y reducción reales de las remuneraciones, y la ‘competitividad auténtica’, que se alcanza con la innovación, la educación, las cadenas productivas y el progreso técnico.

El gráfico que acompañamos a este texto ilustra los niveles de ‘apertura’ (cociente resultante de la suma de las exportaciones e importaciones entre el Producto Interno Bruto) durante los últimos cincuenta años en el Perú (promedio: 26,6%). De donde se puede colegir que la economía peruana siempre ha estado relativamente abierta, incluso durante los procesos de ISI, cuando -de paso sea dicho- nuestra economía creció a ritmos más elevados y más equitativos que durante las últimas dos décadas de liberalismo exodirigido. Se olvida -ingenua o interesadamente- que la ‘cerrazón económica’ -en la práctica- fue mínima y muy selectiva y se centró básicamente en bienes finales y materias primas industriales sencillas, cuando nuestras economías en realidad eran muy ‘hospitalarias’, tanto para las importaciones de materias primas y equipo, como sobre todo para la inversión extranjera de exportación primaria y de ensamblaje. De manera que el Perú, al igual que el resto de América Latina, en el proceso de ISI jamás llegamos a los extremos de cerrazón característicos de Albania (en su momento) o Corea del Norte, como parecen sugerirlo tan ligeramente los economistas ortodoxos.

En pocas palabras, los planteamientos de Prebisch -incluso los primigenios- fueron bastante más sofisticados y equilibrados en términos de estrategia de desarrollo capitalista de los que sus interesados exegetas liberales piensan: contemplaba la necesidad de combinar la expansión de las exportaciones primarias y de un desarrollo agrario tecnificado, así como el fomento de exportaciones ‘no tradicionales’, todo ello en el marco del denominado ‘desarrollo hacia dentro’, en contraposición al fracasado ‘crecimiento hacia fuera’. De manera que, si hubiéramos seguido las recomendaciones de Prebisch seguramente nos habríamos convertido, si no en tigres, por lo menos en los pumas de este continente.

Jürgen Schuldt
La Insignia. Perú, marzo del 2007.

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Iberoamérica, entre dos aguas

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Joaquín Arriola
La Insignia*. España, febrero del 2007.

De unos años acá, el panorama latinoamericano parece haber dado un vuelco. A partir del 2004 América Latina ha experimentado tasas de crecimiento desconocidas desde los años setenta. Pero esta evolución económica se está produciendo en paralelo con un proceso de transformación política de largo alcance, que afecta a un número importante de países, que hace menos de un lustro se encontraban sumidos en el estancamiento económico y la parálisis política provocada por gobiernos corruptos e incapaces de proponer alternativas a la situación de deterioro político y social generada por la aplicación de los modelos neoliberales.

La señal de que algo comenzaba a cambiar en el panorama iberoamericano provino de la victoria de Lula y el Partido de los Trabajadores en Brasil. Victoria por la mínima, con una correlación de fuerzas parlamentaria y regional muy complicada, pero que anunció desde un principio la voluntad de sustraerse al dominio norteamericano sobre las políticas internas en internacionales del principal país del subcontinente.

La derrota de Menem y el peronismo liberal en Argentina y su sustitución por el regeneracionismo de la izquierda peronista representada por Nestor Kirchner, la victoria de Hugo Chávez en Venezuela , de Tabaré Vázquez y el Frente Amplio en Uruguay, de Evo Morales y el movimiento indigenista en Bolivia, y recientemente de Rafael Correa y su grupo de intelectuales radicales en Ecuador, e incluso la victoria del FSLN del empresario Daniel Ortega en Nicaragua, son por ahora los casos de nuevos gobiernos opuestos abiertamente al proyecto de integración propugnado por Estados Unidos, y dispuestos -unos más, otros menos- a promover el rescate de los recursos nacionales y a reforzar estrategias de desarrollo autocentrado. Pese a sus grandes diferencias, todos estos gobiernos ejemplifican el agotamiento del ciclo económico y político de hegemonía del neoliberalismo.

