Entradas etiquetadas con Joseph Stiglitz
La flexibilidad laboral debe basarse en la adaptabilidad, no en menores salarios
17 Abr
El premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, es un referente mundial. Es profesor de la Universidad de Columbia (EEUU) y acaba de publicar el libro titulado Caída Libre, en referencia a la gravedad de la crisis económica que estamos atravesando. En una visita a Barcelona, para impartir una conferencia, recibe a el Economista.
En su libro, defiende una profunda refundación del capitalismo. De hecho, este fin de semana en el Ecofin, se va a proponer que se aceleren las reformas del sistema financiero. ¿Cree que es posible refundar el capitalismo?
Está muy claro que necesitamos una reforma. Para mí, es lamentable que un año después del inicio de la crisis se hayan llevado a cabo muy pocas reformas. Pienso que tanto en Estados Unidos como en Europa hemos alcanzado un estado de confusión en que no sabemos qué hacer, si llevar a cabo reformas o no. Yo creo que sí es posible llevarlas a cabo. El problema es que no han de ser reformas puntuales sino reformas constantes en el tiempo. Y aquí es necesario el apoyo del Estado. Hay que encontrar el equilibrio entre el Estado y el mercado.
¿Cuándo es más fácil llevar a cabo las reformas, en tiempos de crisis o de bonanza?
Es más sencillo reformar en tiempos de crisis. Esta crisis es el resultado de la desregulación de los mercado en los últimos 20 años. El mercado no ha funcionado como debía. Creíamos que la única manera de resolver los problemas era dejándolo sólo. El tiempo ha dejado claro que el coste ha sido muy elevado. El problema ahora es que si no llevamos a cabo reformas, nos encontraremos de frente con otra crisis. Sin embargo, el escenario no es halagüeño: aumento de la deuda pública, incremento del déficit… Esta crisis nos ha dejado sin dinero para hacer frente a otra crisis.
¿El problema sigue siendo el sistema financiero?
El problema ahora es que los bancos están contraatacando y están haciendo uso del poder político. Soy muy crítico con los grandes bancos, no es ningún secreto. Ejercen un enorme poder político. Los políticos escuchan al dinero, pero la realidad económica va por otro lado. Ese poder es tan alto que, incluso, se llegan a filtrar rumores en los grandes medios de comunicación que ayudan a un hundir aún más la situación; rumores que son del todo inciertos. Ése es un fallo muy grave.
¿Cree que hubiera sido mejor dejar caer las manzanas podridas del sistema financiero en vez de salvarlas?
Pienso que se debe jugar a las reglas del capitalismo. Las manzanas caen por sí solas. Y, en este sentido, se ha cometido un grave error en Estados Unidos.
España apuesta por incrementar la flexibilidad laboral. ¿Es suficiente para salir de la crisis?
El problema de la flexibilidad laboral es que cuando se habla de flexibilidad se habla de reducción salarial. Y aquí hay un típico problema keynesiano de carencia de demanda agregada. Bajan los salarios y baja la demanda consumo. Y si no se consume, la economía no se despierta.
La clave de la flexibilidad, que en Estados Unidos ha representado un salto cualitativo de su economía productiva, ha sido que la flexibilidad va unida al concepto de movilidad, no de reducción salarial. Movilidad de pasar de un trabajo a otro, movilidad de desplazarse de un Estado a otro. Vale, es cierto, ahora nos hemos encontrado con un problema de hipotecas donde la gente está hasta el cuello y se ha frenado esa capacidad para la movilidad. Pero éste es el concepto, la flexibilidad laboral debe basarse en la adaptabilidad, no en menores salarios.
¿Cree que la carencia de ética es el problema del capitalismo?
La falta de ética es un problema cada vez más creciente. Individuos que llevan a la banca a cometer errores, sin control ninguno y con consecuencias devastadoras. Sin embargo, el problema del sector financiero va más allá de los errores técnicos o de la gestión del riesgo. El abuso continuado en las prácticas bancarias ha sido el motor del desastre financiero de los Estados Unidos, incluso hoy en día. Y lo grave es que el músculo político del Estado debería haber hecho algo frente a estos abusos para pararlo, y no lo ha hecho. Y veo muy claro la fuerza con que han influido en los Estados Unidos, por ejemplo, los grupos de presión o determinadas contribuciones entre Wall Street y el Gobierno.