En Uruguay y Venezuela hay presencia de miembros del partido comunista en los gobiernos. Aldo Rebelo, del PCdoB, ha sido el presidente de la Cámara de Diputados de Brasil, en la alianza de apoyo al gobierno de Lula. Esta presencia comunista en la acción de gobierno muestra con claridad el fracaso de la estrategia de tierra quemada aplicada con las dictaduras militares y las políticas extremistas de mercado de las últimas décadas.

Modelos en disputa

Se puede decir que en América Latina hay actualmente en pugna dos modelos de acumulación, cuyo arquetipo son respectivamente Chile y Venezuela. Y también dos modelos de integración/globalización, representados por México y Brasil.

Chile es el caso de estudio que se presenta cuando se quiere ilustrar las bondades del modelo capitalista neoliberal. El control del proceso de transición de la dictadura a la democracia por el capital internacional y oligárquico, permitió pactar el traspaso del poder político, a cambio del compromiso de las fuerzas de gobierno (democristianos, socialistas) de comprometerse al mantenimiento del modelo económico. El importante apoyo estadounidense al proceso se orientó a disponer de un “modelo de buen comportamiento”, que se pudiera exportar al resto de Iberoamérica. Sin embargo, el deterioro social y económico provocado en Latinoamérica por el neoliberalismo ha sido tan profundo, que el buen ejemplo no ha cuajado como el modelo estándar de transición a un nuevo ciclo político y económico.

Venezuela viene a representar en este sentido la alternativa al post-neoliberalismo. En clara ruptura con este modelo, busca desarrollar nuevas vías de desarrollo endógenos, colocando a las masas empobrecidas en el centro de la nueva acción de gobierno. Otros países, sin tener una proyección alternativa de tanto alcance, aspiran a recuperar el control sobre el proceso de acumulación interno en una especie de reinvención de las estrategias nacionalistas que se aplicaron en lo cincuenta y sesenta, promoviendo nuevas formas de regulación de la economía y una nueva participación del estado como actor principal. En este sentido, Bolivia no supone una alternativa diferente a estas dos últimas opciones. La principal novedad que aporta el gobierno de Evo Morales es ser expresión de la toma de conciencia política de un actor hasta ahora marginado, pero mayoritario en los países andinos, que son los indígenas. Hasta qué punto va a radicalizar el proceso la presencia y el protagonismo de este nuevo actor político, que conforma la gran mayoría de los desposeídos y marginados en países como Perú, Ecuador, Bolivia y Guatemala, es algo que está por ver.

Otro elemento relevante del panorama de cambio es la aspiración a la integración regional, como contrapeso al dominio de Estados Unidos en la región. Este país, ha ofrecido a México la versión más completa de lo que propone con su plan integracionista liberal al resto de las Américas. Al incorporar a México al Tratado de Libre Comercio (mercado único para mercancías y capitales, no para personas), busca cortar la influencia de los sectores de izquierda que plantean alternativas en cierta media contrarias al control norteamericano de la economía nacional. Por ahora, esto solo se está logrando mediante continuos fraudes electorales que si por ahora han evitado la llegada del PRD al poder, ha sido a costa de un desgaste político creciente del sistema, que ya se h llevado por delante el régimen de PRI (cuando hubo que ceder el poder a partido del capital multinacional, el PAN, para hurtar la victoria del PRD de Cuauhtémoc Cárdenas), o provocando un nuevo fraude electoral a costa de a deslegitimación institucional sin precedentes, para evitar la victoria del PRD de Andrés Manuel López Obrador. Esta situación refleja que no está funcionando bien la alternativa integradora de Estados Unidos, y ello explica que uno de los caballos de batalla del PT de Lula en Brasil fuera precisamente la consecución de una integración alternativa, ejemplificada en el proyecto de MERCOSUR. La propia indefinición de esta propuesta, provocó su estancamiento y facilitó la radicalización del proyecto integracionista, lanzada desde Venezuela con el proyecto ALBA. Sea cual sea el resultado final de la voluntad integracioncitas de unos y otros, lo que parece evidente a estas alturas es el fracaso rotundo de la propuesta de Estados Unidos para América.