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‘We’re More Strict With Our Poor Than With Our Banks’: Joseph Stiglitz. Interview.
10 Feb
During the economic turmoil of the last few years, Nobel Prize-winning economist and Columbia University professor Joseph Stiglitz has been one of the most strident and incisive critics of the historic bailout of the banking sector.
Never one to mince words, Stiglitz, who served as the Chief Economist at the World Bank and on President Clinton’s Council of Economic Advisers, has said the meltdown has resulted in a kind of “ersatz capitalism” in America. He has also repeatedly called for a second round of fiscal stimulus to support struggling Americans.
We recently sat down with Professor Stiglitz to discuss his new book “Freefall: America, Free Markets And The Sinking of The World Economy”, and how the Obama administration should go about reshaping our economy.
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Borlaug y los banqueros
30 Oct
El reciente fallecimiento de Norman Borlaug nos brinda una ocasión oportuna para reflexionar sobre los valores básicos y nuestro sistema económico. Borlaug recibió el Premio Nobel por su trabajo en pos de una “revolución verde”, que salvó a cientos de millones de personas del hambre y cambió el paisaje económico mundial.
Antes de Borlaug, el planeta enfrentaba la amenaza de una pesadilla malthusiana: una creciente población en el mundo en desarrollo y alimentos insuficientes para sostenerla. Piénsese en el trauma que habría sufrido un país como India si su población de quinientos millones apenas hubiera podido alimentarse, al tiempo que se duplicaba. Antes de la revolución verde, el Premio Nobel Gunnar Myrdal predecía un sombrío futuro para un continente asiático sumido en la pobreza. En lugar de ello, se ha convertido en un motor económico.
De manera similar, la renovada y bienvenida determinación de África de combatir el hambre debería ser un testimonio vivo del legado de Borlaug. El hecho de que la revolución verde nunca llegara al continente más pobre del mundo, donde la productividad agrícola es apenas un tercio de la de Asia, sugiere que hay allí amplio margen de mejora.
Por supuesto, la revolución verde puede resultar siendo sólo un respiro temporal. El aumento de los precios de los alimentos antes de la crisis financiera global sirvió de advertencia, así como la desaceleración del crecimiento de la productividad agrícola. Por ejemplo, el sector agrícola indio ha quedado a la retaguardia de su dinámica economía, viviendo a contrarreloj, ya que los niveles de agua superficial -de los que gran parte del país depende- están disminuyendo rápidamente.
No obstante, la muerte de Borlaug a los 95 años también es un recordatorio de cómo se ha torcido nuestro sistema de valores. Cuando Borlaug recibió la noticia de su premio, a las cuatro de la mañana, ya estaba trabajando en los campos mexicanos, en su incesante búsqueda por mejorar la productividad agrícola. No lo hacía por alguna enorme remuneración, sino por convicción y pasión por su trabajo.
Qué contraste entre Borlaug y los magos financieros de Wall Street que llevaron al mundo al borde de la ruina y argumentaban que debían recibir cuantiosas remuneraciones y compensaciones para estar motivados. Sin ninguna otra brújula, las estructuras de incentivos que adoptaron claramente los motivaron… no a introducir nuevos productos que mejoraran la vida de las personas o les ayudaran a manejar los riesgos que enfrentaban, sino a poner en riesgo la economía global a fuerza de avidez y miopía. Sus innovaciones se centraron en encontrar formar de evitar las normativas contables y financieras creadas para asegurar la transparencia, la eficiencia y la estabilidad, y para prevenir la explotación de quienes contaban con menos información.
También hay un aspecto más profundo en este contraste: nuestras sociedades toleran las desigualdades porque se las ve como socialmente útiles; es el precio que pagamos por tener incentivos que motiven a las personas a actuar de maneras que promuevan el bienestar social. La teoría económica neoclásica, que por un siglo ha predominado en Occidente, sostiene que la remuneración que recibe cada persona refleja su contribución social marginal, lo que aporta a la sociedad. Al hacer el bien se prospera, reza este argumento.
Sin embargo, Borlaug y nuestros banqueros refutan esa teoría. Si la teoría neoclásica fuera correcta, Borlaug habría estado entre los hombres más ricos del mundo, mientras que nuestros banqueros habrían hecho cola para las sopas de caridad.
Por supuesto, hay algo de verdad en la teoría neoclásica; si no fuera así, probablemente no habría sobrevivido tanto (aunque a menudo las malas ideas sobreviven bastante bien en el ámbito de la economía). No obstante, la economía simplista de los siglos dieciocho y diecinueve, cuando surgieron las teorías neoclásicas, son completamente inadecuadas para las economías del siglo veintiuno. En las grandes corporaciones, con frecuencia es difícil ponderar la contribución de una persona en específico. Estas organizaciones están llenas de problemas de “representación”: si bien se supone que quienes toman las decisiones (los Directores Ejecutivos) deben actuar a nombre de sus accionistas, tienen un enorme poder de acción para beneficiar sus propios intereses, y a menudo lo hacen.
Puede que los ejecutivos bancarios se hayan ido con cientos de millones de dólares en los bolsillos, pero todos los demás en nuestra sociedad -accionistas, tenedores de bonos, contribuyentes, propietarios de viviendas, trabajadores- padecieron las consecuencias. Con demasiada frecuencia, sus inversionistas son fondos de pensiones, que también enfrentan un problema de representación, ya que sus directores ejecutivos toman decisiones a nombre de otros. En un mundo así, los intereses sociales y privados suelen diferir, como hemos visto con tanto dramatismo en esta crisis.
¿Cree realmente alguien que los funcionarios bancarios de Estados Unidos se volvieron repentinamente tanto más productivos, en relación con los demás actores de la sociedad, que merecen los enormes aumentos que recibieron en los últimos años? ¿Cree alguien realmente que los Directores Ejecutivos de los Estados Unidos son tanto más productivos que los de otros países, donde las remuneraciones son más modestas?
Peor aún, en los Estados Unidos las opciones sobre acciones se convirtieron en una forma preferida de remuneración, a menudo por un valor mayor al del sueldo base del ejecutivo. Las opciones sobre acciones premian a los ejecutivos generosamente, incluso cuando las acciones aumentan debido a una burbuja de los precios, e incluso cuando las acciones de firmas comparables tienen mejor rendimiento. No es de sorprender que las opciones de acciones generen potentes incentivos para adoptar conductas poco previsoras y excesivamente riesgosas, así como para la “contabilidad creativa”, que los ejecutivos de todos los sectores de la economía perfeccionaron con trucos y trampas extracontables.
Esos torcidos incentivos distorsionaron nuestra economía y nuestra sociedad. Confundieron los medios con los fines. Nuestro hinchado sector financiero creció hasta un punto que en los Estados Unidos representaban más del 40% de las utilidades corporativas.
Sin embargo, los peores efectos han afectado a nuestro capital humano, nuestro recurso más precioso. Las absurdamente generosas remuneraciones del sector financiero hicieron que algunas de nuestras mejores mentes migraran al ámbito bancario. ¿Quién sabe cuántos Borlaugs habría habido entre quienes se vieron tentados por las riquezas de Wall Street y la City de Londres? Si perdimos aunque sea uno, nuestro mundo se volvió inconmensurablemente más pobre.
Copyright: Project Syndicate, 2009.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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El fracaso de las metas inflacionarias
18 Ago
Los banqueros centrales del mundo son un club bastante estrecho que tiende a seguir modas y novedades. A principios de los años 80, cayeron rendidos ante el hechizo del monetarismo, una teoría económica simplista promovida por Milton Friedman. Después de que el monetarismo quedara desacreditado -con gran coste para los países que sucumbieron a él- comenzó la búsqueda de un nuevo mantra.