Ello explica que el mantenimiento de las estructuras tradicionales de poder en muchos países se haga no por la vía del post-neoliberalismo chilena, sino mediante el control del aparato del Estado por parte de las oligarquías tradicionales, reconvertidas de la agroexportación en crisis hacia el sector financiero, el comercio, el turismo y el tráfico de drogas. Tan solo la victoria de Alan García en Perú, a última hora y contra el surgimiento indigenista que representaba Ollanta Humala, podemos calificarla como una incorporación significativa al modelo de buen comportamiento recomendado por “la embajada” (en toda Iberoamérica, embajada omnipresente y todopoderosa sólo hay una, y no es precisamente la de España).

En la siguiente tabla distribuimos los países iberoamericanos en función de la orientación política de sus respetivos gobiernos. La ubicación espacial de unos y otros también permite entender mejor hacia donde pueden orientarse (hacia la derecha o hacia la izquierda de la columna respectiva) las políticas practicadas actualmente. Esta evolución dependerá obviamente de las condiciones específicas de cada país, de la correlación de fuerzas entre los intereses en presencia y de la claridad de actuación de unos y otros. Así ha sido siempre. Lo que es nuevo en el escenario general, es la irrupción como un actor con voz propia de las masas de marginados sociales, indígenas o urbanas, que cuentan por primera vez en su historia con la posibilidad de tomar el control del estado.

El cuadro nos permite medir el peso de los gobiernos que se orientan claramente a la defensa de los intereses populares y al rescate de los recursos nacionales (gobiernos radicales y socialistas). Estos abarcan cuatro países y unos 60 millones de personas.

En el extremo opuesto, hay en Iberoamérica 186 millones de personas bajo gobiernos conservadores, que representan una combinación en dosis variables de intereses de las oligarquías tradicionales reconvertidas y de empresas multinacionales. Contra lo que se suele pensar, estos gobiernos no aplican necesariamente la versión más acabada de las políticas neoliberales, pues las medidas de política se evalúan principalmente en función de los intereses de las oligarquías locales a las que representan sus gobiernos. Sin embargo si son los gobiernos que admiten con mayor devoción la presencia política de los Estados Unidos en funciones de Gran Hermano.

Los gobiernos que denominamos “reguladores” representan una mezcla de intereses interclasistas, que dificulta definir el perfil concreto de las políticas que se ponen en marcha. En todo caso, alcanzan al segmento más importante de población, más de 235 millones de personas.

Los regímenes social-liberales se inscriben en el pensamiento único del cual participa una parte importante de los partidos pertenecientes a la Internacional Socialista. Se trata de gobiernos que aspiran a mejorar las condiciones de la acumulación capitalista integrando sus economías con la de Estados Unidos, y orientando el crecimiento económico hacia la exportación. En definitiva, se trata de los últimos creyentes en las recetas neoliberales, aderezadas de cierta intervención estatal en el desarrollo de sistemas de beneficencia y eventualmente de servicios públicos, en particular en el área social. El número de ciudadanos regidos por este tipo de gobiernos es similar al de los que están en países orientados a la transformación social y a la defensa de los intereses populares. Es por ello que la evolución global del subcontinente dependerá de hacia donde basculen los gobiernos que denominamos “reguladores”

Ello dependerá tanto de las condiciones internas, es decir de la confrontación de intereses entre las distintas fracciones del capital y de los trabajadores (lo que antes se denominaba la lucha de clases). Pero una orientación más clara de la política de Venezuela hacia el socialismo, sin duda, generará nuevas expectativas en toda la región.

La fuerza del trabajo

La situación del movimiento sindical en los diversos países puede ser un indicador relevante de la fuerza relativa de los intereses populares, de su capacidad de organizar una alternativa de poder allí donde no existe, o de organizarla mejor y reforzarla en los países donde se expresa desde la oposición o desde el gobierno. Con frecuencia, los análisis que se hacen desde la izquierda sobre lo que está ocurriendo en Iberoamérica se olvidan de que es la fuerza del trabajo -formal e informal, urbano y rural, tradicional y moderno- la clave de bóveda de cualquier opción de cambio realista. Si bien el movimiento obrero organizado no agota el mundo del trabajo, su realidad refleja casi siempre las posibilidades de la esperanza.