La respuesta llegó en la forma de la “fijación de metas inflacionarias”, que dice que siempre que el aumento de los precios supere un nivel que se ha puesto como objetivo, es necesario elevar los tipos de interés. Esta receta poco sofisticada se basa en pocas evidencias empíricas o teorías económicas; no hay razón para esperar que, independientemente de la causa de la inflación, la mejor respuesta sea aumentar los tipos de interés. Uno esperaría que la mayoría de los países tuviera el sentido común de no implementar metas inflacionarias; vayan mis condolencias a los desafortunados ciudadanos de los que lo han hecho. (Entre la lista de las naciones que han adoptado oficialmente una u otra forma de fijación de metas inflacionarias se encuentran Israel, la República Checa, Polonia, Brasil, Chile, Colombia, Sudáfrica, Tailandia, Corea, México, Hungría, Perú, Filipinas, Eslovaquia, Indonesia, Rumania, Nueva Zelanda, Canadá, el Reino Unido, Suecia, Islandia y Noruega.)
Hoy la fijación de metas inflacionarias se está poniendo a prueba, y es casi seguro que fracasará. En la actualidad los países en desarrollo enfrentan índices más altos de inflación, no debido a un mal manejo de la macroeconomía, sino porque los precios del petróleo y los alimentos se están yendo a las nubes, y estos productos representan una parte mucho mayor del presupuesto de los hogares que en los países ricos. Por ejemplo, en China la inflación está llegando al 8% o más. En Vietnam es incluso mayor y se espera que alcance el 18,2% este año, y en India es del 5,8%. Por el contrario, la inflación en Estados Unidos es del 3%. ¿Significa esto que estos países en desarrollo deberían elevar sus tipos de interés mucho más que EE.UU.?
En su mayor parte, la inflación en estos países es importada . Elevar los tipos de interés no tendrá mucho efecto en el precio internacional de los cereales o el combustible. De hecho, dado el tamaño de la economía estadounidense, una desaceleración allí podría tener un efecto mucho mayor en los precios globales que una en cualquier país en desarrollo, lo que sugiere que, desde una perspectiva global, deberían elevarse los tipos de interés de Estados Unidos, no de los países en desarrollo.
En tanto los países en desarrollo sigan integrados a la economía global -y no tomen medidas para restringir el impacto de los precios internacionales en los precios internos- los precios internos del arroz y otros cereales se elevarán notablemente cuando así lo hagan los precios internacionales. Para muchos países en desarrollo, los altos precios del petróleo y los alimentos representan una triple amenaza: no sólo los países importadores tienen que pagar más por los cereales, sino que tienen que pagar más por llevarlos a sus países y todavía más para hacerlos llegar a los consumidores que vivan a grandes distancias de los puertos.
Elevar los tipos de interés puede reducir la demanda agregada, lo que puede aminorar el ritmo de la economía y amortiguar el aumento de los precios de ciertos bienes y servicios, especialmente bienes y servicios no transables. Sin embargo, a menos que se lleve a un nivel intolerable, estas medidas por si solas no pueden reducir la inflación a los niveles que hayan sido puestos como objetivo. Por ejemplo, incluso si los precios mundiales de la energía y los alimentos aumentaran a un ritmo más moderado que el actual -por ejemplo, 20% al año- y se reflejan en los precios internos haciendo que la inflación general fuera de, digamos, un 3%, sería necesario que en otras áreas los precios bajaran notablemente. Casi con seguridad eso implicaría una marcada desaceleración económica y un alto desempleo. La cura sería peor que la enfermedad.
Entonces, ¿qué habría que hacer? En primer lugar, no se debería culpar a los políticos o a los banqueros centrales por la inflación importada, del mismo modo como no deberíamos aplaudirlos por la baja inflación cuando el ambiente mundial es benigno. Hoy se reconoce que el ex Presidente de la Reserva Federal de EE.UU., Alan Greenspan, merece mucha de la responsabilidad por el embrollo actual de la economía estadounidense. También a veces se le da crédito por la baja inflación de EE.UU. durante su gestión, pero la verdad es que los Estados Unidos de los años de Greenspan se beneficiaron de un período de baja de los precios de los productos básicos y de la deflación en China, factores ambos que ayudaron a mantener a raya los precios de los bienes manufacturados.
En segundo lugar, debemos reconocer que los altos precios pueden causar un enorme estrés, especialmente para las personas de menores ingresos. Los disturbios y protestas en algunos países en desarrollo son apenas la peor manifestación de esto.
Los partidarios de la liberalización del comercio pregonaron sus ventajas, pero nunca fueron completamente honestos acerca de sus riesgos, contra los que los mercados usualmente no proteger de manera adecuada. Hace más de un cuarto de siglo hice notar que, bajo circunstancias plausibles, la liberalización comercial podría empeorar la situación de todos. No estoy argumentando a favor del proteccionismo, sino dando una nota de advertencia de que debemos estar conscientes de los riesgos de su lado menos reluciente y estar preparados para enfrentarlos.
Cuando se trata de la agricultura, los países desarrollados, como Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea, blindan tanto a los consumidores como a los agricultores frente a estos riesgos. Sin embargo, la mayor parte de los países en desarrollo carecen de las estructuras institucionales o los recursos para tomar medidas similares. Varios están imponiendo medidas de emergencia, como prohibiciones o impuestos a las exportaciones, que ayudan a sus propios ciudadanos, pero a expensas de los de otros países.
Si hemos de evitar una reacción aún más violenta contra la globalización, Occidente debe responder de manera sólida y veloz. Es necesario anular los subsidios a los biocombustibles, que han estimulado el cambio de uso de las tierras desde la producción de alimentos a la de energía. Además, algunos de los miles de millones que se destinan a ayudar a los agricultores occidentales deben destinarse ahora a ayudar a que los países en desarrollo más pobres satisfagan sus necesidades básicas de alimentos y energía.
Lo que es más importante, tanto los países desarrollados como en desarrollo deben abandonar la fijación de metas inflacionarias. La lucha por enfrentar el aumento de los precios de los alimentos y la energía ya es lo suficientemente difícil. La economía debilitada y el mayor desempleo que generan las metas inflacionarias no tendrán mucho efecto sobre la inflación; sólo harán más difícil la tarea de sobrevivir en esas condiciones.
Joseph E. Stiglitz/Project-Syndicate.org
Joseph E. Stiglitz, profesor de economía en la Universidad de Columbia, recibió el Premio Nobel de Economía en 2001. Su libro más reciente, escrito en colaboración con Linda Bilmes, es The Three Trillion Dollar War: The True Costs of the Iraq Conflict.
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Entrevista a Joseph Stiglitz
20 Abr
«Los trabajadores de los países ricos son los perdedores de la globalización»
-Según el informe de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI), los salarios en los países desarrollados han disminuido 7 puntos desde 1980. ¿Son los trabajadores del mundo desarrollado los perdedores de la globalización?
-Sin duda. En los EE UU, además, muchos trabajadores han intentado hacer frente a esta pérdida salarial trabajando más horas, lo que tiene evidentes consecuencias sociales y en sus vidas familiares.
-¿Y cuáles cree que son los sectores peor parados?
-En general, los trabajadores de baja cualificación en los países desarrollados, en países con sindicatos débiles, en aquellos sectores económicos sin sindicación, además de algunos ámbitos en los que unas condiciones tradicionalmente pobres han empeorado aún más con una economía globalizada.
-¿Por ejemplo?
-El sector minorista en EE UU, donde existe el fenómeno ‘Walmart’ de contratar trabajadores por tiempo parcial para evitar darles las prestaciones sociales asociadas al empleo. Es otro ejemplo en el que el deterioro de los niveles de vida está subestimado, porque este debilitamiento de los beneficios sociales no se incluye en las estadísticas. Un dato. 50 millones de estadounidenses no tienen seguro médico.
-¿Y quiénes son los ganadores?
-Por un lado, individuos de muy alto nivel salarial -directivos de empresas-, que se han beneficiado de unos costes de producción más baratos y una presión a la baja en los salarios, lo cual les deja más margen de beneficio. Un segundo grupo lo constituirían, en un sentido más amplio, los consumidores, que se han beneficiado del abaratamiento de muchos productos.
-En general, ¿el mundo sale ganando con la globalización?
-Yo diría que estamos peor, especialmente en aquellos países que han respondido a los retos de la mundialización de la economía debilitando las redes de protección social, recortando el gasto público y bajando los impuestos.
-¿Cuál es la relación entre un mercado laboral eficiente y la noción de justicia social?