En los países de gobiernos conservadores, la presencia sindical es marginal o inexistente, salvo en el caso de Colombia, donde la existencia de una larga tradición de organización sindical se traduce en nuevas estructuras (CUT) cuyo desarrollo se ve seriamente limitado por la represión. En México, el sindicalismo oficialista adscrito al régimen priista (CTM, CROC) ha sido incapaz de superar su función de órgano de encuadramiento de masas, y en general juega un papel defensivo de los sectores centrales de la clase obrera ante los embates del neoliberalismo, con escaso éxito y pocas energías renovadoras. Un sindicalismo alternativo comienza a aparecer en algunos sectores (telecomunicaciones, maquilas…) pero con muy escasa influencia política social.

Los países en los que gobierna el social-liberalismo se caracterizan por hacer tenido un pujante movimiento sindical (CUT de Chile, CGTP de Perú, en R. Dominicana) pero que ha desaparecido como actor relevante, fruto de la represión, los reajustes neoliberales y las disensiones internas. Globalmente su influencia es menor que en os países de gobierno conservador.

Es en el grupo de países reguladores donde la presencia política del movimiento obrero es más relevante. Allí tenemos al único movimiento sindical que ha podido parar algunas de las privatizaciones neoliberales de los servicios públicos (PIT-CNT de Uruguay), un sindicalismo renovado y fogueado en las luchas contra las dictaduras y el neoliberalismo (la CUT de Brasil) pero también el sindicalismo corporativo de la CGT Argentina, frente al cual se ha podido levantar una alternativa confederal (CTA) cuya influencia, por ahora, se limita sobre todo a los sectores de empleados públicos.

El motor de este grupo de países, y en general de las tendencias hacia la superación del neoliberalismo en América Latina, es Brasil. Probablemente es en este país donde se defina hacia donde bascula finalmente el ciclo político abierto hace unos pocos años. Y es en el movimiento sindical también donde está una de las claves más importantes, personificada en la tendencia dominante en la CUT a subordinar su papel a la estabilidad del gobierno -reduciendo así su presencia como representante directo de los intereses populares- y un movimiento para-sindical, como el Movimiento de los Trabajadores sin Tierra (MST), que tiene claro que su función es representar social y políticamente los intereses de los trabajadores rurales, con propuestas y alternativas que quieren ser traducidas en políticas públicas.

Es esta expresión de autonomía social sin romper el compromiso/alianza política con la acción de gobierno, una de las innovaciones esenciales del panorama político latinoamericano. Si las organizaciones de trabajadores termina por adoptar la posición política que simboliza la orientación de la CUT, o por el contrario se orientan hacia el compromiso que personifica el MST, serán un factor decisivo en la orientación general del proceso latinoamericano.

La economía como ejemplo

A los ojos del capital, si Chile se proyecta como el modelo del hijo devoto, Bolivia y Venezuela son el contraejemplo del hijo infiel y parricida. Estos dos países han establecido alianzas con el hijo desheredado (Cuba), y el temor de todos los capitalistas, desde George Bush hasta Emilio Botín, pasando por Carlos Slim Helú o Jesús de Polanco, es que de esta alianza surja un nuevo proyecto anticapitalista y antioligárquico creíble. En este sentido, el estancamiento y el callejón político sin salida en que había caído Cuba con la desintegración de la división socialista del trabajo, se ve superado y aporta nuevos bríos a la única experiencia socialista del continente, que ve en el fortalecimiento de los lazos latinoamericanos el renacimiento del proyecto de Guevara y Castro en las nuevas condiciones del siglo XXI. Por ello, la evolución de la economía de estos dos países es especialmente sensible en términos políticos para toda la región.

Hay una tendencia en los medios de comunicación de masas a denominar a los gobiernos radicales como “populistas”. El populismo consiste en aplicar políticas de gasto público excesivo, dirigido fundamentalmente hacia la población urbana, a fin de mantener la influencia social y política sobre el cuerpo electoral. Este tipo de políticas se aplicaron en distintos periodos por regímenes tan dispares como el de Juan Domingo Perón en Argentina o el del FSLN en Nicaragua, o algunos regímenes militares en los sesenta y setenta. Y el resultado casi siempre fue el mismo: un desajuste brutal en los precios básicos de la economía, una inflación desbocada y a medio plazo, recesión y pérdida del gobierno.

Pero actualmente esta expresión se utiliza con carácter denigratorio, porque en sentido estricto difícilmente se puede calificar de populistas las políticas de gobiernos como el de Chávez o el de Evo Morales, que se cuidan mucho de mantener los equilibrios macroeconómicos bajo control. De hecho los equilibrios macroeconómicos mejoran en general en toda América Latina en los últimos años, de la mano de la mejora de los precios de exportación de muchas materias primas y productos primarios, pero este mayor equilibrio es muy claro en Bolivia o Venezuela.

La inflación en Bolivia es inferior a la media de América Latina y en Venezuela el control de la inflación era uno de los grandes logros de la revolución bolivariana, y una vez superada la crisis política de 2002, la inflación ha comenzado a caer de disminuir de nuevo a gran velocidad, reflejo de una ajuste creciente entre costes y precios, demanda y oferta en la economía local. El saldo exterior de la balanza de pagos también tiene un comportamiento mejor en Bolivia y en Venezuela que la media de América Latina, aunque esto sea debido más a la favorable evolución de los precios internacionales del petróleo que a las políticas internas. De hecho, el conflicto de clases en Venezuela, y el conflicto territorial en Bolivia, se expresan fundamentalmente en torno al control del excedente petrolero y gasístico.

Finalmente, el tercer gran desequilibrio contemplado en los análisis liberales, el déficit fiscal, también mejora desde que Evo Morales y Chávez dirigen las políticas públicas en sus respectivos países. En el caso de Venezuela, incluso se logra un superávit por cuenta corriente a partir de 2005.

Como se desprende de estos datos, la realidad desmiente los discursos al uso entre la progresía social-liberal; lejos de aplicar políticas populistas, los gobiernos más radicales se caracterizan por lo que el propio FMI estaría obligado a denominar, en su propia terminología, una gestión macroeconómica “prudente” y respetuosa con los desequilibrios básicos.

En términos de crecimiento económico, si analizamos la evolución económica de los cuatro países representativos de estas tendencias, se puede observar que tanto el modelo liberal como el modelo intervensionista muestran buenos resultados. Pero si se tiene en cuenta el impacto en 2002 y 2003 del boicot empresarial en Venezuela, que produjo tasa de crecimiento negativas, sorprende la capacidad de recuperación que logra este país, que muestra las mayores tasas de crecimiento de América Latina una vez que la situación político-empresarial se ha “normalizado”.

Contrasta este vigoroso crecimiento con la situación en México. Si tenemos en cuenta que los críticos del proceso venezolano suelen achacar a los altos precios del petróleo el crecimiento de ese país, debemos concluir que el modelo de integración mexicano en el espacio productivo de Estados Unidos está siendo un fracaso, pues este país, segundo exportador de petróleo de América, es incapaz de lograr tasas de crecimiento superiores a la media de la región.

El éxito económico es un requisito al parecer fundamental en el actual ciclo político, para la consolidación de las alternativas antiimperialistas. Pero lo que se ha introducido en la ecuación es un cambio sustancial en el contenido de lo que pueda ser el “éxito” en economía de un país. La desideologización que acompaña a la nueva cultura política post-moderna ha vuelto obsoletos los discursos del sacrificio en beneficio de causas que la gente no puede traducir directamente en su nivel de vida, como la “victoria del proletariado”. Pero también ha arrumbado en el baúl de los recuerdos el sacrificio en pos de la “eficiencia” y los “precios correctos” con abandono de las políticas dirigidas a la mejora de la calidad de vida de las mayorías populares. Las nuevas estrategias políticas en Iberoamérica, en sus vertientes regulacionistas, radicales y socialistas, señalan con claridad que el neoliberalismo ha agotado su ciclo de dominación. Sin embargo, su supervivencia en el discurso de gobiernos conservadores y social-liberales, puede ser una paradoja temporal, pero es sin duda, junto a la intervención imperialista, el principal foco de inestabilidad en el escenario regional.

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