-El debate en EE UU es muy acalorado y existe un reconocimiento generalizado de que los excesos de la administración Bush han generado una mayor conciencia en torno a la noción de justicia social. El problema es que, incluso con un mercado laboral eficiente, puede ocurrir que aquellos que se encuentran en la base del sistema no alcancen un nivel de vida decente. Y las empresas no pueden hacer frente a esta situación solas, por lo que se convierte en una obligación social.
-Se ha dicho que China construye el ‘hardware’ e India el ‘software’. ¿Un escenario inevitable?
- No, los dos harán ambas cosas. Vamos a asistir a una gran expansión en la producción de ‘software’ en China y un incipiente crecimiento de industrias manufactureras en India. Esta situación describe sus ventajas comparativas en este momento, y no estoy seguro de que lo sean de aquí a 15-20 años.
-¿Y cómo pueden competir los países desarrollados?
-Cada país tiene su ventaja comparativa, pero es difícil predecir cuál. ¿Quién hubiera dicho que Suiza iba a encontrar la suya fabricando relojes! No hay atributos específicos que hagan que Suiza los construya mejor, se debe a accidentes históricos.
-¿Se debe apostar por la economía del conocimiento y de las ideas?
-Sí. La UE debería enfocar su estrategia en la producción basada en el conocimiento, en el diseño, por ejemplo, de productos, de prendas sofisticadas. De todas formas, no hay que olvidar que los países europeos seguirán necesitando médicos y enfermeras dentro del país, tiendas, empresarios…
-¿Es inevitable la deslocalización de empresas?
-No hay solución sencilla. Una visión dinámica de las ventajas comparativas indica que siempre hay cosas que, en el largo plazo, un país no es capaz de producir de manera competitiva. A los sectores de mano de obra intensiva poco cualificada les es muy difícil competir, y en ocasiones hay deslocalizaciones .
-¿Qué se puede hacer?
-Se puede, por ejemplo, rediseñar una industria determinada para convertirla en un sector de mano de obra cualificada más competitivo, utilizando nuevas tecnologías para darle más valor añadido. El sector textil en EE UU está desarrollando máquinas que permiten diseñar camisas ajustadas de manera perfecta al contorno del cuerpo del cliente, con una precisión y rapidez que ningún trabajador no cualificado en otro país podría hacer.
-¿Qué papel juegan los sindicatos?
-Mire, los países escandinavos han sido quienes han respondido con más acierto a la globalización: altos índices de crecimiento, bajo desempleo, incrementos de productividad altos… Y, recientemente, un ex ministro de finanzas socialdemócrata sueco me dijo que una de las razones del éxito era el papel de los sindicatos. Las centrales ayudan a promover el sentido de solidaridad social y a negociar contratos que aúnan los intereses de los agentes sociales.
-¿Pueden los gobiernos usar los incentivos fiscales de manera eficaz?
-Volviendo al ejemplo nórdico, su exitosa experiencia desmiente la idea de que sólo cabe la adaptación a la globalización mediante la reducción de impuestos.
-¿Apoya la utilización de incentivos fiscales para atraer inversiones?
-Los gobiernos deben ser cautelosos con lo que denominamos ‘competencia fiscal’ para atraer empresas, porque a menudo es un juego de suma negativa. Las compañías van de un lugar a otro, y lo único que ocurre es que el capital se beneficia de impuestos más bajos mientras que aumenta la presión fiscal sobre los salarios; pero las empresas siempre terminan radicadas allá donde iban a acabar instaladas de cualquier otra forma. Es un juego peligroso, y la Organización Mundial del Comercio debería establecer normas.
-¿Son buenas las recetas del Banco Mundial y del FMI?
-En general, algunas son buenas y otras no tanto. Pero sí se puede decir que han sido negativas para aquellos Estados que han prestado demasiado atención a las recomendaciones del FMI. América Latina, por ejemplo, ha estado creciendo mucho más despacio como región desde que adoptó los consejos del FMI en 1980.
-¿Existe algún vínculo entre las ‘recetas’ del FMI y la situación política en Latinoamérica?
-Sí. Es interesante ver cómo los votantes, país tras país, han respondido a un rechazo a las políticas del Fondo. Y en aquellos en los que esto no ha ocurrido -México, por ejemplo-, ha sido más por miedo a las alternativas a las políticas neoliberales que inspira el Fondo.
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